Marcel Vaillant

¿Qué hacer con la inserción internacional? Declaraciones y hechos

Comprar y vender al resto del mundo en las mejores condiciones es un objetivo de toda política pública orientada a la inserción internacional, y es primordial en las economías pequeñas. Para lograrlo es necesario reducir los costos de comercio. Éstos dependen de múltiples factores, entre los que se destacan los aranceles y demás restricciones no arancelarias inherentes a los mercados de destino, la distancia geográfica -determinante de los costos de transporte-, las redes de comercialización y las estructuras de mercado de los países de destino. Estos constituyen factores prevalentes, junto con las normas sobre estandarización técnica de productos, diversos patrones de consumo, etc.

Actualizado: 19 de Noviembre de 2015 | Por: Marcel Vaillant

Nuestro tamaño económico pequeño y ubicación geográfica se expresa en que estamos muy lejos de los grandes mercados de la economía mundial. Acercarnos a ellos, reducir la restricción asociada a la pequeña escala del país, implica necesariamente reducir el costo de vender y de comprar. Alcanzar este objetivo tiene como efecto directo la mejora de la productividad de los factores de producción, a través de la mayor eficiencia que nos permita alcanzar una inserción internacional dinámica. El mismo esfuerzo productivo tiene resultados distintos en función de que se logre o no desarrollar una política comercial activa, que abra de forma inteligente la economía a fin de comprar más barato, y a la vez amplíe el acceso al mercado para la producción doméstica.

Los círculos virtuosos de productividad, competitividad, inversión, crecimiento y empleo, tan buscados en las políticas del desarrollo, tienen en el patrón de inserción internacional y en los acuerdos comerciales que se suscriban, un motor fundamental. No hay senda de cambio posible en la productividad de un país pequeño sin una inserción dinámica en los mercados internacionales, tanto para comprar bien como para vender bien. No entender el significado profundo de este enunciado es algo que el país puede pagar muy caro en términos del bienestar futuro de sus ciudadanos. El desempeño comercial del año 2015 ya lo ilustra con elocuencia.

Al comenzar el año en curso el gobierno formuló dos anuncios de política económica de largo plazo y de alto perfil. Por un lado el Sistema Nacional de Competitividad, y por otro un rumbo diferente orientado a mirar más allá de la región en materia de inserción internacional. En ambas direcciones, los bloqueos dentro de la propia fuerza política, alineados con las corporaciones sindicales, imprimieron al proceso de cambio un ritmo que podría definirse como de un paso hacia delante y dos hacia atrás. El gobierno expresa un propósito pero actúa de manera distinta. Las transacciones políticas lo obligan a ello.

Si se tienen en cuenta los objetivos y las características del reciente viaje del Presidente de la República, acompañado por sus dos principales Ministros (Economía y Relaciones Exteriores), puede percibirse que el gobierno insiste en el rumbo anunciado a principios de año. Las declaraciones frente al Gobierno Francés, en la OCDE y en Japón, todas lo expresan en la misma dirección. Uruguay opta por una economía abierta promotora de relaciones comerciales y de inversión en la forma más extrovertida y amplia posible. El acercamiento con la OCDE es un logro definitivo en esta dirección que todos los uruguayos debemos festejar.

Pero de regreso a la comarca la realidad es otra. Las fuerzas retrógradas de la coalición de gobierno lograron el retiro de las negociaciones en el TISA (Trade in Services Agreement), y asimismo el retorno al ridículo discurso de los posibles cambios a promover en el MERCOSUR. Esto ocurre además en el entorno de un tsunami en la orientación internacional de la región –tanto a nivel político como económico- que estos sectores de la izquierda vernácula no parecen percibir. Recientemente, por si fuera poco, vuelven a arrancar los motores opositores preanunciando un posible y nuevo frente de negociación en la TPP (Trans-Pacific Partnership). Así se vuelve al extraño y paradójico ejercicio de desplegar una gimnasia opositora a la política del gobierno que se integra.

El conjunto de ideas resistentes a acuerdos comerciales y a una política de integración global tiene un fuerte arraigo en la tradicional izquierda uruguaya, que encuentra así un punto de identificación ideológica con el antiguo ideario antimperialista de viejo y conservador corte nacionalista. Estas ideas anacrónicas le están costando caro al país. Las élites dirigentes e intelectuales que las conducen con tan pocas luces técnicas, sin embargo han sido muy exitosas en los resultados: han logrado imponer un veto implícito a esta temática.

Desde hace varios años Uruguay se encuentra en esta encerrona. Durante el primer gobierno del Presidente Vázquez fracasó un posible acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Este año Uruguay se retira del TISA. Este último es un hecho para registrar en los anales de las malas decisiones de política comercial. Y ahora -antes de siquiera pensar en el TPP-, ya existen voces denunciantes de que este es el camino del mal.

Mientras tanto Uruguay sigue comprando y vendiendo mal, trabado por problemas concretos y claros. Compra petróleo caro, consecuencia de un mal acuerdo de comercio administrado con Venezuela, asociado además a una terriblemente mala y opaca gestión de la principal empresa pública del país. Asimismo vende mal sus principales productos de exportación. A pesar de que los mismos son de muy buena calidad -alcanzan los estándares requeridos y tiene todas las certificaciones correspondientes-, deben pagar aranceles y enfrentar restricciones cuantitativas en los más importantes mercados de destino. Son varios cientos de millones de dólares que se pierden por este acceso defectuoso. Esto redunda en una menor productividad del esfuerzo nacional y en una menor dinámica en el círculo virtuoso de la productividad, que es la forma genuina de mejorar las condiciones de empleo y las remuneraciones de los trabajadores. Mientras tanto, las condiciones en que acceden a los mercados nuestros competidores directos no para de mejorar: no es difícil prever que nos irá mal y en una dinámica negativa retroalimentada.

La amplia mayoría del país representada en el parlamento acompaña la visión del Presidente y de sus dos principales Ministros, pero falta la convicción política necesaria para dar esta indispensable batalla, cuyo resultado condiciona el futuro del desarrollo del país. El gobierno debería buscar apoyos donde los tiene y no buscarlos donde sabe que no los tiene.

El enfoque hegemónico en parte de la elite política del partido de gobierno, da al tema de la inserción internacional un neto sesgo ideológico, a la vez que desconoce la realidad en la que estos procesos están insertos. Esta actitud no es representativa de las amplias mayorías del país, preocupadas por sus condiciones de vida, asociadas al empleo y al salario que directa o indirectamente ligados están ligados a las condiciones de la demanda externa. Son estos los temas que deben preocupar al país, y es muy claro que ellos están asociados al éxito que se obtenga en una inserción internacional dinámica. Las condiciones están dadas para que estos cambios comiencen a procesarse de inmediato. Pero para ello, se requiere una mayor convicción política en las máximas autoridades del gobierno electo y en los sectores que lo apoyan. El problema está en que se declara un rumbo bastante claro en lo que hay hacer en materia de inserción internacional, pero sin embargo hasta ahora, el gobierno acepta pasivamente el bloqueo al que está sometido.

 

Marcel Vaillant es profesor Titular de Comercio Internacional, Departamento de Economía, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.

Las opiniones vertidas en las columnas son responsabilidad de los autores y no reflejan necesariamente posiciones del Portal 180.



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