Juan Andrés Ferreira

Bollywood en Netflix

Documentales y ficciones para degustar la particular y colorida mezcla de sabores del cine mainstream de India.

Actualizado: 13 de Enero de 2018 | Por: Juan Andrés Ferreira

Dentro del país, la producción cinematográfica es inmensa. Fuera del país, la difusión es inmensamente minúscula. India. El subcontinente de 3.287.263 km² donde nacieron religiones como el hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo. Considerada cuna de la prehistórica civilización del Valle del Indo, que se desarrolló en el noroeste del territorio entre 3300 a. C. y 1300 a. C., su milenaria cultura está signada por la conciliación, la fusión y la integración de doctrinas religiosas y escuelas filosóficas en apariencia imposibles de enlazar. La cultura, las costumbres y las ideas que las civilizaciones que han pasado por India –desde ocupantes hasta inmigrantes, desde las invasiones islámicas al colonialismo británico– fueron asimiladas y encastradas de una manera armoniosa en las tradiciones propias del país.

Las artes y las ciencias indias conservan huellas y trazas de otros pueblos, al tiempo que también influyeron e influyen en el tejido social de otras sociedades. 

En un contexto de semejante historia, con sus más de 1240 millones de habitantes –es el segundo más poblado del mundo, después de China―, sus más de 200 idiomas ––aunque constitucionalmente son dos los oficiales, el hindi y el inglés, otros 20 están legitimados de manera extraoficial––, la producción cultural de India es apabullante. Y la cantidad de películas que se producen y se exhiben a lo largo de un año es, como se imaginarán, inimaginable.

La principal fuente producciones cinematográficas indias se encuentra en Mumbai, su capital, antes conocida como Bombay. Para ilustrar las proporciones de esta industria, en 1970 se acuñó la expresión Bollywood, contracción entre Bombay y Hollywood. A pesar de que ahora la capital india lleva el nombre Mumbai, Bollywood sigue siendo Bollywood, la usina desde donde parten unas 300 películas por año. Esa cantidad solo representa el cine producido en lengua hindi… Y en Mumbai. Existen muchas otras fuentes. Sin embargo, el de Bollywood es el que cuenta en el box office de India. Es, en pocas palabras, el mainstream indio. 

En Bollywood no solo tienen historia y experiencia. En Bollywood también tienen dinero. Y visión de futuro. Amit Khanna, director ejecutivo de Reliance Entertainment, una de las multinacionales indias más poderosas del sector, lo dice sin dar vuelta: “Hollywood corresponde a la industria cinematográfica del siglo XX; nosotros estamos construyendo la industria del siglo XXI” (Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas, de Frédéric Martel, Taurus, 2011). Además de ser uno de los principales estudios de cine de Bollywood, Reliance despliega una red de 20 canales de televisión, 45 radios, varios sitios webs y una de las dos principales redes de multicines de India, Big Cinemas, más una discográfica especializada en canciones bollywoodienses, que conforman una industria vecina. Sus producciones establecen tendencia. Y la tendencia está anudada al sincretismo y el pluralismo propios de la cultura india. Es decir: se realizan grandes producciones estilo Hollywood pero con la riqueza y la variedad de la cultura y la tradición indias, creando un universo extraño y a la vez familiar, colorido, musical, repleto de matices y elementos que, desde Occidente, a veces se asumen como incompatibles. 

Es que, mientras el mainstream hollywoodense se enfoca en parcelas de público y apunta a géneros bien definidos, tratando de no escapar de los márgenes, Bollywood opera de manera radicalmente contraria. Ninguna película bollywoodense pertenece a un único género. Ni siquiera a dos únicos géneros. En cada producción confluyen drama, comedia, acción, thriller, misterio, romance, musical, danza tradicional y danza contemporánea. En un largometraje de ciencia ficción se introducen bailes exóticos dignos de los años dorados del género en Estados Unidos. Lo mismo para las historias que concentran altas y lacrimógenas proporciones de melodrama romántico y/o familiar. 

La razón es sencilla. Las películas buscan llegar a todos los miembros de la familia: a los abuelos, los padres y los nietos. Y satisfacer semejante abanico de apetencias implica incluir una considerable cantidad de ingredientes. Por tal motivo se dice que, con su combinación de géneros, la cinematografía de Mumbai responde al “formato massala”, alusión a la mezcla de especias típica de la gastronomía india. 

Así las cosas, con largometrajes de tres o más horas de duración, el cine tiene el poder de trascender las clases sociales y las castas. En las salas todos los indios son iguales. Bollywood supera las barreras religiosas y sociales y une regiones y poblados a través del cine, que es la lengua común en un país de dos idiomas oficiales, veintidós extraoficiales y más de un centenar de otros dialectos. En el pueblo más remoto y en el barrio de chabolas más humilde se cantan los éxitos del momento, que salen, precisamente, de las películas. Y mientras en los cines de barrio los niños pobres se saben las canciones de memoria, en las multisalas los jóvenes se entusiasman y replican coreografías, y las empleadas domésticas se levantan del asiento para bailar a la luz de pantalla plateada. Las canciones de Bollywood se escuchan en bodas, fiestas y entierros. 

