“Voy a seguir siendo culpable hasta que me muera”

Marcelo Pereira dio por primera vez su versión de lo que vivió desde que, en 2012, fue acusado de homicidio especialmente agravado de cinco pacientes. En ese momento era enfermero del Hospital Maciel y la Asociación Española. Tres años después fue absuelto. Para la Justicia es inocente, pero él cree que será culpable hasta el día que se muera.

Actualizado: 20 de Febrero de 2017 | Por: Emiliano Zecca

“Voy a seguir siendo culpable hasta que me muera”

Javier Calvelo / adhocfotos (Todos los derechos reservados)

Marcelo Pereira no quiere que se escuche su voz en ningún lado y menos que aparezca su cara. Cree que su familia ya sufrió demasiado. “Preguntá lo que quieras saber y yo te contesto”, dice. Hace cinco años su vida cambió para siempre. Como dice él, hasta el día que se muera. La policía lo detuvo una tarde que había ido a trabajar como otras tantas y en 48 horas estaba procesado por el homicidio de cinco personas. A partir de ahí, estuvo 1.077 días preso. Su nombre fue noticia en todo el mundo como también su supuesta confesión de que había matado a los pacientes dándoles morfina en el Hospital Maciel. Su caso pasó por tres fiscales, dos jueces y un Tribunal de Apelaciones, integrado por tres jueces más. Nunca encontraron una prueba. Pasó de asesino serial a inocente en tres años.

“Si me decían que había matado al Papa capaz lo reconocía”

Pereira está tranquilo. Seguro de cada palabra que dice. Mirá a los ojos cuando habla y no titubea. Pero recuerda el momento de la detención y se larga a llorar.

“Yo llegué a trabajar como todos los días. Entré cinco y media de la tarde, antes había ido a correr con mi esposa, como siempre. Cuando llegué hice la rutina habitual. Fui a la sala donde estaba el microondas para calentar agua y aprontar el mate, y cuando estoy calentando agua entró la policía. Me mostraron un carné que decía policía, me abrieron la mochila y ahí encontraron la cartuchera con la medicación. Yo pensé que me habían denunciado por eso. La policía me preguntaba de dónde la había sacado, les decía que de la medicación que iba quedando y que yo la guardaba por la eventualidad de que faltara. Tenía hasta medicación vencida, no sabía ni lo que tenía ahí. Sí sabía que tenía morfina, dormicum. Era medicación indicada a algún paciente, que le daban de alta o lo trasladaban, y quedaba”.

“No tenía una riñonera con medicamentos como se dijo, tenía una cartuchera chica. Hablaban de una riñonera como si yo tuviera una 22 y andaba matando gente”, dice y su voz se entrecorta. “Era una cartuchera, entendés”. Hace señas con su manos para mostrar que era chica. No puede seguir hablando. Respira y aguanta las lágrimas. Toma agua y sigue.

Pereira dice que ahora no sabe cómo se consigue la medicación en las instituciones de salud, pero en ese momento lo que relata era “común”. “Si estabas en una emergencia y no tenías dormicum, había que ir corriendo a otro sector, tenías que pedirle al médico que te haga otra receta, después que te autorizaba ibas al subsuelo a buscarla o los fines de semana a la farmacia, era un trámite de no menos de ocho minutos. No te quedabas habitualmente sin medicación, pero podía pasar. Es más, en la Española había un lugar donde teníamos medicación dentro del servicio por si nos quedábamos sin stock. Yo andaba con medicación arriba por las dudas, capaz no tendría que haberlo hecho”.

Al enfermero lo detuvieron un viernes y en el mismo momento allanaron su casa. “Yo llamé a mi mujer y me contó. Fue lo último que hablé con ella y me llevaron a Interpol. No me dicen por qué, yo les preguntaba si era por lo de la medicación y ellos me decían: ‘lo de la medicación es chiquitito, es chiquitito’. Era lo único que me decían. Hasta que me empezaron a interrogar para saber por qué la tenía. Les expliqué y ese fue el interrogatorio”.

