Gabriel Quirici

Tan ilustrados como… docentes

En tiempos de bicentenarios y natalicios, quiero recordar un aspecto del gobierno de Artigas en la Provincia que sirve de ejemplo para la educación. En el reglamento de tierras se exigía papeleta de trabajo y se perseguía la vagancia. Propuesta pedagógica que buscaba convertir al gaucho en paisano, y que se hacía con la fuerza de querer impulsar un cambio profundo. Se hacía al mismo tiempo, otorgando beneficios y oportunidades: los gauchos podían presentarse para recibir tierras, de las mejores (porque eran de “malos europeos y peores americanos”) y a partir de la donación de la suerte de estancia, tenían la chance de transformar su modo de vida. No fue una propuesta de seguridad a la fuerza y “desde arriba” como la que sesenta años después impulsara el Código Rural de la ARU junto con Latorre y el alambramiento de los campos.

Actualizado: 21 de Junio de 2015 | Por: Gabriel Quirici

Creo que para la educación existe una analogía parecida, que las autoridades a todo nivel están perdiendo de vista. Se puede exigir y apostar por un cambio profundo si, al mismo tiempo, a los actores se les brinda la oportunidad de transformarse con esa exigencia.

¿Queremos que sea el quinquenio del aprendizaje? ¿Que bajen la desvinculación y la repetición? Para ello sin duda deberemos exigir más a los educadores. Es decir, tener mejores docentes. Pero no puede realizarse esa exigencia manteniendo el mismo horizonte de trabajo y de prestigio social que estos tienen. Parece tiempo suficiente como para retomar algo de Artigas, y exigir metas ambiciosas al mismo tiempo que se generan nuevas condiciones para ello.

El mensaje podría ser que sí, que se va a reducir el gasto menos en la inversión en educación, con especial énfasis en la profesionalización de la carrera docente. Y no digo solo salario, que es una base importante. Sino, también, concursos, horas de formación, primas por posgrados, proyectos de centro y trabajo con las tic. Con la seguridad de trabajar en un centro y con no más de 20 horas de aula por docente de aquí a tres años.

Hay que invertir en esto, y convertir los liceos en experiencias de comunidades de práctica, con colectivos bien pagos, con horas de visitas de clase, de reformulación de proyectos y tiempo para atender padres, dificultades de aprendizajes y desniveles sociales de forma interdisciplinaria. De poco servirá tener ceibalitas y tablets para todos, si los docentes no tienen el tiempo pago para formarse en su uso e incorporarlas a la práctica.

Esta inversión sería un tiro a dos bandas. Primero que nada, porque respondería a la legítima reivindicación sindical, quitando del centro los planteos de presupuesto. Y pondría en la agenda de discusión cuestiones pedagógicas y sociales, mucho más importantes de cara a la transformación que se pretende. Al mismo tiempo que, como contrapartida, haría completamente factible exigir. Si un educador gana 40.000 pesos y tiene 20 horas de clase, perfectamente puede involucrarse en un sinnúmero de tareas (tendría otras 20 de trabajo en el liceo) que le permitirán mejorar su enseñanza y obtener mejores resultados. Aquel que no lo haga, y me refiero aquí a profesionalizarse, trabajar en equipo, estudiar más y dar mejores clases (no a la cantidad de alumnos que promueva), verá postergada su carrera y remuneración.

Pero además, sería la mejor forma de re-encantar a la clase media, que es la que más se va de la enseñanza pública en secundaria y la que menos elige como carrera la docencia. Allí sí sería viable hacer realidad aquel eslogan de que compartan el aula el hijo del profesional con el del obrero. Y los liceos recuperarían un prestigio perdido hace años en discusiones subdesarrollistas sobre datos sociológicos (relevantes para el diagnóstico) y demandas salariales (fundamentales para romper con inercias burocráticas).

Es tiempo también, de que las voces de los docentes no sean confundidas con los reclamos de los “trabajadores de la educación” en general, que es el postulado principal de los voceros sindicales, que también contribuyen al desprestigio con visiones catastrofistas (“la educación se cae a pedazos”) en virtud de una lógica que pone por delante el conflicto y no la construcción pedagógica. Si las autoridades plantean con claridad que apostarán por una formación docente continua de excelencia, y que invertirán en ello. Las cuestiones a discutir serán bien otras.

Un liceo con docentes más ilustrados -porque ya son valientes, a veces se desconoce lo que es dar clase en contexto crítico con adolescentes- es el único camino realista para una reforma de la enseñanza de cara al siglo XXI. Sin este anclaje, todo lo demás resultará bien intencionado, presupuestalmente justificado, pero ineficaz. Y para que eso no pase, se puede recordar una vez más al viejo Artigas cuando advertía que, por querer abarcarlo todo, terminemos por no tener nada.

La idea de construir los perfiles de egreso y trabajar en pos de una revisión del método de pasaje de grado en secundaria es muy relevante pero no atiende directamente esta cuestión. Existe algo así como una ilusión que cree que postulando determinados objetivos, las realidades de aula se transforman con enunciarlas. La experiencia docente demuestra que el aula y la enseñanza se modifican siempre que los educadores sean parte del proceso. Y tener docentes más ilustrados implica atraer a jóvenes con mayor capital cultural a la profesión y dar tiempo e instancias de formación a los que ya son parte.

Es más, es posible lograr sinergia positiva entre la actualización de los perfiles de egreso de 3 a 15 años con una modificación en la forma en que los estudiantes pasan de 1° a 3° de liceo (poniendo el foco en la enseñanza por proyectos y no en la repetición por asignaturas) si se acompañan estos cambios de una verdadera reforma de la carrera de educador.

En otra columna desarrollaré la idea anterior, que a mi entender sería la modificación genética del sistema. Pero para concluir esta quiero reafirmar que el primer paso y el más promocionado debe ser el invertir en una buena carrera docente. Porque además de cumplir con un largo reclamo justo, es el camino central para construir liceos en desarrollo de cara al siglo XXI. ¿Estaremos dispuestos como sociedad a invertir en ello y aceptar que los educadores además de su vocación y dedicación profesional general, ganen como profesionales?

Las respuestas no están solo del lado de las autoridades, también padres, comunicadores y trabajadores deberían asumir que el desafío de mejorar la enseñanza no puede tener al país con educadores con más de diez años de experiencia que ganan menos que quien ingresa al grado más bajo de la escala administrativa de cualquier organismo público sin secundaria terminada. Es también una obligación y un cambio de cabeza, exigir que en la educación de tus hijos se invierta para tener los mejores educadores.



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