Jorge Sarasola

2016, el año “post-truth”

El Diccionario de Oxford decidió que la palabra que sintetiza al año 2016 en el mundo anglófono es “post-truth” ¿Pero qué tan efectivo es este término para describir al mundo actual?

Actualizado: 16 de Enero de 2017 | Por: Jorge Sarasola

Luego de “selfie” (2013), “vape” (2014) y el emoticón donde una cara llora de risa (2015), “post-truth” (pos-verdad) ha sido coronada por el Diccionario de Oxford como la palabra del año. El uso de esta palabra compuesta aumentó un 2000% en 2016 comparado con el 2015, y el diccionario la define como un adjetivo que denota las circunstancias donde hechos objetivos son menos influyentes en el público que apuestas a las emociones y creencias personales. Este término ha sido utilizado por varias de las grandes publicaciones anglófonas a lo largo del pasado año para intentar entender el contexto en el que tanto Brexit como la elección de Donald Trump pudieron ocurrir.

Muchos pensarán que no hay nada nuevo en este panorama, sobretodo aplicado al mundo político. Hablar de pos-verdad implica que en el pasado existió una era de la verdad - ¿pero en la política siempre se han maquillado falsedades, no? Esta es la línea que sigue Simon Chandler, enumerando las grandes mentiras de los presidentes norteamericanos – tanto demócratas como republicanos – a lo largo del siglo XX, y sugiriendo que no hay nada nuevo en esto.

Pero el término “post-truth” no captura solamente la idea de que en la política las mentiras emergen a diestra y siniestra, ni que el votante ordinario decide con el corazón primero y el cerebro después. La idea principal – capturada con precisión por un artículo del Economist – es que el 2016 vio cómo el valor de la verdad ha sido relegado a un plano secundario.

En el pasado, los políticos podrían disfrazar una falsedad como verdad absoluta, pues la verdad como concepto mantenía su valor. Es este valor supremo que ha trastabillado en el 2016: ya no parece necesario utilizar evidencia para apoyar propuestas, cómo el ridículo comentario trumpeano de que Obama fue el fundador del Estado Islámico demuestra. En otras palabras, la verdad cobra tan poco valor que ni siquiera importa maquillar las mentiras, siempre y cuando alguien las crea.

La idea de un mundo “post-truth” encuentra su emergencia en dos aspectos, según sus adeptos. En primer lugar, un profundo escepticismo popular – rozando el desdén – hacia instituciones y políticos del establishment, que toma forma en ataques hacia expertos, y por ende, su expertise. En segundo lugar, los cambios frenéticos en cómo la información es distribuida entre los ciudadanos, donde el formato digital fomenta tanto la proliferación de falsedades como limitar la exposición de los usuarios que se ven encerrados en burbujas sociales, reforzando sus creencias preexistentes.

El primero de estos puntos fue encapsulado por Michael Gove – uno de los líderes de la campaña a favor del Brexit – cuando dijo en una entrevista que “este país ya ha tenido suficiente de expertos”. Los adversarios de Gove vieron en este comentario una confesión de cómo su campaña se rehusaba a aceptar cualquier forma de evidencia empírica. Una lectura más sutil sugiere cómo el parlamentario británico – y luego Trump – capitalizaron un desprecio popular hacia una clase tecnocrática tan alejada de las masas que ni siquiera es comprendido por las mismas.

El segundo aspecto refiere al sismo que ha sacudido al periodismo en estos últimos años, cuyas reverberaciones repercuten en las campañas políticas. Una mentira puede ingresar a la discusión pública con mucha mayor facilidad que en el pasado. Por ejemplo, un artículo falso titulado “Obama quita $2.6 millones de los veteranos de guerra para apoyar refugiados sirios en USA” fue leído 1.7 millones de veces a través de Facebook, según Business Insider UK. Cada día más y más gente recibe sus noticias a través de redes sociales, pero estos gigantes se definen como empresas tecnológicas y no empresas de medios, huyendo de los estándares editoriales y éticos propios de publicaciones periodísticas. Estas empresas tecnológicas también se basan en algoritmos que le seleccionan al usuario la información de acuerdo a sus gustos, reforzando sus creencias pre-existentes.

Pero no hay un consenso total en que este concepto sea adecuado. Algunos como Claire Fox en el Spectator piensan que la categoría de “post-truth” es una hipérbole melodramática – otro ejemplo de cómo la izquierda liberal clase-media pinta al resto del electorado como una banda de orangutanes cuando no votan como ellos quieren: “¿Por qué la gente que vota con su corazón es deslegitimada como irracional?” Otros, como Andrew Calcutt en Newsweek, afirman que fue la izquierda académica quien sembró las raíces de este mundo pos-verdad hace treinta años cuando promocionó verdades plurales, relativas y personalizadas bajo el paradigma post-modernista.

También debe considerarse cómo en nuestra época las agencias y expertos en producir verdades se han multiplicado, y muchos pueden ser contratados. Quizás el problema esté en que el sano escepticismo hacia cómo se construyen estas verdades se haya radicalizado hasta convertirse en una abolición de la evidencia empírica en el debate público.

La democratización del acceso a la información gracias a la revolución tecnológica prometía una nueva Ilustración, donde todos llevamos bibliotecas en nuestros bolsillos y cualquier falsedad puede ser desacreditada con un click. Pero el 2016 en el mundo anglosajón ha revelado la cara oculta de este fenómeno: mientras nos adaptamos al mundo digital, la sobrecarga de información, estadísticas, “facts” y puntos de vista puede empujarnos a aislarnos en nidos donde se construye y comparte una misma verdad que apela a nuestras emociones, ofuscando el diálogo nacional. 

 

 



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