Juan Andrés Ferreira

Luz oscura

No es lo que podría llamarse la música más feliz del mundo, indispensable para animar fiestas e ideal para llevar a la playa. Tampoco puede afirmarse que es accesible para todos los paladares. Y también conviene decir que han pasado diez años desde que se editó “Weighing Souls with Sand” y que difícilmente haya en la actualidad algo similar o que se le aproxime. Tal vez, de hecho, ni falta que hace.

Actualizado: 03 de Diciembre de 2017 | Por: Juan Andrés Ferreira

Luz oscura

The Angelic Process solo existieron durante ocho años. De 1999 a 2007. En ese tiempo trabajaron un sonido atronador y violento, una música aplastante y seductora donde confluyen y colisionan rock, heavy metal, shoegaze, drone metal y ambient. Quizás entra algún género más en el etiquetado. Igual: resultaría insuficiente para delimitar los contornos de su música.

Editaron tres EP y tres álbumes. Su primer disco, ...And Your Blood is Full of Honey, fue publicado en 2001. Luego llegó el conceptual Coma Waering, lanzado en 2003. En 2007 salió su continuación, Weighing Souls with Sand, donde el complejo mundo sonoro de esta banda de Macon, Georgia, alcanza su cenit.

Su influencia es un fantasma que se agita en la obra de grupos más conocidos como los canadienses Nadja o los metaleros experimentales de Seattle, Sunn O))). Seguramente debe haber más. Pero en un marco contextual donde casi todo remite o se enlaza a algo, donde el homenaje, la referencia y el guiño son ley, The Angelic Process no se parece a nada y nada se parece a The Angelic Process.

Las melodías aparentan ser sencillas, casi sin desviaciones, aunque en realidad tienen varios callejones y pasadizos secretos y nuevas capas que las intensifican y les confieren mayor densidad. Una densidad, es cierto, que no es para todos los paladares. Aquí hay demasiada oscuridad. Hay reverberaciones, zumbidos y distorsiones, guitarras saturadas, bajos sinuosos y baterías proyectadas hacia lo épico. Hay climas envolventes creados a partir de la ejecución de la guitarra con un arco de violín. Y voces que pasan de lo cavernoso a lo inquietantemente infernal. Hay ruido blanco, saturación, ecos y distorsión, como si todo estuviera ocurriendo en una cápsula subterránea o subacuática. En algunas composiciones, el enjambre de sonidos tiene tanta energía que no se logra escuchar con claridad lo que dicen las letras.

Y lo impresionante es que todo quienes hacían todo este barullo eran solo dos personas: el matrimonio compuesto por Kris Angylus (voz, guitarra, batería, sintetizadores) y Monica Henson (voz, bajo, sintetizadores).  

Casi no hay fotografías de ellos. Y, menos aún, material confiable sobre sus datos biográficos. El matrimonio, y muy en especial Angylus, un multinstrumentista dedicado, apasionado y autoexigente, mantenía una conexión simbiótica con la música. Angylus podía pasar días encerrado tocando en el estudio, sin dormir ni probar algo de comida. Aunque suena a cliché, para este señor la música era su vida. Y estaba convencido de que no podía vivir sin música. Cuando casi perdió la mano derecha en un accidente automovilístico sintió que todo se terminaba. Deprimido y frustrado, debió someterse a un doloroso y prolongado tratamiento para recobrar la movilidad y volver a ser él. Le llevó mucho tiempo y trabajo –y especialmente mucho dolor– recuperarse. Y cuando volvió, de a poco, se dedicó a fondo al proyecto compartido con Henson, su esposa y socia musical, conocida también como M. Dragynfly.

