Por el psicólogo y sexólogo Carlos Chans (*)
Basta, para muestra de esto, conocer los contenidos reales de la mayoría de las experiencias en educación sexual, donde el enfoque erótico sigue causando incomodidad para docentes e instituciones, y se apuntan todas las baterías a combatir el embarazo adolescente y las infecciones de transmisión sexual, dejando de lado otros múltiples aspectos de la sexualidad que quedan afuera de una visión integral de la misma y mantiene al placer en ese lugar ambiguo de tabú y de producto de consumo mediático groseramente amplificado.
Parece obvio que hablar de disfunciones sexuales se entienda como referencia a que las personas tienen dificultades para conseguir placer sexual. También aparece como obvio que al hablar de disfunciones sexuales de la mujer o de disfunciones sexuales del varón, se entienda que ellas ocurren cuando algo en las relaciones sexuales entre ambos anda mal. Siguiendo con las aparentes obviedades también se da por sobre entendido que esas dificultades suceden cuando se trata de combinar eróticamente los órganos sexuales principales de unos y otras entre si: en buen romance, cuando hablamos de coito vaginal. Las disfunciones reconocidas refieren a dificultades en alguna de las fases de la respuesta sexual. Aunque se diga otra cosa y cueste admitir lo contrario, esto funciona más o menos así: disfunciones de deseo = falta deseo para el coito; disfunciones de excitación = disfunción eréctil que impide coito, falta lubricación vaginal para el coito; disfunciones de orgasmo = no tuvimos orgasmo en el coito, o fue muy rápido o tan lento que nos cansamos; otras disfunciones = tenemos miedos que nos impiden el coito, o nos duele el coito, etc.
Al llegar a este punto, muchos/as se habrán percatado que nos estamos refiriendo a una visión de la sexualidad muy reducida. Que la sexualidad es algo mucho más abarcativo, que atañe a muchas dimensiones de lo que somos en tanto seres biopsicosocioculturales y que, desde esa complejidad deberíamos entenderla y, por lo tanto, es con esa mirada con la que deberíamos enfocar todos sus temas, incluidas las disfunciones sexuales. Es aquí donde recurrimos a la producción académica esperando allí encontrar ese enfoque integral, complejo, transdisciplinario y evidentemente comprometido con la salud sexual vista de la forma más amplia.
Resulta muy fácil conectarse, internet mediante o en la profusa publicación impresa, con un vasto contenido conceptual acerca de este tema, en donde generalmente nos queda una primera impresión de que “de esto ahora si se habla”. Que cada vez hay más recursos para tratar todas las disfunciones sexuales. Que hay técnicos y lugares vastamente preparados para ello y que garantizan resultados sorprendentes. Es más, parece que ya está todo estudiado y comprendido y que sólo cabe esperar que mejore la tecnología para que en el futuro todo el mundo disfrute una sexualidad plena. ¿Todo el mundo?
Algunos/as esperábamos encontrar allí, en la academia, referencias a que, por ejemplo, puede haber dificultades para conseguir placer con acciones que sean muy distintas del coito vaginal, ya sea porque se desea hacer otra cosa o porque simplemente puede no haber vagina presente (varón con varón) o puede no haber pene (mujer con mujer). Parecería como que la academia al pensar en disfunciones sexuales solo se enfocase en la heterosexualidad. Incluso dentro de ésta, parece que tampoco enfoca otras variantes al coito vaginal “oficial”. No encontramos referencia a dificultades en la realización del sexo oral en todas sus variantes posibles, ni del coito anal, ni incluso todo el potencial de placer sexual que puede resultar de usar creativa y libremente las manos, con uno/a mismo/a o con otra persona. Suena raro decir “disfunción manual” o “digital” o del “autoerotismo”.
Sin embargo todo esto se hace; y se hace mucho; y, a veces, no se hace satisfactoriamente. No he encontrado producción de contenidos sobre estos puntos ni propuestas terapéuticas. Se estarán pensando que estoy proponiendo que si alguien no consigue placer con la autoestimulación, ¿debería considerarse eso como una disfunción sexual? Capaz que sí. ¿Por qué no? De hecho, está bastante comprobado que quienes no han tenido un ejercicio medianamente pleno del autoerotismo, engrosan la estadística de las disfunciones sexuales “oficiales”. Especialmente las mujeres. Y que, además, el recurso terapéutico de recuperar, mejorar o comenzar con la actividad autoerótica, es requisito casi sine qua non, para mejorar en ellas.
Las ofertas terapéuticas sobre disfunciones sexuales para varones son muchas más y hacen más ruido mediático que las que son para mujeres. Parece como que el gran símbolo del “falo” representante de todo poder consagrado, es menester cuidarlo a toda costa, perpetuando además la forma en cómo nos vinculamos, no vaya a ocurrir que alguien descubra alguna inequidad, nos encuentre desarmados y se caiga algo de la estantería patriarcal. Ésta que entre muchas otras cosas considera que un acto sexual para que sea considerado “sano” es algo que le hacen los hombres a las mujeres y que, aunque no sea con esa finalidad, la acción debería ser igual a la que se requiere para producir un embarazo.
En esta época donde en muchos ámbitos se va imponiendo tener una mirada de género y diversidad, la ceguera, disfrazada de “te voy a poner a gozar”, que aparece en el ámbito sexológico terapéutico, preocupa.
Llama la atención que desde una perspectiva de salud pública la salud erótica no esté contemplada. Se dirá (yo creo que muy erradamente) que es una de las partes frívolas de lo que somos, y que las prioridades son otras. No sólo no estoy de acuerdo sino que creo que este lugar es justamente el que resulta más funcional para el sistema. Así la sexualidad está en todos lados, con múltiples formas y múltiples mensajes, pero también presente en nuestras inseguridades, nuestros miedos y nuestras preferencias consumistas.
Es hora de que la sexualidad deje de ser vista desde el androcentrismo, la heterosexualidad y meramente como una función, ampliándola y legitimándola como una de las dimensiones de lo que somos que nos vincula con nuestro potencial más rico.
(*) Psicólogo – Sexólogo. Especialista en educación sexual. Integrante de Sexur.
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