Pereira dice que nunca le dijeron por qué lo detuvieron y si tenía derecho a llamar a un abogado. Él estuvo detenido en la Dirección General de Información e Inteligencia Policial, donde también funciona Interpol. Por eso se confunde. A él lo detuvieron por una investigación de Inteligencia Policial. “Ellos me decían que daba medicación y mataba gente, y yo en todo momento decía que no mataba gente. Reconocía sí que había dado medicación, si tenés una urgencia y sabés cómo viene la mano, después le avisas al médico si él está complicado con otra cosa. Si tenés un paciente excitado, que se te va a arrancar un tubo o un drenaje de tórax y el costo de eso es grande, iba y le daba un Dormicum. Después avisaba y lo anotaban”.

En la noche de ese viernes que fue detenido lo llevaron al juzgado para declarar ante el juez Rolando Vomero. “Yo ahí digo que doy medicación. Dicen que yo confieso, ¿qué confieso? ¿Vos leíste el expediente? ¿Yo digo que mato gente? ¿Por qué se manejó todo este tiempo que yo confesé que mataba gente? ¿Por qué lo siguen diciendo? Hay que leer. Yo digo que doy medicación, no con el fin de matar, con el fin de sedar. En un momento de ese viernes dije ‘no soy un asesino, no ando matando gente por la calle’. Evidentemente presumí que me querían llevar a eso, pero jamás lo declaré”.

Pereira recuerda que en un momento los policías le dijeron que tenían a su esposa. Ahora llora y no puede seguir hablando. Por diez segundos solo hay silencio. “Hay que estar en la situación”, dice. Y sigue llorando. “Ella estaba ahí y me dijeron que si yo no colaboraba la iban a encerrar, ¿encerrar por qué?”, dice y niega con su cabeza. “Me decían que tenía que colaborar, que tenía que decir, que iba a ser bueno para mí y para ella”.

En el juzgado le pusieron una abogada de oficio, pero él nunca pudo hablar con ella. “Lo único que me preguntó la abogada era si yo estaba bien de la cabeza. Al día de hoy no sé cómo se llamaba la mujer, estaba ahí, no sé. A mí me llevaron a tomar la declaración sin nada. Estaba frente al juez, que era el mismo que escribía con la computadora, estaba el fiscal, la abogada y el policía que me había tomado declaración parado en la puerta. Era uno de los tres que me había llevado. Ellos me decían que colaborara que me iban a dejar ver a mi esposa cuando volviera del juzgado. La colaboración era que yo reconociera que había dado medicación”.

Cuando volvió del juzgado a la Dirección de Inteligencia, en la madrugada del sábado, Pereira vio a su esposa. Le dio un abrazo y los separaron de nuevo. Después estuvo toda la noche con la policía que le mostraba fotos para que reconozca a gente. “Yo no voy a reconocer a nadie. Ahí me puse firme. ‘Pero no es lo que habíamos hablado’, me decían. Yo insistía. Después me pusieron en un calabozo y mi esposa estuvo toda la noche creo, no sé, porque está el ingreso y nunca registraron la salida. Yo no sabía si ella estaba ahí. Me decían: ella sabe que vos andás con medicación y yo les respondía que no, que no sabía nada ¡ella no sabía!”.

Después de pasar todo el sábado en Inteligencia Policial, el domingo de mañana fue llevado al juzgado penal para declarar de nuevo ante el juez. Todavía seguía sin saber por qué estaba detenido y sin abogado. “Ahí me toman declaración de nuevo. Ya había una persona que escribía, Vomero estaba, pero iba y venía. Estaban detenidos (Ariel) Acevedo y (Andrea) Acosta, también. Yo no sé quién me tomaba declaración, pero me pedían que reconociera fotos. Y yo tiré al voleo, después de estar 48 horas ahí, con la cabeza por explotar, me vio hasta un psiquiatra forense… Hay que ver lo que es pasar de una vida normal a todo eso, no había dormido, con la cabeza a 200 revoluciones por minuto. Si me decían que reconociera que había matado al Papa capaz lo reconocía. No sabía nada, ni qué había pasado con mi esposa, nada. Estaba totalmente incomunicado”.

Pereira llegó a reconocer pacientes que murieron cuando él ni siquiera había ido a trabajar.

