Gabriel Quirici

Reparar (en) la esclavitud

La historia negra en América está marcada por una suerte de totalitarismo premoderno: raptos masivos en costas africanas (entre mercaderes europeos y captores negros de negros), la trata de seres humanos, los viajes en barcos de concentración infernales, los remates públicos mostrando dentaduras completas y cuerpos untados en aceite para dar apariencia saludable… el trabajo de explotación en las plantaciones, la violencia permanente como práctica e ideología que se imponía desde la colonización y el racismo.

Actualizado: 10 de Febrero de 2017 | Por: Gabriel Quirici

Las cifras oscilan entre 11 y 15 millones de personas que fueron arrancadas de África con destino a América a lo largo de la historia colonial y de buena parte del siglo XIX. Recordemos que EEUU, Cuba –que seguía siendo colonia- y el Imperio del Brasil mantuvieron esta institución más allá de 1860. Casi un 40% de los esclavos fueron a Brasil y, dentro de los dominios españoles de América del Sur, Montevideo fue destacado como puerto de entrada para el tráfico esclavista, mientras que Cuba lo era en las Antillas y Francia tenía su emporio azucarero en Haití.

Sin los métodos de propaganda industrial, sin las masas ni los líderes carismáticos, la población negra esclava (los traídos y los que aquí nacieron) sufrieron una de las experiencias vitales totalitarias de más larga duración. Como señalan Lilia Schwarcz y Helóisa Starling en “Brasil. Una biografía”, la esclavitud no solo fue un sistema económico, fue a la vez un régimen de dominación político, con sus instituciones, sus castigos públicos, y una construcción ideológica extendida a todos los sectores sociales en donde el racismo, la violencia y el miedo eran naturalizados como parte de la “convivencia”.

Herencia tan pesada, a nivel demográfico y temporal, que aún moldea comportamientos y visiones sobre las razas, los continentes, las capacidades de las personas y sobre nuestros miedos. Herencia culposa para muchas posturas cristianas, liberales y progresistas, que en variadas oportunidades han intentado suavizar el fenómeno a partir del mito de la dominación paternal y benvolente (“los tíos buenos”) que supuestamente se les dio a los esclavos en América Latina en comparación con la del sur de los EEUU.

La mirada sobre la historia de los esclavos a veces ha sido distante: su condición subalterna, sin voz, sin letras, casi sin personalidad. Más parte de la escenografía que del reparto actoral: una cebadura de mate de Ansina, un pregón ambulante, una lavandera y su ropa en la cabeza, algún batallón de libertos. Porque la “cosificación” de aquellos seres en el mercado de subastas y su esporádica aparición en la documentación legal casi siempre en casos de violencia reactiva o de manumisión (cuando el esclavo compraba su libertad) han reforzado una idea general de que se trataba de personas arruinadas en su condición de tal por la violencia, sumisas, humilladas, vaciadas de vitalidad, sin capacidad de ejercer una historia propia más allá de lo que algunos resquicios del sistema de dominación permitía.

Pero como señalan las historiadoras brasileñas citadas: “Aquí –y contrariando la letanía que describe un sistema menos severo- los esclavos reaccionaron más, mataron más a sus amos y señores, se organizaron más en quilombos y, en última instancia, se rebelaron más”. Por eso es que Schwarcz y Starling proponen buscar el protagonismo de los negros en la historia a partir de un conjunto de prácticas de resistencia, sabotaje, simulación y negociación, que todos ejercieron sin poder muchas veces demostrarlo plenamente pues las consecuencias de una ruptura individual con el orden impuesto eran graves. Pero tanto las fugas, como los abortos, los “suicidios lentos” comiendo tierra, las venganzas contra los amos, las huelgas para poder tener un espacio donde realizar reuniones y cantos (así surgieron los terreiros y la capoeira, el candombe y el tango), la creatividad para mixturar sus religiones con la católica impuesta (y también con creencias indígenas) dando origen a los orixás, nos hablan de una sociedad sometida sí, pero no inmóvil ni, mucho menos, vitalmente derrotada.

Desde esta perspectiva, Palmares aparece como paradigma de las otras historias posibles y reales que nuestros antepasados ensayaron para superar un régimen de dominación que si bien lo intentó, no logró anular la condición humana de sus víctimas.

