Son los ejecutores de un proyecto que revolucionó a las selecciones uruguayas. Creyeron en él y lo llevaron adelante con dedicación y talento.
Señorial y medido, el creador contempla su obra. Óscar Tabárez llegó a la Asociación Uruguaya de Fútbol tras la eliminación del Mundial de Alemania en 2006. Pero no lo hizo solo. Debajo del brazo trajo un proyecto para desarrollar. Sabía que iba a tener contratiempos para ponerlo en práctica, que habría gente que lo miraría con desconfianza, que lo criticarían ante el primer traspié, que el camino estaría lleno de obstáculos puestos por propios y extraños. Pero estaba convencido de que era el único camino.
En su proyecto, el ser humano tiene más valor que el deportista. Bajo su conducción, no basta con patear bien la pelota o ganar de cabeza en el área rival. Su plan es mucho más ambicioso. Busca formar personas y el fútbol es la herramienta.
Llevó algún tiempo ver la obra. Porque nunca los resultados llegan antes que los proyectos. Siempre es al revés. En cualquier orden de la vida, para lograr algo hay que tener un plan. Hoy, los resultados están a la vista. El título de América, el cuarto puesto en el Mundial mayor, la clasificación al Mundial sub 20 y a los Juegos Olímpicos y el reciente vicecampeonato en el Mundial sub 17 confirman el éxito deportivo de un proyecto integral.
Tabárez arma un perfil personal y profesional del futbolista seleccionado de todas las divisionales. Después, esos aspectos humanos resultan decisivos a la hora de entrar a la cancha. Algo básico. Actuar en otra dirección es condenarse al fracaso. Es pensar que el cuerpo puede separarse de la cabeza.
Por años el fútbol uruguayo creyó que juntando buenos jugadores alcanzaba. Y chocó una vez. Y otra. Y otra. Selecciones mayores llenas de figuras que empujaron para el lado que quisieron y que nunca fueron un grupo. Selecciones juveniles que se convocaban poco tiempo antes de los torneos y no lograban los objetivos. Grandes y chicos insertos en una estructura caótica que restaba posibilidades. Jugados a la improvisación, a la selección uruguaya solo le quedaba su historia.
Con su llegada, Tabárez apostó por darle transparencia a una selección desacreditada ante la gente. Las decisiones se empezaron a tomar en el Complejo Uruguay Celeste a partir de consultas con sus compañeros de cuerpo técnico y no con los integrantes de la empresa dominante en el fútbol uruguayo.
Le dio la capitanía a Diego Lugano, su estandarte fuera de la cancha, y se la jugó por Diego Forlán. El mejor jugador del Mundial no había tenido nunca continuidad en la selección e incluso, cansado de maltratos, había renunciado durante las eliminatorias para Alemania.
Descubrió a Álvaro Pereira en el Cluj de Rumania, encontró laterales como Maxi Pereira o Jorge Fucile en las canchas chicas del fútbol uruguayo, llamó a Sebastián Eguren que nunca había tenido una posibilidad y apostó a que Andrés Scotti y Sebastián Abreu le pudieran aportar fuera de la cancha.
Observó el crecimiento humano y deportivo de los juveniles, no apuró a ningún futbolista y los llamó cuando vio que estaban listos. Luis Suárez, Edinson Cavani y Martín Cáceres jugaron el Mundial sub 20 de Canadá 2007 y Sebastián Coates, Nicolás Lodeiro y Abel Hernández el de Egipto 2009. Todos son campeones de América en 2011.
Armó un grupo de fierro en el que los egos quedan de lado. En el que el ‘nosotros’ le saca ventajas abismales al ‘yo’. En el que cada líder tiene su lugar en el plantel.
Cuando consideró que el grupo estaba completo, respeto los lugares como en una feria. Y defendió a cada uno de sus jugadores ante todo y contra todos. Ellos le respondieron cada vez que los precisó, adentro o afuera de la cancha.
Un equipo que respondió siempre ante instancias límites. Que se apoyó en sí mismo para superar las adversidades. Que nunca dejó de creer.
La semilla de ese proyecto integral germinó tras el Mundial. Los propios futbolistas crearon la Fundación Celeste, cuyo objetivo es "fomentar los valores del deporte en la educación de niños, niñas y adolescentes". Además, parte del premio por el cuarto puesto fue donado para mejorar las instalaciones de las formativas.
En cinco años Tabárez logró que un grupo de amigos se mate por una camiseta. Y que los niños en las plazas la prefieran antes que la del Barcelona o Manchester United. Y que el país se pare cada vez que juega. Y que los juveniles sueñen llegar a ponérsela algún día. Esa es la verdadera revolución.
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