“Si uno empieza por este pensamiento, todos los impactos negativos de tipo constructivo y de vida útil del puente se reducen prácticamente a cero. No hay impacto ambiental si esto lo único que hace es flotar”, explicó Viñoly sobre su decisión.
El proyecto propone que el puente esté hecho de 22 balsas que flotan conectadas. Viñoly dijo que las balsas planteadas son “super estables” y están diseñadas para las condiciones de tránsito (tienen que soportar un camión de 45 toneladas con un aglomeramiento de 120 personas alrededor).
Además, el arquitecto dijo que este sistema permite que el puente pueda cambiar de forma cada año y convertirse en “un objeto de uso y de coparticipación social”.
En la presentación Viñoly propuso tres formas que podrán adoptar las balsas: una forma de anillo que forma una laguna en su interior, una forma de medialuna y una forma de camino (como un puente normal).
Una de las bases que sustenta la concepción de este proyecto es que el puente tenga el mínimo impacto ambiental posible.
Viñoly dijo que este diseño, al ser flotante y no tener pilares, impide la acumulación de sedimentos, por lo tanto tiene menos impacto que un puente de características normales.
“La oposición (al puente) desde el punto de vista ambiental es real: una construcción en un sistema tan sensible como el sistema costero y el sistema lagunar es por cierto un impacto significativo. En este caso, este (tipo de puente) no tiene ningún impacto, salvo las dos cabezas de puente que son construidas en tierra”, afirmó.
Otro de los fundamentos de este puente es que no fuera un cruce pragmático de un punto “a” a un punto “b”, sino que se transite a baja velocidad para contemplar el paisaje. El transitar por balsas fuerza la disminución de la velocidad.
Viñoly buscó además que la arquitectura del puente fuera un punto de atracción para que la sociedad lo apropie y genere actividades en torno a él.
Así, por ejemplo, propuso que con las balsas se conforme un anillo (un anillo perfecto, independiente de las cabeceras) que se pueda trasladar por la laguna para organizar algún torneo de pesca, o también la posibilidad de una regata con las 22 balsas del puente. “No creo que haya un ejemplo parecido de esto en ninguna parte del mundo, lo cual a mucha gente le puede atemorizar, (pero) a mí me parece genial”, consideró respecto a esta última propuesta.
Por otra parte, Viñoly dijo que una de las cosas que le parecieron importantes a la hora de pensar el puente fue que tenía que generar empleo. Sobre esto, dijo que los actuales balseros que trabajan en la laguna (a los que Viñoly desconoce quién les paga) pueden ocuparse de las tareas de mantenimiento que requerirá el puente.
El arquitecto estima que el puente tendría un costo no superior a los 3.800.000 dólares y que podría estar listo en ocho meses, sin contar el período de evaluación técnica por parte del Ministerio de Transporte y del de Medio Ambiente. Viñoly hizo el proyecto en forma honoraria.
Por otra parte, el arquitecto también se refirió a la carta que escribió el año pasado en la que se oponía al puente sobre la Laguna Garzón. En la carta, publicada en el diario El País el 21 de julio de 2011, Viñoly escribió que “la construcción del puente sobre la Laguna Garzón es completamente contraria a (los) principios de planeamiento sostenible”.
Viñoly dijo sobre esto que su posición sigue siendo válida. “Yo pienso que a la posibilidad de una política de desarrollo, que además incluye el desarrollo turístico, en el Uruguay hay que ponerla en el marco de una situación circunstancial, histórica creo yo, que es la percepción que el mercado global empieza a tener de la posibilidad del Uruguay como un país destino, como un país de especiales condiciones de estabilidad social, legal y económica”, afirmó.
Además, expresó que “el cómo hacer las cosas a veces es mucho más importante que la dicotomía entre hacerlas o no hacerlas”.
Por otra parte, Viñoly criticó la política de desarrollo inmobiliario de la zona de la Laguna de Rocha y dijo que es cortoplacista. “El problema es la calidad de los desarrollos con cierto nivel depredatorio a los que está acostumbrado a soportar el Uruguay, por los efectos del cortoplacismo, de ver siempre que todo es una cuestión de cómo generar 300 pesos más de impuestos el mes que viene cuando en realidad uno está jugando con el destino turístico y global de la nación, que es lo que a la gente le cuesta ver desde adentro y de lo cual yo estoy completamente convencido”, opinó.