Las fachadas de Ouro Preto

Un pequeño recorrido disperso por una de las ciudades más peculiares de América.

Actualizado: 03 de abril de 2018 | Por: Maximiliano Guerra

Salí de mi casa en Montevideo a las seis de la mañana y doce horas después estaba en el centro de Ouro Preto.

Un desplazamiento largo y difícil de entender para un amigo:

-¿Arrancás mañana para Brasil? De fiesta, tremendas playas.

-En Ouro Preto no hay playa.

-¿Estás loco? ¿Para qué vas a Brasil si no hay playa?


Llegar a Ouro Preto es llegar a una realidad de calles de piedras, iglesias barrocas, fuentes, faroles y callejones donde se amontonan las casas coloniales con tejados y fachadas coloridas.
No es un centro histórico que forma parte de la ciudad, la ciudad entera es el centro histórico.
El ouropretano vive su vida común y corriente en un escenario fuera de lo común.



Ese escenario se levantó en poco tiempo.

El hallazgo de oro ennegrecido por la oxidación daría nombre a la villa que se fundaría en 1711, comenzando el frenético Ciclo del Oro: llegaron cazafortunas paulistas, la Corona portuguesa se instaló para regular el mercado y sacar su tajada, se explotaron esclavos, se acumuló una riqueza inédita en América, se levantaron casas e iglesias barrocas, se vivió entre el desenfreno y el temor a Dios, se conspiró contra la Corona y se castigó con sadismo, se derrochó hasta que el oro empezó a disminuir y comenzó la decadencia.

“Ouro Preto se mantuvo tal cual en virtud de su pobreza” escribía en 1928 el poeta Manuel Bandeira para su Guía de Ouro Preto.

“En su decadencia económica, que se remonta a las últimas décadas del siglo XVIII, no hubo dinero para abrir calles, alargar callejones, restaurar monumentos. En las reparaciones de los predios envejecidos la economía llevó siempre a alterar lo menos posible. Nadie pensaba en casas nuevas, son rarísimas en la ciudad, que se afean por el contraste chocante con el resto de la ciudad.”

 

El libro de Manuel Bandeira no se vende en Ouro Preto.

Encontré un ejemplar en la Biblioteca Pública Municipal y aproveché una mañana lluviosa para leerlo.
Nunca había ido a una biblioteca durante un viaje. No pude dejar de pensar en Santiago, un documental de João Moreira Salles.

Santiago fue durante décadas mayordomo de Walter Moreira Salles, banquero, ministro y embajador de Brasil en EEUU. Formaba parte de la delegación en cada viaje y aprovechaba su tiempo libre para visitar bibliotecas y aumentar sus notas sobre la historia de la aristocracia, que llegaron a sumar treinta mil páginas. La obra de su vida: treinta mil páginas transcriptas de bibliotacas públicas y privadas de tres contintentes.
Un mayordomo que dedica sus horas libres a encerrarse para investigar la vida de los aristócratas es una imagen que produce escalofríos. João, el hijo de su patrón, lo retrató con una delicadeza insuperable.

Encargar una guía de viaje a un poeta implica riesgos. Se pueden encontrar frases de este tipo: “Los viajantes extranjeros son casi siempre insensibles a los elementos más profundos o más sutiles de las costumbres y del sentimiento artístico de los países que visitan”.

Si en un momento el desinterés logró que Ouro Preto se perpetuara casi intacta, una imagen viva de la fugaz explosión económica y artística de un rincón del Imperio Portugués del siglo XVIII, es el dinero de esos viajantes extranjeros el que permite su conservación: cerca de 500.000 turistas visitan cada año Ouro Preto, que en 1980 fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO.


Yo no puedo escapar a la pesada carga que me asigna Bandeira, es más, la acepto. No tengo la pretensión de entender a una ciudad.
Cuando viajo pregunto poco; me concentro en caminar, mirar casas y entrar a bares.

Durante gran parte de mi niñez tuve la costumbre de caminar mirando al suelo.
No sé qué cambió, pero en los últimos años de la escuela comencé a levantar la vista. Entonces las tres cuadras de Rivera y la cuadra de Soca que conocía baldosa a baldosa se llenaron de puertas, ventanas, árboles y balcones inesperados. Fue una revelación. Era como descubrir que alguien que veías todos los días tenía un lado oculto, mucho más interesante que el visible.

Desde ese momento cada vez que camino miro las fachadas tratando de descifrar la personalidad de las casas. Es un diálogo mudo en el que trato de asignar intenciones a las ventanas, a las puertas, a las manchas, a la ropa colgando, a las plantas que trepan las paredes.

Ouro Preto tiene las fachadas más sugerentes que vi en mi vida, ya por eso vale la pena hacer doce horas de viaje. Por más que no haya playa.

 

 

Fotos: Cecilia Niche