Una arremetida a lo Peñarol

Cuando el Uruguayo parecía una utopía, Peñarol armó un gran plantel y mantuvo a su técnico. La fórmula le dio resultado.

Actualizado: 30 de Diciembre de 2017 | Por: Redacción 180

Una arremetida a lo Peñarol

adhoc@Javier Calvelo

El trofeo en manos de Cristian Rodríguez fue el corolario de un segundo semestre soñado. Peñarol no tenía más posibilidades que hacer un Clausura perfecto para pelear por el Uruguayo. Sin embargo, la actuación del equipo en la primera parte del año y los amistosos previos al inicio del Clausura generaban muchas dudas.

Tras una pésima Libertadores, un mal Apertura, un Intermedio en el que perdió con dos jugadores de más un partido increíble frente a Defensor en el Campeón del Siglo y los amistosos en los que fue derrotado por Nacional y goleado por Danubio, la continuidad de Leo Ramos pendía de un hilo.

Pero el entrenador consolidó un esquema de juego basado en las nuevas contrataciones y le dio resultado. La llegada de Guillermo Varela, Fabricio Formiliano, Walter Gargano, Fabián Estoyanoff, Maxi Rodríguez y Lucas Viatri mejoraron al equipo.

Con una defensa firme, laterales con marca y proyección, dos volantes internos capaces de marcar y generar juego, extremos veloces y los dos argentinos adelante, Peñarol se volvió una máquina de ganar. Y si el partido se complicaba, Cristian Palacios ingresaba desde el banco para solucionar los problemas.

Si bien ganó en las primeras fechas, el gran salto lo dio en el clásico.

La victoria le permitió cortar una racha negativa ante Nacional y lanzarse por el Clausura. Como consecuencia del buen andar en el torneo comenzó a descontar puntos en la Anual, comenzó el Clausura a diez de Defensor y a nueve de Nacional, y en la última fecha del Uruguayo forzó una final con el violeta por la tabla acumulada.

Ese partido lo ganó en el último instante con un cabezazo de Cristian Rodríguez, el mejor jugador del campeonato Uruguayo. Cuatro días más tarde levantó la copa tras volver a ganarle a Defensor por penales.

Fue un Uruguayo más. Pero no un Uruguayo cualquiera. Peñarol jugó todo el Clausura con la soga al cuello, sin margen de error. Los jugadores se mentalizaron para pelear por el título y dieron la mejor demostración de cómo se respalda a un entrenador: con actitud y juego.

A Peñarol le sentó de maravilla el segundo semestre del año. Lo empezó tambaleante y lo terminó a la altura de su grandeza. Dejó de ser un equipo desnaturalizado y desorientado y se puso a jugar al fútbol. No hubo reto imposible para el Carbonero. Intenso, agresivo, con momentos de buen juego. Recuperó la confianza individual y colectiva, se convenció que podía y fue por todo.

Así, convirtió el Apertura en una anécdota y lo que pintaba para ser una historia de terror se transformó en un cuento de hadas.