Ese domingo en el juzgado, el gremio de funcionarios de la Asociación Española le envió dos abogados, pero tampoco pudo hablar con ellos. “Cuando les quería decir algo, la persona que estaba redactando -el receptor- me decía: ‘no hable porque me compromete’. Era lo único que me decía. Nunca tuve la chance de hablar mano a mano con un abogado. Yo los había conocido en el momento, mientras estaba declarando, y después no los vi más. Quería que alguien me explicara qué estaba pasando, no tenía claro qué pasaba”.

Rumores y humor negro

En el fallo de la jueza Dolores Sánchez que absolvió a Pereira -ratificado por el Tribunal de Apelaciones- se explica que la investigación policial se inició porque una enfermera sospechaba de un aumento en la tasa de mortalidad de la Unidad de Cuidados Cardiológicos del Hospital Maciel. Había “rumores”, según la jueza, que señalaban a Pereira como responsable, pero en ese momento se hizo una investigación que no dio resultados significativos y que tampoco obtuvo pruebas de la responsabilidad del enfermero. El director del Hospital Maciel, Raúl Gabus, dijo ante la jueza que eran sospechas infundadas, según consta en la sentencia de absolución.

La jueza Sánchez también habló de los rumores que existían, porque para algunos compañeros Pereira “hacía algo”. Cuando él estaba pasaban “cosas raras”, decían. Otros, sin embargo, aseguraron que era un enfermero excelente, que hacía muy bien su trabajo.

“En definitiva del análisis de la prueba testimonial se nota dos grupos: uno a favor de los encausados y otros en contra, con un denominador común: NADIE LOS VIO HACER NADA A NINGUN PACIENTE (las mayúsculas son textuales del fallo). Quienes sospechan hablan de rumores, de aumentos de tasas de mortalidad en el Centro del Maciel que no fueron tales finalmente. Nadie escuchó de los propios encausados que provocaran muerte a los pacientes”, destaca la jueza.

Pereira dice que el origen de todo fueron los problemas de funcionamiento que había en el Hospital Maciel. Él “chocaba” mucho por ser delegado sindical de su sector. Hoy se arrepiente de no haber renunciado antes al hospital.

“Yo tenía suspensiones por temas de conducta. Por llegadas tarde, eso es así. Me iba de un trabajo a otro, no me daba para llegar. Esas suspensiones estaban bien adjudicadas. Pero después tuve denuncias del tipo personal, a las que jurídica no dio andamiaje, y otra de los jefes porque mi esposa trabajaba en el mismo servicio. Hacía siete años que trabajábamos juntos, eventualmente coincidíamos en horario, pero también había otra pareja más trabajando. Era una situación que venía desde el 2005. Todo esto empezó así, con una persecución por reclamos que hacía. Había miles de carencias en el hospital y no nos dejaban prestar medicación, ni material blanco (gasas). Yo era el delegado del sindicato en la unidad, peleábamos con las suspensiones puestas a dedo, contra una cantidad de cosas. Nunca tuve una nota hecha por un paciente por malos tratos, ni de un familiar ¿Por qué el tema de matar pacientes? Todavía no sé por qué tan siniestro. Una cosa es que digan que golpeaste una puerta, que hablaste mal a alguien, pero ¿decir que maté a alguien? Es siniestro. A eso hay que preguntarle a la persona que se maquinó. Nunca hice un comentario en broma de matar un paciente, hay comentarios y comentarios. Uno habla mal, despectivamente, y eso está mal, porque uno no se pone en el lugar de otra persona que lo puede estar escuchando o del mismo paciente, pero se hacían, se hacen comentarios”.

Pereira reconoce que la forma de hablar que tenían en la interna cuando se referían a un paciente muchas veces no era correcta. “Es terminología que la gente puede llegar a no comprender porque lo ve de afuera, hablando mal y pronto, son 20 años de trabajar con pacientes graves y convivir con la muerte. Es así, desde una persona de 80 años hasta un chiquilín de 20 que tuvo un accidente y se te muere. Se hacen comentarios que reconozco, en frío, son hirientes. Se habla sobre el desenlace: ‘este se va a pelar’ o ‘el fiambre’… No está bien, pero no sé si no es una forma de abstraerse... Nunca dije que se mataba gente o como se dijo que yo decía que en la Española matábamos gente, eso es ridículo ¡Estamos hablando de matar a una persona y yo andaba con un altoparlante diciéndolo! Yo no sé de dónde sacaron eso”.

