180 Darwin: Uber, un viaje de ida

Una experiencia de periodismo participante en 180darwin (que últimamente no viene participando en general).

Actualizado: 25 de Noviembre de 2015 | Por: Darwin y El Yape

180 Darwin: Uber, un viaje de ida

180 Darwin se subió a un Uber

A pesar de que aún no recibió la autorización del gobierno, un periodista de 180darwin realizó un viaje en Uber. Así funcionamos: le pedimos autorización al gobierno para hacer las notas. Acá no nos comemos el cuento del medio independiente, orejano, que no se casa con nadie. Si molesta, no hay nota. Si gusta, publicidad de Antel.

Pero como no nos contestaron y Uber tampoco tiene autorización decidimos aprovechar el vacío legal y mandar a un pasante para que nos cuente la diferencia entre viajar en Uber y viajar en taxi. Esta es su crónica (los nombres y las direcciones fueron cambiados para proteger la identidad de los implicados):

En la esquina de Bulerav y Ravera pedí un Uber. El destino era Milán y Luisa Berto Derriera. La aplicación me informó que el precio estimado era 120 pesos y que el conductor llegaba en 5 minutos. Ni un Para Elisa amenizando la espera, ni una voz robótica amigable –¡y uruguaya!- grabada confirmando que “el móvil pasará por usted en… cinco… minutos… con... gracias por usar nuestro servicio”, ni la posterior duda de por qué cortaron la parte que decía “0 fichas” pero dejaron el “con” y la incertidumbre de si en realidad va a venir o no el taxi anunciado. En vez de ese intercambio lleno de vida y misterio, una pantallita con una foto de Zongalo, que conducía un Puyol 307 negro al que veía acercándose en el mapa. Tal como quiere el imperialismo, yo podía vigilar al trabajador, desconfiar del compañero, ser una pieza más de la maquinaria orwelliana que... paró en Bulerav y Canelonni, seguro que para comprar droga. Estos aprovechan el vacío legal y se encajan como los del Estado Islámico antes de los atentados, pensé. Subirse a un Uber es lo mismo que a un barco en aguas internacionales, no hay control, no hay ley, no hay Estado de Derecho, no hay Democracia; a nadie sorprendería que al abrir la puerta aparezcan niños prostitutos y un labrador sin bozal fumando cigarrillos de contrabando. Pero no, simplemente estaba Zongalo:

Z: Buenas tardes.

Yo, Periodista: Buenas tardes, a Milán y Luisa Berto Derriera.

Z: Ya lo sé, pusiste el destino en la app.

Y,P: ¡Pero qué inteligente la app! ¿Y la app no te dice también cuántas familias estás dejando en la calle en este momento? ¿No te pone la app que por cada kilómetro que hacés un botija va a tener que cenar pasto?

Z: Eh... acá me marca que lo mejor es seguir por Bulerav y doblar en Gary Baldi, ¿te parece bien agarrar por ahí?

Y,P: Si es lo que te marca la maquinita hacelo, marioneta del imperialismo.

Z: ¿Te ofrezco un caramelo?

Y,P: Sí.

El caramelo era de naranja pero no de los que se pegan al envase y después tenés que mendigar una canilla para sacarte el almíbar de los dedos. Se nota que Uber no escatimó en gastos con tal de alienar a las masas. Mientras saboreaba la falsa recompensa creada por el Dios Mercado para endulzar artificialmente este mundo depredador y destructivo, alcancé a ver desde la ventanilla una realidad amarga: la parada de taxis, otrora refugio del obrero del volante, reino donde el hombre rengo ejercía su dominio (probablemente por su capacidad innata para ir con un pie por la calle y otro por la acera sin sufrir el desnivel), y hasta lugar de resistencia en los tiempos oscuros, va quedando vacía, desierta. Un anterior invasor, el easy taxi, con su simpático gritito extranjerizado ¡taxee, taxeee!, arrasó con todo. ¿Dónde tendrán un trabajo de calidad los rengos ahora? A nadie le importa.

Y,P: ¿Puedo agarrar otro?

Z: Más bien. En la capacitación nos recomendaron tener caramelos siempre.

Y,P: ¿Y no tenés otro gusto que no sea naranja?
 
Z: No.

Y,P: Mirá vos, tan liberales que son en Uber y no te dijeron que siempre hay que tener la posibilidad de elegir, para que se establezca una competencia salvaje sin regulación ni intervención alguna que no sea la de la mano invisible del sorete de Adam Smith, y así los caramelos con menos suerte o aprobación se pudran en el infierno del rechazo social.
 
