La pieza es una trilogía…
Sí. Ya hice dos. Ausänder cuando estaba viviendo en Alemania que significa extranjero en alemán. Ahí hablaba del uruguayo en el extranjero y después hice Extranjeros con la colaboración de María Mendive. Era una reflexión de cuando lo extranjero se naturaliza. Trabajamos mucho el candombe. Esta es la última parte. Es sobre el uruguayo dentro de Uruguay. Pasamos por las ironías y los clichés de cómo cada uno construye su identidad.
¿A qué te referís?
Mi identidad la descompongo por muchos eventos circunstanciales que sucedieron en mi vida y que seguramente sucedieron en la tuya. En algunos coincidimos pero en otro nos distanciamos. Eso no nos hace en mayor o menor grado uruguayos sino que nos da la posibilidad de mover las fronteras. Yo siento que mi piel tiene un límite pero también ese límite lo puedo mover donde te incluyo o te excluyo a vos. Eso hace que mi identidad sea líquida. Trabajamos muchos sobre la teoría de Zygmunt Bauman.
¿Y a partir de eso elegiste a los bailarines?
Sí. Lo interesante es que como yo creo que la identidad uruguaya es un mosaico de diversidades quería un elenco así. Entonces tengo: un bailarín de folclore, una bailarina de contemporáneo, una de clásico y yo. Hay un poco de cada cosa y representa lo que es Montevideo. Eso quería que se reflejara en el elenco.
¿Y a Pitufo Lombardo para la música?
Yo el año pasado hice un espectáculo para el ballet de El Sodre con Jorge Drexler y cuando le comenté que estaba pensando en esto, me dijo que Pitufo era ideal. Los temas son instrumentales. Encontramos otros colores a su interpretación. Él está contento con lo que hicimos.
¿Cómo te vinculaste a la danza?
Me vinculé por mi hermana. Ella estudiaba ballet y yo la llevaba a clase, la esperaba y la traía de vuelta. Soy ocho años mayor que ella. Un día, tendría 15 años, dije “voy a entrar a la clase” y la profesora me dijo que probara dar la prueba de ingreso a la Escuela Nacional de Danza y entré. Digamos que me vinculé por casualidad. Tenía mucha actividad intelectual y física.
¿Qué hacías?
Taekwondo. Me faltaba un cinturón para el negro. En un momento convivieron el taekwondo y el ballet a la vez hasta que tuve que decidir y elegí la danza.
¿Qué te gustó de la danza?
La capacidad de expresar. No tenía esa facilidad con la palabra y sí la encontré en el cuerpo.
¿Ves similitudes entre ambas disciplinas?
Absolutamente. Mi padre todavía me ve bailar y me dice que tengo algunos movimientos que era de cuando hacía Taekwondo. Las artes marciales tienen ese dominio que para los bailarines es esencial. Encontré un canal expresivo, desconocido para mí. Me encanta la rigurosidad con que se entrena la danza como sistema para conseguir resultados por medio de la disciplina y el trabajo. Me gustó mucho como desafío.
¿Cuándo fue la primera vez que te subiste a un escenario?
Fue en el teatro del Liceo Palotti en una muestra de Teatro Joven. Hacía un taller en El Galpón con Marina Rodríguez. Fue la primera vez que me subí a hacer algo. Cuando terminó la presentación alguien le dijo a Marina que tendría que ser coreógrafa porque ahí tenía todos bailarines. Fue gracioso porque después yo terminé siéndolo.
¿Qué sentiste?
Nervios. Siempre los siento. Lo sigo sintiendo hasta el día de hoy. No sé si son nervios o esa ansiedad que cuando pongo el pie en el escenario desaparece. Si tuviera un nudo en la garganta todo el tiempo no podría. La adrenalina de cuando voy a entrar a escena y cuando entro, es entrar a otro mundo. No veo el público. Me pasa que entro en un trance en donde estamos mis compañeros y yo. Siento la energía. Siento cuando tengo el público conmigo o si lo estoy perdiendo y ahí siempre tengo una estrategia.
¿Y cuál es?