Un mensaje de texto que estaba registrado en el celular de Pereira fue clave para la detención y procesamiento del otro enfermero, Ariel Acevedo, que trabajaba en la Española.

Según el auto de procesamiento del juez Rolando Vomero, cuando los investigadores detuvieron a Pereira, entre sus pertenencias estaba su teléfono celular. Allí tenía cientos de mensajes de texto guardados. Dos eran del mes de diciembre, enviados por Andrea Acosta -procesada por cómplice en primera instancia- a Pereira. En ellos decía: “El puto limpió al 5 y se fue a la farmacia. Todos reanimando” y después le envió otro: “El t culpa a ti”.

La defensa de Acosta planteó que la enfermera, en su primera declaración, hizo referencia al hecho de que era testigo de juegos, humor negro.

Pereira dice que ese mensaje fue un terrible error y vuelve a llorar. “Yo no había borrado los mensajes desde que compré el celular, pero eran tres mensajes de humor negro. Reconozco que es un error, es terrible error. Era una joda, por decirlo de una manera grosera. Pero los mensajes fueron antes de que se muriera el paciente, ni siquiera coincidía la hora”.

Ambos enfermeros procesados por homicidio estuvieron en la misma cárcel, pero en lugares separados. No hablaron más entre ellos, ni cuando se cruzaron. Pereira dice que no eran amigos. “Hacíamos comidas mensualmente y él no iba. La relación era como con otros compañeros, incluso menos que con otros, porque íbamos al fútbol, comíamos asados, pero con él no era tan estrecho el vínculo. Yo en la casa de Acevedo no estuve nunca, pasé una vez por afuera y él a mí casa nunca fue. Solo bromeábamos mucho, él era bromista”.

La cárcel y el estudio del Código Penal

Mientras estuvo preso, Marcelo Pereira leía el código penal en la biblioteca de la cárcel. Buscaba respuestas, quería entender lo que había pasado, dice. También cuenta que nunca estuvo solo. “Había compañeros de trabajo de la Española que me iban a ver. Siempre me apoyaron, no me dejaron solo en ningún momento. Económicamente me ayudaron. A esos compañeros todavía los veo, no seguido, pero los veo”.

El procesamiento fue el domingo 18 de marzo de 2012. Pereira recuerda que la policía se lo hizo saber de forma “despectiva”, mientras lo llevaban a Cárcel Central. Así se enteró. En ese móvil policial se cruzó por primera vez con el otro enfermero procesado. “En Cárcel Central nos metieron en la misma celda, él estaba destrozado y yo destruido. Le conté lo que me había pasado y él me habló de lo que le pasó. Pero a mí solo me importaba tener novedades de mis viejos y mi familia”.

Recién supo de ellos cuando llegó a la cárcel de Juan Soler. “Hice un cobro revertido. Me atendió mi esposa y me preguntaba qué había pasado ¿por qué dicen que estabas matando gente? Me decía que me quedara tranquilo que se iba a resolver todo”. Cuando recuerda ese momento llora de nuevo. Lo hace cada vez que habla de su esposa, su familia o la cárcel.

“Me quería morir, no quería nada con nada. Cuando conocí a Humberto (Teske, su abogado) me dijo que iban a darme 25 años. Él me lo decía por lo que sabía a través de la prensa. Se creen que uno está plantando lechugas en la cárcel, como dijo uno en un programa de televisión. Me pusieron en una celda con cinco personas más y era eso. Tenía un corredor, salía a un patio y así empezaron a pasar los días, las visitas. Yo no quería escuchar nada, decían cualquier cosa. Cuando ponían un informativo me iba, los que estaban conmigo trataban de que no viera nada. Me ayudaban a aislarme. Eso creo que fue bastante bueno dentro de todo. No sufrí acoso, violencia, nada en la cárcel”.

A Pereira le hicieron una pericia que luego fue desestimada por la jueza Dolores Sánchez. La magistrada consideró que la psiquiatra se excedió en su cometido. Fueron cinco entrevistas en las que negó haber matado a alguien y repetía que por esta situación se había arruinado la vida de sus padres y su esposa. Decía que les “había quitado la alegría”. También dijo que sentía vergüenza por la conmoción pública.

