El martes la bandera será recibida oficialmente por la capital que será sede del torneo, después de pasar este lunes por Brasilia para una escala protocolar de presentación a la presidenta Dilma Rousseff.
En Rio, la bandera pasará el miércoles por el Complejo del Alemán (uno de los territorios tradicionalmente dominados por el narcotráfico, en la zona norte, y que fue “pacificado” a fines de 2010), por el barrio de Realengo (zona este, donde estará el segundo complejo deportivo más importante de la competencia) y será finalmente izada en el Palacio de la Ciudad (sede administrativa del gobierno municipal, en Botafogo, zona sur carioca), antes de seguir para un “pabellón olímpico” en construcción en el centro de Rio. Allí quedará por los próximos cuatro años.
En la línea de lo que se pudo ver en el video promocional de Brasil lanzado en Londres por Rousseff hace un par de semanas (para invitar al turismo no sólo por cuenta de los Juegos Olímpicos sino también por el Mundial 2014), el videoclip de la canción de los Juegos, exhibido por primera vez en la tarde de este lunes, apuesta a una Ciudad Maravillosa más costumbrista y menos “perfecta” que la que se muestra habitualmente, aunque tenga como excusa artística la llegada de los dioses del Olimpo al templo del samba.
La crítica obvia –y que ya tiene un eco ruidoso en las redes sociales-- está en el staff demasiadamente “global” (es decir, perteneciente a los segmentos más estelares de TV Globo, la emisora dominante, hace décadas, de la televisión brasileña) del material audiovisual. Pero los aciertos son muchos.
Para empezar –y en consonancia con lo que se vio en el cierre de los juegos de Londres, en donde se mostró primero y con destaque permanente un limpiador de calles, anónimo para la audiencia internacional (se trata de Renato “Sonrisa” Feliciano, personaje del Carnaval carioca conocido por bailar con maestría incomparable mientras limpia el Sambódromo después que la fiesta se termina)--, este videoclip inicial de la Rio 2016 zafa de la trampa “cola-playa-batucada”, y apuesta a mostrar la belleza de mortales comunes en un escenario tan paradisíaco como humano.
Según el video y la música, Apolo es un surfer (OK, es Rodrigo Santoro, el actor más exitoso de Brasil en Hollywood hoy y que acaba de estrenar una película con Jennifer Lopez y Cameron Diaz) y Carolina Dieckmann (otra estrella del reparto “global”) es Afrodita. Pero también están Nélida Piñon (escritora de 75 años, ganadora del Príncipe de Asturias), Fernanda Montenegro (la mejor actriz de Brasil, conocida por acá probablemente por su papel central en “Estación Central”), Martinho da Vila, el “Zeus” más relajado, simpático y mundano que se haya visto nunca. Para nombrar algunos.
Además están un anónimo Dionisio tomando cerveza como si no hubiera mañana en el “calçadão” de Copacabana y un Hércules de la vida real que carga una heladera mientras ensaya unos pasitos en los angostos pasillos de la favela.
“Está el Rio de la cultura. No el de la violencia y el de las mujeres desnudas. Yo soy parte de esta cultura”, dijo Renato “Sonrisa” después de su pasaje por Londres, en donde bailó con un uniforme naranja y majestuosidad acorde a la tierra de Isabel.
El clip de la canción temática de los JJOO va en la misma dirección: osaría decir que por primera vez (o por primera vez de forma tan explícita) Brasil no tiene vergüenza de mostrarse tal cual es. Con su cara oscura, su pelo “duro”, su belleza natural que no elimina una disparidad social espeluznante, y la gente que, sin dientes o escultural, celebra el milagro de vivir porque sí. Espero no equivocarme.
Por un momento dejo a un lado el aspecto “técnico” –y, en la práctica, lo esencial—de los Juegos Olímpicos, de si las estructuras están prontas o por lo menos satisfactoriamente encaminadas (no, muchas no lo están), para detenerme en lo simbólico de la puesta en escena que se vio el domingo pasado y en el video que la alcaldía de Rio lanza ahora.
Por estos dos ejemplos, se puede pensar que se viene un Brasil familiar y radical. Igual y diferente. Sorprendente y tradicional. Un Brasil libre del “Complejo de Perro Callejero” (expresión consagrada por el dramaturgo Nelson Rodrigues después de la derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950 y que pasó a caracterizar el supuesto sentimiento de inferioridad del brasileño frente al extranjero) y a gusto con una Yemanjá que puede cantar música clásica (Marisa Monte con su vestido de paraguas cantando Villa-Lobos), o con mulatas que pueden destacarse por otros atractivos, sin tener que recordar en todo momento que están buenas –ambas imágenes reflejadas en el cierre de los juegos ingleses.
Más aviones y menos tangas. Más innovación y menos estereotipo. En tesis, es para allí que desea caminar este ya nuevo-viejo Brasil, prestigiado en el actual tablero de la economía mundial y que, por lo que se ve, trata de posicionarse de forma diferente también en cuanto a su auto percepción. Que los muy humanos responsables por la realización de los juegos –y una ciudadanía informada, crítica y vigilante—nos lleven hacia allí. Y, ya que están, los dioses del Olimpo también pueden dar una mano. Nunca está demás.
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