Y sí, la escritora española, jurado del premio, llamaba para darle la buena nueva que cambiaría sus días: su novela había ganado y tenía que ir ya a la editorial de Buenos Aires. Leopoldo Brizuela se puso su traje y salió sin afeitarse, todo apurado. Desde entonces no ha parado quieto.
En Montevideo, el primer día le tocó atender a la prensa desde la mañana hasta la noche. Al final del segundo día, ya un poco cansado, recibió a 180. Mientras, en el pasillo de la editorial, los directivos hablaban del regalo que le habían comprado para que se llevara como recuerdo de Uruguay: discos de Fernando Cabrera.
—Esta entrevista es para la sección Autores, donde se habla, por ejemplo, del ser autor, del convertirse en autor. ¿Cómo pasó en tu caso?
—Empecé chico, a los doce años, cuando se pierde la infancia. La escritura la veo como prolongación de los juegos de la infancia. Toda novela es como un estado de prolongación de juegos de la infancia.
Yo estaba en la playa con una tía que leía un best seller muy malo. Estaba aburrido y empecé a leerlo y me dije: “esto lo puedo hacer yo”. Empecé a escribir una novela y no paré. Me vino bien que el libro de mi tía fuera muy malo.
Cuando volví a La Plata, por primera vez me compré un libro por gusto mío. Fue El diario de Ana Frank y como ella quería ser escritora y también tenía doce años, me enganché mucho con ese libro. Ahí empecé a escribir cuentos.
Me parece muy lindo tener en cuenta que nadie en la vida te pide que seas escritor. Es un deseo que sentís y te decidís a generar un espacio para eso y organizar una vida para eso, pero nadie espera eso. Cuando ganás un premio sentís que por primera vez te admitieron en un gremio, que no estabas tan errado, que tenías razón de dedicarle tiempo. Te piden que estudies, que te cases, que tengas un trabajo, pero no que seas escritor.
—¿Sos escritor con disciplina?
—Bueno, un poquito, sí. Antes escribía todas las noches un poquito y siempre muy en secreto.
—¿Y cómo empezaste a mostrar?
—Primero a un amigo que es un escritor conocido, que se llama Gustavo Nielsen. Él mandó un cuento mío a una revista…
—Y fuiste perdiendo la vergüenza…
—No, le encontré el gusto a publicar. La vergüenza la sigo sintiendo todavía. Ahora escribo todas las mañanas, de siete a nueve, más o menos. Soy metódico. Escribo muy muy temprano, cuando todavía el mundo no empieza a hinchar.
—Tu novela plantea una situación que tiene que ver con la dictadura argentina. ¿Te propusiste escribir del tema específicamente?
—No. Lo tiene, pero yo quiero contar algo que me interesa y explorarlo, hacer un libro que pueda atraer al lector. No hay una idea de dejar un mensaje. (…) No hay que escribir de política, pero si uno tiene ganas de escribir de política no veo por qué no.
—¿Armás el esquema del libro desde antes de empezar?
—No, para nada. Pero a medida que escribo, tomo muchas notas. Y lo central del libro es un misterio. Yo necesito averiguar algo.
—Leí que lo definieron como thriller psicológico. ¿Te parece bien?
—Sí, fue Rosa Montero la que dijo eso y me parece muy bien. Porque ante todo es un thriller, que viene de “estremecer”. Y es existencial porque creo que tiene que ver con cosas profundas.
—¿Qué te conmueve más de los comentarios de este libro?
—Que suscite recuerdos parecidos en los lectores.
—¿Vivís de ser escritor?
—Siempre viví de la literatura, hay un montón de talleres y changas que le salen a uno, como ser jurado de concursos o un montón de actividades.
—Tenés talleres literarios también…
—Sí. Ahora trabajo más que nada con gente que está trabada con la etapa final de un libro, que no le encuentra el final. Pero me gusta muchísimo trabajar con personas que ni siquiera quieren ser escritores.
—¿Y qué vas a hacer con el premio?
—Bueno, vivir un año y un poco más, y arreglar cosas que se estaban cayendo en la casa.
—Has hablado de tu admiración y de tu amistad con Idea Vilariño; amistad por la que Montevideo ya es una ciudad familiar para vos. Nombrame otros uruguayos que recuerdes como buenos.
—Muchos… Morosoli, Delmira Agustini… Me gusta mucho Tomas de Mattos...
—Escuché que además de escribir te gusta cantar. Y que cantabas…
—Sí, cantaba folclore anónimo y fados, con una recopiladora famosa que se llama Leda Valladares.
—Y ahora te llevás los discos de Cabrera que te regalaron.
—No, todavía no me dieron nada.
—Bueno: te arruiné la sorpresa.
(Risas)
Comenta cuánto le gusta Cabrera y cuenta cuál es su canción preferida: La casa de al lado.
***
Una misma noche cuenta la historia de Leonardo Diego Bazán, escritor en la cuarentena, que regresa a la casa de sus padres para cuidar de su madre viuda. Un día es testigo del asalto de la casa de sus vecinos por parte de las fuerzas del orden, y el incidente abre el dique de sus recuerdos: en el año 1976, esa misma casa sufrió otro ataque.
Entonces vivían allí los Kuperman, Leonardo contaba 13 años y Argentina estaba sumida en el terror de la Junta Militar. El suceso originó una huella imborrable en la memoria del adolescente, sobre todo al descubrir el papel que jugó su padre en todo aquello. Leonardo empieza a escribir una novela con la intención de rescatar y exorcizar un pasado que había querido olvidar.
Sus pesquisas se centran en la figura de Diana Kuperman, quien, durante esa época de terrorismo de estado, sufrió tortura psicológica. Así pues, el relato, mediante un diálogo constante entre los años 2010 y 1976, sirve de indagación y purga de una de las etapas más tenebrosas de la política argentina, reflejando, sin un ánimo maniqueo, tanto a las víctimas como a los verdugos (Alfaguara).