La psiquiatra concluyó que el enfermero tenía el perfil de un “asesino serial” y que si no lo detenían hubiera seguido matando gente. “Yo respondí todo lo que me preguntó, quería que se dieran cuenta que no había matado a nadie. Lo que respondí era lo que tenía que responder. Ni más ni menos, cuando vi el informe y lo que pusieron, que decían que si no me frenaban iba a seguir matando gente ¡Era una cosa de locos!”

Las pruebas de la Junta Médica integrada por tres forenses concluyeron que no había ninguna evidencia de que las 15 personas que murieron habían sido asesinadas. No había manera de probarlo. Por eso, cuando el segundo fiscal del caso, Gilberto Rodríguez, pidió la condena de los enfermeros los hizo por “tentativa de homicidio”, aunque Pereira pensaba que no lo iban a acusar.

“Creía que iba a quedar libre, pero el fiscal pidió 16 años de condena y me vino como un desmayo en la cárcel cuando me enteré por la prensa. El director de la cárcel era psicólogo y me llevó para hablar con él, eso fue una cosa buena. La subdirectora era policía, pero diferente, por decirlo de alguna forma. Ellos me decían que era una acusación, que no era definitivo. Yo pensaba que no iba a haber solución, que por toda la presión de los medios y la imagen de monstruo que se tenía de mí para la jueza era más fácil dejarme preso que darme la libertad. Lo de la jueza fue una cosa increíble. Esa mujer tuvo… si bien tenía la base jurídica para tomar la decisión que tomó, el paso que dio fue una cosa increíble. Cuando fui a declarar la segunda vez tenía la convicción de que las cosas se iban a encaminar, pero el tiempo pasaba, pedí la libertad y se me negó, y entonces pensaba: ‘de acá me voy a llevar algo’. Todo parecía que iba a ser favorable, pero seguía ahí adentro, no me iba más. Eso hay que llevarlo a lo que le pasa a la familia. Uno está encerrado entre cuatro paredes, pero la familia tiene que seguir viviendo afuera. Mi esposa no pudo volver a trabajar. Mis padres, sus padres… Decían que tirábamos ampollas de morfina por el water, que ella se había atrincherado en casa. Libremente, lo decían. Sin saber las consecuencias que puede sufrir la familia. Me gustaría que hubiesen ido, donde yo vivo no hay saneamiento, se hubieran tirado al pozo negro a ver si encontraban ampollas de morfina”.

No puede hablar, pero intenta seguir. “Era una cosa de locos, una cosa de locos”, repite y niega con su cabeza hasta que se queda sin voz.

Culpable hasta que se muera

Pereira se recibió de auxiliar de enfermería en 1991. Trabajó durante siete años en el Hospital Maciel, en la Unidad de Cuidados Cardiológicos y 18 años en la Asociación Española, en Neurocirugía.

Su sentencia judicial dice que “fue absuelto”. Esto significa que no cometió ningún delito. Decir esto es una obviedad, pero Pereira lo repite porque cree que para el 99% de la gente es culpable. Por eso no quiere decir donde trabaja, tiene miedo y no quiere que su familia sufra otra vez.

Cuando va a hacer un trámite y le preguntan su nombre se sugestiona. Piensa que alguien puede saber quién es. Hasta se siente afortunado de llamarse Marcelo Pereira, uno más de tantos.

“Esa es la realidad, el que no lo quiera ver es porque es ciego. Yo voy a seguir siendo culpable hasta que me muera. Lo voy a llevar siempre. No puedo decir quién soy. Si voy a buscar trabajo no puedo decir cuál es mi profesión, que soy enfermero. Trato de ocultar todo, que nadie se de cuenta. Eso no va a cambiar más, se reiteró tanto todo, cada cinco minutos, dale y dale. No tengo expectativas de nada. Pensé en irme del país, no me importa a dónde”.

Pereira demandó al Poder Judicial por casi dos millones de dólares. “La verdad no es un tema de resarcimiento económico por lo que pasó, porque no pasa por ahí. Ellos no van a poder… lo que pasó no te lo saca nadie. Es por lo menos tratar de proyectar el futuro, como te digo, no sé si voy a seguir viviendo en este país. Hoy tengo un trabajo, pero no aporto al BPS, no voy a tener jubilación, no sé...”.

 

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