Z: Por ahora sólo tengo naranja.

Y,P: ¿En qué consiste el adoctrinamiento capitalista al que tú le llamas “la capacitación”, si se puede saber?

Z: Te dan una master class donde te dicen que siempre tengas caramelos, que te vistas bien y que el auto esté limpio. Tenés que repetir eso en voz alta y quedás habilitado.

Es cierto, el auto estaba limpio. Pero era una limpieza fría, impersonal. Un taxi es como la plancha de un carrito de chorizos: nunca se limpia del todo, la carne que pasó le da sabor a la que viene. El taxi está habitado por historias que no se borran con lysoform: uno está sentado donde alguien contó una confidencia, alguien rió, alguien lloró, alguien vomitó, alguien se partió el tabique contra la mampara, alguien pagó su viaje con sexo. Uber no tiene memoria, y un taxi sin memoria está condenado a repetir el recorrido.

Y,P: Decime, pibe, ¿vas calzado?

Z: Eh... sí. Hush Puppies, me los regaló mi viejo para mi cumpleaños.

Y,P: No, m'hijo, te pregunto si tenés un bufo en la guantera.

Z: No, no. Este es un sistema seguro, no manejamos efectivo.

Y,P: Pero yo no hablo de los chorros. ¿No te da miedo que identifiquen tu auto y te saquen por la ventanilla para afuera y te surtan, y mientras te dan de bomba alguien lo pinte con la bandera de EE.UU que es tu sueño como el de toda marioneta del imperio? Pasame otro caramelo, haceme el favor.

Z: Sí, claro, agarrate todos los que quedan. Yo voy tranquilo, el auto no tiene ninguna identificación así que de afuera parece que estoy llevando a un amigo.

Y,P: ¿Qué decís? ¡Yo nunca voy a ser amigo del capital, de la explotación del hombre por el hombre! Agarrá por Burguer.

Z: Pero el GPS dice que vaya por Milán.

Y,P: Agarrá por Burguer o te califico con una estrella.

Z: Pero por Burguer está la Raído Taxi Partoanal 414 ...

Y,P: Ahí va, ahora bajá la velocidad. Andá despacito que la familia del taxi te quiere dar un abrazo.

El Uber se metió en un túnel chino de banderas, tarifas nocturnas, radioperadoras que repetían primera-cshhh-segunda-cshhh-tercera-cshhhh, escupidas, abolladuras, manijas para bajar y subir ventanillas que fueron arrancadas de su habitat, bolitas masajeadoras de espaldas, bandejitas metálicas para depositar el dinero y que este transite del mundo del cliente al del trabajador o viceversa, dados de peluche en busca de un retrovisor donde colgarse, y personas que querían abrir la puerta a la fuerza mediante el grito inamistoso de “por acá, caballero, adelante” y pretendían una propina por eso (del chofer y del pasajero).

Cuando logró salir dobló por Luisa Berto Derriera y llegamos a destino. Eran 127 pesos, siete más de lo calculado por la máquina. Alienado y todo, Zongalo no dejaba de ser un trabajador y le quise dejar una propina.

Y,P: Cobrate 130.

Z: No puedo aceptar propinas.

Y,P: No seas nabo, cobrame 130 y te quedás con 3 (mi escala de propinas siempre tira al número redondo, el máximo que doy es 9 y el mínimo 1; si caigo en un decimal la propina se anula).

Z: Es política de la empresa. Nada de propinas

Y,P: Hacé esto, cobrá los 127 y acá te dejo 3.

Z: Sacá eso, por amor a Jobs. No puede haber plata en el Uber. Está prohibido.

Y,P: Te las dejo arriba de la guantera. Ahí tenés, una monedita de dos y una de uno.

Z: Por favor, hacé lo que quieras pero sacá del auto esas monedas sucias. El Uber tiene que estar limpio de efectivo.

Y,P: Las voy a dejar caer accidentalmente atrás del asiento y me voy a ir.

Z: No, no, no, vos no sabés lo que le puede pasar a mi familia si Uber sabe que hay plata viva en su auto. Tomá mi teléfono. Calificate con 5 estrellas. Llevátelo si querés, pero sacá esas monedas de acá. ¿Te gustaban mis zapatos? Llevátelos también.

El Uber se fue y yo me quedé con los zapatos, seguro que un tachero me los transa por el viaje de vuelta.