Tanto en Coma Waering como en Weighing Souls with Sand hay imágenes y sentimientos que Angylus conocía bastante bien. Porque, en cierta medida, las historias narradas en estos discos son metáforas de otras cosas. Lo curioso es que tuvieron un correlato distorsionado en la realidad. Coma Waering es un viaje a través de los efectos que provoca una pérdida, relatando a través de unas pocas canciones la historia de un hombre que cae en coma y luego muere. Weighing Souls with Sand continuó el relato, explorando las emociones de la persona que amó a ese hombre, su esposa, que acaba devastada y se suicida. No es sencillo –ni siquiera recomendable– la inmersión prolongada en este disco. Y, menos aún, pasarse demasiado tiempo bajo el influjo de esta banda. Aunque lo vale: es como dar un paseo por otra dimensión.

Las aplastantes guitarras de The Promise of Snakes inician el aluvión, la amalgama de fuertes contrastes y murallas electrónicas que se erigen en el disco. La sensación de malestar, la posibilidad de reinventarse que acompañaron a Angylus (y a Henson) atraviesan la carne de las canciones. “Algún día despertaré para ser yo otra vez”, se escucha en Burning In The Undertow Of God, “Pero dejé mi alma y no quiero volver a intentarlo”.

Dying in A-Minor quizás sea una de las piezas más impactantes. Son ocho minutos que se inician con una inquietante calma que poco a poco se expande como una alucinación. Y la voz de Angylus navega y se hunde en un suntuoso oleaje drone.

Ahora, la parte complicada. El disco llevaba poco tiempo en la calle cuando el dúo se vio obligado a suspender sus actividades de manera abrupta e indefinida. En octubre de 2007 Angylus envió el siguiente mensaje desde la página de MySpace de The Angelic Process: “Durante las últimas semanas tuve que enfrentar una realidad muy difícil. Ya no puedo hacer música”. En la carta explicaba que su accidentada mano derecha no solo no se había recuperado del todo, sino que después del inmenso trabajo que supuso la grabación, su capacidad para ejecutar la guitarra se había limitado demasiado. Tampoco podía tocar la batería. Y tendría que someterse a una nueva intervención quirúrgica, cuya recuperación, le habían dicho, llevará dos años. Anunciaba también que todos los que habían solicitado los discos por la web de la banda los tendrían en tiempo y forma. Pero que a partir de estos momentos no tomarían pedidos nuevos y tampoco seguirían vendiendo material relacionado.

“Hice música durante los últimos 12 años, casi la mitad de mi vida. Cuando pienso en quién soy sin música, realmente no lo sé”, escribió: “Esto es lo más difícil que he tenido que hacer. Se siente como si una parte de mí estuviera muriendo. Lo siento por todos los que aman a esta banda tanto como nosotros. Perdón a todos los que nunca nos verán tocar en vivo. Perdón a todos”.

Casi un año después de este mensaje, el 26 de abril de 2008, Angylus se suicidó.

Siendo un grupo tan subterráneo y debido a que poco se sabía con seguridad tras el anuncio de la “suspensión indefinida” de The Angelic Process, en junio de ese año Dragynfly confirmó la muerte de su esposo desde el MySpace de la banda. Allí habló de la depresión que el músico tuvo casi toda su vida y que se acentuó desde la segunda lesión. Un par de meses antes de morir había intentado retomar la guitarra. Dada su condición y sus niveles de exigencia, el intento, en lugar de darle la paz que buscaba, lo dejó frustrado. “Intenté animarlo y asegurarle que estaba volviendo y que solo tenía que dejar que su mano volviera, de a poco, a encontrar su lugar”, escribió Dragynfly. “La música que estaba escribiendo era muy buena, pero para él era deficiente”. Durante los últimos días Angylus se encerraba en el estudio, donde a veces su esposa lo encontraba completamente dormido. Es posible que para ese entonces, esclavizado por la idea de que no podía vivir sin tocar música, Angylus ya se había ido de este planeta. Le angustiaba la posibilidad de pasar nuevamente por tratamientos dolorosos sin nada que le garantizara que volvería a ser él otra vez. Estaba había escrito en una de sus canciones: “Dejé mi alma y no quiero volver a intentarlo”.

El disco puede escucharse completo en la plataforma Bandcamp de Burning World Records, que hizo una reedición de lujo el año pasado: https://burningworldrecords.bandcamp.com/album/weighing-souls-with-sand



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