Los Quilombos: Zumbí y la autonomía de los negros en Palmares

Por casi cien años, existió un territorio de negros libres al norte de Brasil, conocido como los Quilombos de Palmares, en donde los esclavos escapados reconstruyeron su identidad, su economía, sus ritos y sus formas de gobierno, al margen de las autoridades portuguesas y holandesas, que quisieron darle captura en incontables y frustradas expediciones. La primera fue en 1612 y la definitiva en 1694.

El nombre Palmares lo dieron sus fundadores en referencia a la abundancia de palmeras que la tupida vegetación les brindó como sustento para la construcción de viviendas, fortificaciones, alimento, bebida y trenzado para ropas, cuerdas e instrumentos. La expresión Quilombo, originalmente africana, se ha traducido como hogar fortificado, casa común, y en aquel entonces se asoció con la posibilidad de libertad para muchos y con un ejemplo terrible de desorden y ruptura social para otros. “Quilombolas” fue el gentilicio de sus habitantes, y Ganga Zumba y Zumbí sus autoridades más conocidas. El primero llegó ser considerado “Rey” de los Quilombos, y dada la resistencia de éstos ante los embates portugueses, firmó un acuerdo de paz con la corona portuguesa en 1678. El segundo, Zumbí, por desavenencias personales con Ganga Zumba y por pretender mantener la guerra contra los portugueses, derrocó y asesinó al Rey, y lideró la última resistencia de Palmares hasta caer muerto en una emboscada en 1694.

Basta comparar temporalidades (Palmares duró más que la URSS) y demografías (en su esplendor albergó 30 mil habitantes, cuando Río de Janeiro solo tenía ocho mil y Buenos Aires cinco mil) para reparar en su importancia. No se trató de un fenómeno aislado, sino de una respuesta creativa, original y autónoma que escapó a la planificación de los conquistadores y en buena medida sigue quedando al margen de la narración histórica convencional y nos permite revisar nuestra mirada sobre la historia negra en América.

El historiador Decio Freitas, en su obra “Palmares: la guerra de los esclavos” ha reconstruido la organización social y económica de Palmares, encontrando un original mestizaje entre prácticas de origen africano y novedades propias de la experiencia brasileña. La reconfiguración de instituciones de carácter religioso y político africano (sacerdotes, reyes, jefes guerreros), con una economía comunitaria y de supervivencia en condiciones geográficas diferentes a las de la población de origen.

Una estratificación social basada en lo africano pero también en lo colonial. Quienes conocían el portugués tenían un lugar destacado: podían negociar con autoridades y traficantes, y podían ser intérpretes entre todos los habitantes, que pese a la abrumadora mayoría angoleña, procedían de variadas culturas africanas y no hablaban la misma lengua. Benjamin Péret en “El Quilombo de Palmares” reflexiona acerca del inevitable mestizaje político, económico y cultural de aquel ensayo de región autónoma. Los documentos portugueses hablan Reyes, ritos católicos, y esclavos capturados por los quilombolas. Restando el componente propio de la subjetividad europea de los documentos, es probable que, así como la religiosidad que conocemos con los nombres de “santería”, umbandismo o canbomblé, mezcla elementos coloniales con tradiciones africanas, es muy probable que para construir sentidos comunes de convivencia surgieran fusiones culturales de apariencia católica o monárquica, pero con sentido diverso y más propiamente africanas.

Similar situación ocurrió con la economía: insertos los quilombos en zonas que requerían enormes sacrificios para poder abastecer a una población creciente (la fuerza de la vegetación y el poder de “la mata” recién pudo ser domesticada en el siglo XIX) resulta altamente probable que los quilombolas hayan recurrido al método de explotación económica más extendido y por ellos conocido: esclavizar a sus enemigos para hacer producir la tierra.

Fin y continuidades

Para derrotar a los quilombolas se debió organizar una fuerza especial que reunió contingentes de indígenas, mestizos y blancos pobres, quienes por temor a ocupar el lugar esclavo que al negro tocaba en aquellos tiempos, sirvieron a las órdenes de los “Capitanes do Mato” Domigos Velho y Bernardo Vieira de Melo, experimentados “bandeirantes”. El “mocambo” (escondite) de Macaco, capital de Palmares, resistió 41 días hasta que finalmente dieron con Zumbí y lo asesinaron. Al parecer un mulato de la guardia de Zumbí se “vendió” a los portugueses a cambio de su libertad posterior (1).

