Del Presidente Obama emana un estilo diferente al del duro político norteamericano que nos recuerda Bush. Está dispuesto a dialogar, tomar acuerdos y compartir cargas. Lo ejemplificó en el caso de Libia, donde EEUU apoya la acción de los países europeos líderes.
Las cuestiones de seguridad son siempre tomadas muy en serio por los chilenos, cuya nación funda las mismas en intangibles tratados. Ahora en especial, que está en el poder una derecha histórica amante del orden, que toma nota sobre compartir cargas en la seguridad internacional.
Hay un sentimiento entremezclado del chileno “más o menos” entre las expectativas que generó el evento. Los pesimistas no ven nada nuevo o relevante, solo un presidente débil por la situación interna y dueño de una retórica impecable. Los complacientes hablan de una nueva época, signada por el diálogo y la cooperación, llena de imágenes que muestran sus buenas intenciones.
Obama desde que era candidato demostró que es lo mejor en retórica que ha dado la Escuela de Derecho de Harvard a un político. Aunque ya en la mitad de su gobierno ha aprendido que hay cosas en las que “no podemos”. El “si podemos” de su campaña presidencial se derrumbó en las últimas parlamentarias. Guantánamo es un ejemplo particularmente simbólico para los países latinoamericanos.
Obama esta desactualizado. Ni siquiera nombró a UNASUR para reconocer la nueva asociación de Estados que se ha generado en la región. No hizo mención al golpe de Estado en Chile propiciado por Estados Unidos, aunque solo fuera para explicarse que el actual sistema político chileno se sostiene todavía en ese drama histórico.
Comenzó su discurso con la imagen de un Chile situado en el extremo, en el fin de mundo. Contrastándola con otra, la de un país interconectado, líder en alfabetización digital en Latinoamérica. Una nación profundamente dividida por el golpe militar, que ha hecho una transición en paz y que tiene tratados comerciales con las principales economías del mundo. Agregó terremomotos, tsunamis y rescate de mineros, lo que sintetizó en una cita de Neruda, Chile como una voluntad colectiva hecha de “lucha y esperanza”. Fue correctamente inclusivo, teniendo en cuenta que Neruda fue un militante comunista.
Habló de una vaga Latinoamérica, que la enmarcaba en el tradicional discurso de las Américas. Su mayor significado lo constituiría el ser una zona de paz en el mundo actual, y lo crucial que para alcanzar este objetivo fue la democracia reconquistada a las dictaduras militares.
Las exportaciones norteamericanas crecen hacia Latinoamérica más que a ninguna otra parte del mundo. Este hecho acrecienta su importancia, pero Obama tiene sus dudas cuanto se pregunta si la propia Latinoamérica está lista para jugar un papel mayor. En este punto se puede colegir que Latinoamérica no existe como sujeto político, menos puede estar listo para jugar un papel mayor. Después de todo, el Caribe, Centro América y América del Sur son sujetos políticos distintos.
Después tomó de aquí y allá. El estándar económico de la región, la dignidad de los trabajadores y sus familias, el desafío energético, y la idea de asociación entre los países americanos ribereños del Pacífico. También mostró su disposición a trabajar las especialidades de los países, aprovechar la experiencia de Brasil en biocombustibles y la de Chile en geotermia, entre otros. No mucho más, apenas para decir que el pueblo cubano se merece algo más que los Castro.
Obama habla a “un algo” que no existe como realidad política. La realidad política hoy día es la Unión de Estados de América del Sur sobre la que el Presidente Obama ha mantenido un significativo silencio en Santiago. La otra realidad política es el Tratado Económico de los países de América del Norte. Luego el Mercado Centroamericano y la Unión del Caribe. Siguiendo con la lógica de Marx, son más fuertes las uniones políticas que tienen base económica. Fue un desperdicio, porque el discurso de las distintas Américas calza hoy más que nunca con la efectiva realidad política continental.
En síntesis, lo suyo fue abogar por más y mejor democracia, mostrar preocupación por la energía y el agua, la apertura para acordar proyectos y para compartir gastos en el marco de las agendas bilaterales. Lo que está claro es que Estados Unidos aún no reconoce entre nosotros a un sujeto colectivo coherente, para responder bilateralmente a los desafíos que nos plantea.
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