Tato López

Es cosa tuya

Como todos los años, a unos días de conocerse los resultados de las Llamadas, los comentarios y opiniones de si el jurado hizo bien las cosas, de cuál fue el criterio para evaluar esto o lo otro, de si a esta comparsa la robaron y a la otra le dieron "padelante", está instalado entre los súbditos del Rey Candombe. Yo, aparte de todo esto, me sigo preguntando por el sombrero de María Julia Muñoz.

Actualizado: 09 de Febrero de 2016 | Por: Tato López

Cuarenta comparsas a setenta tambores en cada una nos dan 2800 individuos. 2799 desfilaron de una forma y la ministra de Educación y Cultura de otra.

María Julia salió en la espectacular Tronar de Tambores en primera fila, sin maquillaje ni sombrero de tamborilero, haciendo que tocaba. Con una espléndida sonrisa, radiante, desfiló, porque, a pesar de llevar colgado un tambor, tocar no tocó.

Las cuerdas de tambores tienen leyes no escritas. Una es que hay que poner. No hay tambor o bailarina que a las siete u ocho cuadras no esté pa tirar, y ahí es cuando hay que hacer el esfuerzo por el bien de todos. No me parece justo, por una cuestión de capacidad física, pedirle a María Julia que cumpla con esta ley invisible. Pero con otras no veo por qué no.

Una ley hecha carne es la de que se toca para la comparsa y no para la tribuna. Lo importante es que el toque suene bien y no que uno se luzca individualmente. Otra ley intangible es la de usar el sombrero, que de hecho hace casi imposible identificar quién es quién. Todos los tamborileros son el mismo, haciendo a un lado el acá estoy yo. Algo similar es el maquillaje, con el que uno entrega su rostro buscando crear un todo con sus compañeros.

La comparsa es un incluidor social desde antes de que se hablara de inclusión. Es un barajar y dar de nuevo de virtuosismo, necesidades, sentimientos, capacidades, formas de ver y entender las cosas, etc.

Dejame que te cuente una: Laurita, la vedette de la comparsa a la que pertenecí durante años, empleada en el departamento de limpieza de un hospital público, manejaba a su antojo setenta tambores tan solo con una profunda respiración que elevaba sus generosas lolas, para después darse vuelta y con un pequeño movimiento de caderas anunciar que ella estaba pronta para empezar y, por lo tanto, todos los tambores también. Entonces Carlitos, empleado de cualquiercosismo y jefe de cuerda, enfrentaba al ejército de lonjas con unas últimas indicaciones como ¡Vamo a hacé lo que tenemo que hacé, carajo!

Una de las personas a las que el jefe corregía a diario era un doctor grado cuatro o cinco, creo que en cirugía, que se cruzaba —tocaba a destiempo— y entreveraba el toque. Siempre lo mismo con vos. El sábado te quiero en la escuelita; si no, no tocas más acá, lo intimaba Carlitos.

La escuelita era donde iban aquellos que tenían que mejorar para que la comparsa sonara bien. Allá iba a la escuelita el grado cuatro o cinco, pero, como no mejoraba, al jefe no le quedaba más remedio que seguir llamándole la atención. Un día pareció que el doc le iba a contestar y Carlitos le encajó un Salí de la cuerda. En la vereda sin chistar quedó el profe universitario con el tambor paradito a su lado.

Al grado cuatro o cinco le costó aprender, pero con los consejos de los que saben y mucho trabajo lo logró.

En la comparsa la sociedad se resetea y nos da la oportunidad, desde otro lugar, de volver a empezar.

Proyectar lo que somos en nuestra vida laboral o profesional a otros espacios, aparte de aburrido, no me parece saludable.

Está bueno que una mujer —hay una pila, pero es muy difícil identificarlas porque van con sombrero y maquillaje— que hace política y ronda los sesenta años salga en las Llamadas. Y es posible que no fuera idea de la ministra desfilar como lo hizo, que se lo hayan propuesto, pero se puede decir que no y, además…, muchas de las personas que conozco que en las últimas elecciones votaron a Tabaré Vázquez entienden que el vedetismo entre quienes gobiernan no es positivo.

John Wooden fue un genial entrenador estadounidense de básquet universitario que en una oportunidad tuvo que hablar con uno de sus jugadores estrella, que parecía algo confundido con el protagonismo logrado. Dicen que le dijo algo así: El talento te lo otorga Dios. Sé humilde. La fama te la da el ser humano. Sé agradecido. La vanidad… es cosa tuya. Sé prudente.

 

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