Denise Mota

Emoción, razón y el juicio político de Dilma

Desde que el presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, Eduardo Cunha, dio inicio al proceso de juicio político contra la presidente Dilma Rousseff, la mandataria viene taladrando la tecla de que nunca ha usado la estructura estatal para beneficio propio y que no posee “cuentas en el exterior”. Rousseff obviamente no está hablando sola y expresa una estrategia diseñada por ella, por sus asesores y por Lula –devenido en una curiosa especie de gurú de doble filo, al despertar amor y odio en el país pero, aun así, seguir siendo para el PT su más fuerte chance (tal vez la única) de permanecer en el centro del poder en un futuro cercano.

Actualizado: 07 de diciembre de 2015 —  Por: Denise Mota

La estrategia es muy clara por parte del Ejecutivo: mostrar a la población (o convencerla, si se quiere) que el dedo que señala a Rousseff está más sucio que ella. Como es sabido, Cunha, sí, mintió sobre la existencia de sus cuentas en Suiza, cuyos recursos serían resultado de esquemas de corrupción en Petrobras. Por esto también enfrenta un juicio, en la Comisión de Ética de la Cámara.

Dilma Rousseff no es juzgada por corrupción. Este es un factor de primer orden y comprenderlo es clave para meditar sobre la emocionalidad que domina a Brasil en este momento y que puede llevar a resultados esencialmente ilógicos. No hay hecho comprobado por la Justicia (hasta este momento) que vincule a Rousseff con los muchos escándalos destapados por la Operación Lava Jato. El pedido de juicio político en contra de ella se refiere al llamado “pedaleo fiscal” de 2015 (maniobras de maquillaje de las cuentas públicas, utilizando recursos de bancos estatales).

Si bien esto configura un crimen de irresponsabilidad fiscal –y por ende el pedido es técnica y moralmente admisible–, gobiernos anteriores al de Rousseff (como el de Fernando Henrique Cardoso, del PSDB) ya lo han hecho, y no es esto lo que está moviendo la fibra de los brasileños que salieron a las calles (y volverán a salir de ahora en más) para pedir la salida de la presidente.

En octubre de 2014 Rousseff venció al recibir 51,64% de los votos. Aécio Neves (del PSDB y ahora uno de los principales heraldos del impechment) fue votado por 48,36%. La victoria del PT se dio por una diferencia de tan sólo tres puntos percentuales, o 3,4 millones de votos.

¿Qué cambió en un año? El estado de ánimo del elector sufrió con la caída estrepitosa de la economía, la realización de un ajuste fiscal que había sido solemnemente negado por Rousseff durante su campaña política y el alud de corrupción que involucra al PT y no para de descender de las montañas de la Operación Lava Jato. Pero Rousseff no será juzgada ni por corrupción, ni por haber mentido en sus piezas publicitarias ni porque el PIB no para de caer. Será juzgada por una maniobra administrativa que en tesis ahora se volvió inexistente, ya que el Congreso aprobó la semana pasada una nueva meta fiscal para este año. Una meta que permite un Estado deficitario y que por lo tanto elimina la figura del “pedaleo”.

Es como mandar a penitencia a un niño que no salvó un examen pero justificarlo diciendo que rompió una ventana mientras jugaba. Los dos hechos pueden ser punibles pero la razón debe ser real y clara para que el correctivo tenga sentido. El olor a oportunismo es demasiado fuerte. Rousseff ha sido una presidente poco hábil pero no ha cometido una falta que realmente justifique que sea alejada del poder.

A partir de esta semana, una comisión de la Cámara empezará a analizar el proceso de juicio político. Como siempre, el PMDB de Eduardo Cunha (y del actual vicepresidente, Michel Temer, y del presidente del Senado, Renan Calheiros) posee la mayor representación en este grupo, junto al PT, y tendrá un papel clave. Si el Congreso acota su receso (posibilidad en estudio), se podría llegar a tener un primer resultado en enero de 2016. Para permanecer en su puesto, Dilma Rousseff precisará tener por lo menos 342 de los 512 votos totales de los diputados federales (Cunha no vota). La votación será abierta y a viva voz, diputado por diputado.

Mientras tanto, Brasil vive un brote de dengue y microcefalia en el Nordeste, una recesión que aún no ha tocado fondo, con proyectos sociales importantes paralizados, el mayor desastre ambiental de su historia –que, desde Minas Gerais, avanza hacia el Océano Atlántico en la costa del Estado de Espírito Santo (entre Río de Janeiro y Bahía)– y los ya conocidos déficits educacionales, de vivienda y de salud. Estos problemas seguirán arrastrándose y profundizándose, mientras el Ejecutivo esté tratando de salvarse desesperadamente, y sus opositores estén intentando incansablemente sentarse en el mejor sillón del Palácio del Planalto.

Pobres de los brasileños pobres que van a seguir hambrientos, enfermos e iletrados mientras gobierno y oposición promueven la pequeñez de la sed de poder como tema central y dan inicio a una guerra real por un motivo falso.

 



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