Depende de la obra que esté haciendo. En “Cuál retazo de los cielos” tengo esta cuestión de la sensibilidad de un par. Estamos hablando de las identidades uruguayas y sé que al hablar de la identidad esa es mi herramienta más grande. Sé que te estoy hablando de igual a igual y eso está buenísimo también porque hace que el hecho escénico sea horizontal y no vertical como muchas veces se hace en este país donde el artista es inaccesible para el público. En esta obra jugamos que lo que me está pasando a mí en algún momento te pasó a vos o te va a pasar. Entonces, no es que manipule la energía del público pero tengo otra percepción. No solamente hay que entrenar la técnica sino también ese otro sentido. Como una alerta diferente para saber en dónde estamos.
¿Tenés alguna cábala?
Tengo dos. Una es que necesito estar por lo menos veinte minutos en silencio y que nadie me hable y no hablar con nadie. Por lo general, la única opción es encerrarme con llave en el camarín porque si ando por ahí todos me preguntan algo. La otra es que tengo que tomar una lata de Coca Cola antes de salir al escenario. Me pongo como loco si no tengo la latita.
Estuviste trabajando y estudiando en el exterior ¿Cómo fue tu vuelta a Uruguay?
Estuve seis años trabajando con una compañía en alemana. Justo hoy estoy extrañando Alemania. Cuando estaba allá tenía la sensación de encajar pero no pertenecer y acá pertenezco pero no encajo. Estoy en ese conflicto. Son etapas. Tuve mi etapa dando vueltas por todo el mundo y pasar más tiempo en aeropuertos que en mi casa. Ahora necesito estar con mi pareja y curtir Montevideo. Estar con mis colegas. Disfruto mucho en el lugar donde estoy y sé que está buenísimo volver a Uruguay y vivir un tiempo acá pero no me quedaría a vivir acá para siempre. No voy a estar para siempre en el mismo lugar. Creo que soy nómade.
¿Y la llegada a Alemania?
Es mi segunda casa. Viví en Bonn. La llegada no me costó nada porque fue un proceso que se fue dando naturalmente. Amo Alemania profundamente y estoy súper agradecido de todas las oportunidades que me dieron. Ahí maduré como artista. En este momento están ensayando una nueva creación y está buenísima esta distancia, la necesitábamos. Es raro estar lejos y verlo de afuera.
¿Hay un salto grande en lo que se puede aprender bailando en Alemania y lo que se puede aprender acá?
Diametralmente. Es abismal la diferencia en la formación desde el arranque. Acá no hay una formación como bailarín de danza contemporánea. Te podés formar en folclore o en ballet. Creo también que la danza contemporánea como profesión llegó un poco más tarde a Uruguay entonces vamos como un poco rezagados en ese sentido.
¿Cómo ves la danza hoy en Uruguay?
La veo mejor. El paradigma cambió. Es fácil encontrar espectáculos de danza en la sala principal del Teatro Solís y en la Zavala Muniz. Es común ver ballet y que 20.000 personas lo consuman en cada temporada. Eso hace que la danza se legitime como una de las artes escénicas importantes del país.
El año pasado te convocó Julio Bocca…
Sí. Yo estaba de viaje hacia Alemania desde Montevideo y tuve que hacer una escala en Madrid. Tenía que esperar y revisé el correo. Tenía un mail de Julio que solamente decía: “¿te puedo poner en contacto con Jorge para que pienses la música para tu obra?”. Me causó mucha gracia y me recontra emocionó. Con Jorge pegamos re buena onda.
¿Alguna vez te imaginaste que ibas a llegar hasta acá?
No. De niño quería ser actor y tuve una época que quería ser profesor de literatura. El otro día me mandaron unas fotos de la escuela. Yo montaba coreografías a mis compañeros de clase y ellos bailaban en plan “pobre pibe vamos a darle bola” y en el liceo también.
Así que desde chico te atraía la danza…
Sí. De niño, mi primer trabajo fue como bailarín en un programa de televisión.
¿En cuál?
El de Horacio y Gabriela por Canal 4. Mi madre me llevaba los miércoles que era el día que grababan. Era una santa. Creo que tuve la motivación de mis padres pero si yo hubiera querido ser médico, la hubiese tenido también. Tuve una suerte increíble.