Parte de este mundo fascinante, inmensamente colorido y en expansión constante, puede encontrarse en Netflix. La plataforma de streaming aloja excelentes documentales sobre esta industria que combina tradición y modernidad, glamour y efectos especiales, romance y locura, momentos previsibles y un happy end de carácter obligatorio.
Big in Bollywood (2011) registra el ascenso de Omi Vaidya, actor estadounidense de origen indio, que tras haber probado suerte en Hollywood obtuvo un papel en 3 Idiots, musical protagonizado por Aamir Khan y uno de los taquillazos de 2009 en India. Por su trabajo, Vaidya ganó premios y aplausos y se convirtió en una celebridad. Cuatro amigos del actor documentaron todo el proceso, convirtiendo a esta película en un documento biográfico que además indaga en los mecanismos de la maquinaria de entretenimiento bollywoodense. Que, por cierto, es sorprendente.

Beyond Bollywood es otra de las opciones documentales para conocer la historia y la actualidad de esta imparable fábrica audiovisual. El filme registra cuatro años en la vida de cuatro trabajadores de la industria de entretenimiento de más rápido crecimiento en el planeta. Un mochilero australiano que de repente se topó con la posibilidad de ser actor, un maquillador, un líder sindical y una joven pueblerina que busca abrirse camino en Mumbai son testimonio de lo que ocurre detrás de escena.

También está Sobre todo, Sunny (2016), que recorre la historia de Sunny Leone, antes actriz porno en Occidente, hoy inserta en el cine comercial de Bollywood. Leone, cuyo nombre real es Karenjit Kaur Vohra, es canadiense e hija de indios. Se ha dicho que Osama Bin Laden era bastante fan de la actriz y que tenía varias cintas porno protagonizadas por ella en su guarida en Abbottabad, Pakistán, donde fue asesinado. Tras abandonar el cine de sexo explícito ingresó a Bollywood por la puerta del reality show Bigg Boss. Desde entonces viene sumando papeles en distintas superproducciones. Por estos días se prepara para interpretarse a sí misma en su propia autobiografía. 

Para triunfar en Bollywood la clave es ser actor, bailarín y cantante. O al menos saber actuar y bailar. Y allí está Shah Rukh Khan para demostrarlo. Actor y productor de cine y televisión, Khan también es conocido como SRK, el Rey de Bollywood o King Khan. Solo en cine, SRK ha trabajo en más de 80 películas. Una de las últimas es Raees (2017), una historia criminal inspirada en la vida de Abdul Latif, contrabandista que acabó dominando el negocio ilegal de las bebidas alcohólicas durante las décadas de 1980 y 1990 en Gujarat. En el filme, además, tiene un pequeño papel Sunny Leone. 

En Netflix hay otros títulos de la extensa filmografía SRK. Chamatkal (1992), comedia de fantasía y ciencia ficción, Ram Jaane (1995), un drama criminal con un tenso conflicto amoroso, y Asoka (2001), que narra parte de la leyenda del sanguinario personaje del título, guerrero, conquistador y emperador de la antigüedad que gradualmente fue acercándose al budismo hasta convertirse en uno de los principales difusores de esta filosofía. SRK también es uno de los protagonistas de Happy New Year (2014), una explosiva fiesta de acción, romance y comedia de casi tres horas de duración protagonizada por un elenco multiestelar bajo la dirección de Farah Khan, exitosa cineasta y coreógrafa india y muy amiga de SRK. En HNY hay joyas, trampas, traiciones y venganzas, hay gags, peleas varias y escenas con SRK envuelto en llamas y luciendo unos abdominales de acero. Y, además del diamante más grande jamás visto, también hay un campeonato mundial de baile. 

Ahora, algo de ciencia ficción. Entre otros ingredientes. Krrish (2006) narra las aventuras del superhéroe indio del título, un ser que, fiel al formato massala, es una mezcla de todo. Hay algo de Batman, otro poco de Superman, algo más de Neo, de The Matrix, y de Peter Parker y Spiderman. También, si se quiere, hay un poco de E.T. y de X Men. 

El protagonista es Hrithik Roshan, hijo de Rakesh Roshan, un importante director de Bollywood. Un detalle interesante es Hrithik, sex symbol en India, nació con dos pulgares en la mano derecha, algo que lo atormentó durante la niñez y que en su película se presenta como un rasgo distintivo de su calidad de superhombre.

El filme, que es una secuela de la taquillera Koi… Mil Gaya (2003), fue el gran éxito de 2006. Tiene una segunda y una tercera parte. Curiosamente, aunque Krrish 3 está en Netflix, la anterior, la parte del medio, al menos por ahora, no está disponible. 

En la saga de Krrish no faltan encuentros con seres de otro planeta –en este caso en particular, revelar más es spoilear–, escenas de acción verdaderamente demenciales –alguna que otra evidentemente influenciada, por decirlo de algún modo, por The Matrix y El tigre y el dragón–, humanos mutantes –uno de ellos, con una lengua que se estira como la de un camaleón y que es capaz de destrozar automóviles– y secuencias que son de dibujo animado, como cuando el héroe salta de edificio en edificio siguiendo a un avión. 

Como casi todas las producciones de Bollywood destinadas al mercado internacional, su duración es un tanto menor: en lugar de las tres horas de rigor, las historias a veces llegan a ser narradas en dos horas. Como todas las producciones bollywoodenses desborda música y color. Y tiene canciones y escenas de baile. Como debe ser.



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