Muerto Zumbí las tropas de Domingos Velho se dedicaron al saqueo y a la venta de supervivientes. A partir de esta experiencia, el rol de los “Capitanes do Mato” en todo el interior de Brasil se convirtió en un pilar del régimen esclavista, tanto que algunos exesclavos fugados, por conocedores del terreno y capacidad guerrera, pasaron a comandar tropas de captura y “orden” (caso similar al de Artigas y los Blandengues). Hasta 1710 se tienen noticias de Quilombos aislados Alagoas, Pernambuco, luego Sergipe, Minas Gerais y Río, pero para esa fecha las autoridades consideran eliminado el peligro de la “guerrilha negra”.

Lejos de una imagen idealizada de tierra de igualdad o de proclamas libertarias (que no se han registrado), Palmares fue una experiencia de reacción espontánea e irregular, en dónde los liderazgos y las normas de convivencia se definieron mucho más por la lucha contra la posibilidad de ser recapturados y poder sobrevivir, que por la elaboración de un proyecto político alternativo.

Vital, resistente, creativo y a la vez reactivo (y conservador por ello) como no podrían haber sido de otra forma, en un siglo en donde no habían siquiera surgido las Nuevas Ideas ni mucho menos el romanticismo liberal. Pedir a Palmares republicanismo y manifiestos legales anti esclavistas sería un anacronismo grave. Por otro lado evadir sus sombras y sus rasgos violentos sin mencionarlos para pintar una heroicidad idealizada entiendo que sería una suerte de “cosificación” por simpatía que deshumanizaría el fenómeno. Recordar Palmares en sí mismo es un intento de repensar cómo miramos la esclavitud y la historia negra, que son parte de nuestra historia en América. Y en ella parece claro que, ni bien existió la chance, los negros crearon caminos alternativos, y ese legado es tan valioso por su excepcionalidad (no existe en otras civilizaciones una mixtura como aquí) creadora que puede ser un aliciente para asumir y procesar la parte más negativa de nuestra historia.

Algunas corrientes en Antropología hablan de una “memoria corporal” que, más allá de libros, discursos y monumentos, se transmite cultural y biológicamente de generación en generación y trasciende fronteras. Un siglo después, bien lejos de Palmares, a orillas del Yí, un grupo de esclavos orientales en 1803 decidió fundar la “Nación Bantú del Hum”, una especie de “república de los Palmares platense” al decir del historiador Fernando Klein. Movilizados por la memoria y los relatos de aquellos tiempos, movilizados también por la reacción a la esclavitud que se transmutaba en vital y rebeldía, y movilizados por cierto, gracias a la primeras revoluciones ilustradas encaradas por sujetos subalternos (Tupac Amarú en Perú y Toussaint Loverture en Haití), esta pequeña conexión “uruguaya” con la historia de Palmares evidencia los rastros comunes de una historia que, si bien no pudo prosperar (la pradera no es geográficamente protectora para construir un quilombo) da cuenta de la vitalidad de todos en la historia.

En pleno siglo XXI, los investigadores brasileños siguen encontrando Quilombos y quilombolas, ya no están en la mata ni entre las palmeras, simplemente en los barrios periféricos, morros y favelas, las familias a escondidas (y cada vez más en público) reviven la mezcla de tradiciones e historias que les dignifican como seres activos de la historia, con las contradicciones propias de todo ensayo colectivo por intentar encontrar las raíces sin perder el sentido del presente.

(1) Su condición de mulato permite suponer que se tratara de un guerrero sometido o esclavizado por los quilombolas negros. Su “traición” evidencia la complejidad de intereses y visiones que se entrecruzaban en la guerra de los esclavos: así como Zumbí decidió envenenar a Ganga Zumba por “transar”, este mulato prefirió “salvarse” y delatar antes que seguir sirviendo a un líder que estaba al caer. ¿Si no hubiera sido su esclavo, lo hubiera delatado? 

 

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