Marcelo Estefanell

El indicador de la discordia

Hace muchos años que me pregunto por qué somos tan propensos a tomar como cierto y como verdades absolutas opiniones ligeras, máximas y consignas que, luego de un poco de estudio, reflexión e, incluso, de sentido común, resultan, como mínimo, cuestionables o, sencillamente, falsas.

Actualizado: 29 de Agosto de 2015 | Por: Marcelo Estefanell

Es comprensible que a Giordano Bruno lo llevaran a la hoguera por sostener que el sol era una estrella más del universo alrededor de la cual giraba la tierra y otros planetas. Para la época eso era inconcebible, la idea dominante de la iglesia sostenía lo contrario, y en épocas de intolerancia nadie podía atreverse a contradecirla.

El tiempo pasa, los siglos se suceden, las ideas avanzan, el conocimiento, por fortuna, llega cada vez a más gente y, sin embargo, predominan las posiciones irracionales, se hace dinero con el tarot y en las redes sociales se multiplican los esquemas hasta el infinito.

Una de las consignas más extendidas en los últimos tiempos es la que resume la aspiración de los gremios de la enseñanza sobre el presupuesto: por todos lados podemos oír —y leer— que exigen el 6% de producto bruto interno para la educación. Este porcentaje se ha convertido en una muletilla, en una frase pegajosa y algo simpática pero, en última instancia, no tiene sentido por varias razones.

En primer lugar, Simon Kuznets (1901-1985), quien inventó ese indicador macroecómico, no estaría de acuerdo, porque él mismo cuestionaba al gobierno de los EE.UU cuando tomaban el crecimiento del producto bruto interno como sinónimo de progreso: no van juntos necesariamente. Cuando recibe el premio Nóbel en economía en 1971, sostuvo con más énfasis todavía que hay que analizar con mucha detención el contenido del PIB, más que la cifra global importa el crecimiento detallado, la pregunta en qué se creció y para qué, resulta más significativa que el dato bruto. No es lo mismo que un país crezca en base a la producción de armas de guerra que de usinas eléctricas, como tampoco es lo mismo que el acumulado de bienes se deba a la proliferación de casinos que de universidades.

En segundo lugar, dudo mucho que la mayoría de quienes reclaman esa cifra tenga noción de su volumen (a la fecha, y en base a proyecciones del Banco Central, son 56.264 millones de dólares) y, menos aun, de cómo se calcula y se compone. Sin embargo, esto no es obstáculo para que se repita el eslogan hasta el hartazgo.

En tercer lugar, cabe preguntarse si en el caso de una caída drástica del PIB, como sucedió entre 1999 y 2002, donde el producto se redujo en 15,4 %, estarían dispuestos a aceptar que sus ingresos se vieran reducidos en la misma proporción.

En cuarto lugar, nadie explica el por qué del 6% y no el 8 %, o el 9%. Me gustaría saber cómo llegan a esa cifra que hoy supone una reivindicación central y un importante conflicto.

Creo que mejor sería luchar por un presupuesto que refleje las necesidades reales de la enseñanza. Con absoluta honestidad intelectual y con al apoyo de organismos profesionales en la materia tendría que realizarse un presupuesto concreto y detallado; y si la cifra final resulta un porcentaje diferente del manido 6 % carece de importancia.

Por último, creo que se avecinan tiempos difíciles para nuestra pequeña economía: la caída de los precios de las materias primas que exportamos, más la devaluación del yuan, el fortalecimiento del dólar y la crisis regional y mundial que nos tocó vivir, hacen suponer que se avecina una caída del PBI, mayor desempleo, menor recaudación de impuestos e inflación.

Un país minúsculo como el nuestro, tomador de precios, con carencias enormes en infraestructura y desafíos gigantescos en educación, no puede darse el lujo de desconcer la realidad en que estamos inmersos y, en parte, basar su lucha en un porcentaje de un indicador más “marquetinero” que realista.

 



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