Jorge Sarasola

La extraña muerte de la social democracia europea

La social democracia, fundamental en la construcción de la Europa actual y hegemónica pocas décadas atrás, no parece mostrar signos de recuperación

Actualizado: 14 de abril de 2018 —  Por: Jorge Sarasola

En 1998 el consenso social demócrata dominaba ambas orillas del Atlántico, con Bill Clinton en Estados Unidos, Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schröder en Alemania triunfando de manera enfática en sus respectivos países. La receta de su suceso estaba a la vista de todos: apoyar los beneficios del libre mercado en combinación con servicios públicos de calidad, un estado del bienestar y políticas sociales liberales.

Tony Blair y Bill Clinton junto a sus esposas, Linda y Hillary, en 1997 (AFP)

¿Quién diría que este coctel, tan arraigado en el electorado que fue denominado en su momento como el “nuevo sentido común”, caería en desgracia en menos de dos décadas?

Luego de una movida temporal a Italia desde mi nación adoptiva – el Reino Unido –, he podido descansar del perpetuo debate sobre el Brexit para inmiscuirme en la política continental. El Partido Democrático italiano de Matteo Renzi fue la última víctima de esta malatía, perdiendo el poder y obteniendo un mero 19% de los votos el mes pasado. En 2017 el Partido Socialista francés y el SPD alemán obtuvieron la peor votación de su historia, con 6.4% y 20.5% respectivamente. Al menos ninguno cayó tan bajo como el Partido Laborista holandés y su humillante 5.7% el mismo año.

Escandinavia, cuna de la social democracia tan admirada en el resto del mundo, hoy tiene solo a Suecia gobernada por la centro izquierda. Aparte de este caso, hay cuatro países en la Unión Europea con partidos social demócratas formando parte del gobierno: Malta, Portugal, Rumania y Eslovaquia. Es decir, ninguna de las grandes potencias continentales. En Polonia, por ejemplo, el partido social demócrata no tiene siquiera representación parlamentaria.

Matteo Renzi (AFP)

Este fenómeno se ha instaurado de tal forma en el viejo continente que incluso tiene un nombre en el mundo anglófono: la ‘pasokification’, en honor al partido griego Pasok, que pasó de gobernar el país al cementerio electoral en 2015 luego de obtener solo 5% de los votos.

Los análisis que intentan explicar este fenómeno son bien conocidos. La social democracia fue cómplice de la desregulación que precipitó la crisis de 2008 y de la obscena desigualdad entre el 1% y el resto, es un mantra repetido por muchos en la izquierda. La social democracia fue demasiado complaciente con los riesgos asociadas a la inmigración masiva y el libre movimiento de personas, dirán los nuevos populistas. O la autocrítica que se escucha también en el Partido Demócrata americano sobre sus años en el poder: los partidos social demócratas no hicieron suficiente por aquellos que no pudieron subirse al tren de la globalización – los famosos “left behind” que votaron por Brexit y Trump.

Como explica Andrew Rawnsley en The Observer, el marco ‘izquierda-derecha’ utilizado para categorizar a los partidos y la opinión pública en el pasado parece haber sido sustituido por un antagonismo ‘abierto-cerrado’. En este nuevo panorama electoral, temas como la inmigración, el cosmopolitismo y la identidad nacional supervienen sobre preocupaciones fiscales y económicas. Esta realineación deja a los partidos de la centro-izquierda particularmente vulnerables, ya que corta la frágil alianza que en el pasado alimentó sus victorias entre la clase trabajadora (con tendencia cerrada) y la clase media liberal (con tendencia abierta).

Cabe recordar que cualquier meta-narrativa de este tipo no puede obviar las particularidades que afectan a cada país. En el Reino Unido fue la invasión a Irak que sepultó de forma irreversible la reputación de Tony Blair; en Alemania el SPD ha pagado un precio costoso por entrar en coaliciones con Angela Merkel; mientras que en Italia el fallido referéndum de 2016 impulsado por Renzi arruinó su credibilidad.

En materia de matemática electoral, está muy claro cuál es el mal que aqueja a los partidos social demócratas. Frustrados con su complacencia, muchos votantes han emigrado aún más a la izquierda a movimientos como “La France Insoumise” de Jean-Luc Mélenchon, Syriza en Grecia o Podemos en España. Pero no es solo por izquierda que han goteado votos: lejos de competir únicamente contra la tradicional derecha conservadora, ahora deben cuidarse de la derecha populista. UKIP en el Reino Unido, el Front National de Marine Le Pen o el PVV holandés han apuntado sus filas hacia las regiones que solían votar al centro-izquierda.

La receta para escapar del túnel aún no es clara. Algunos han adoptado la estrategia de, “si no puedes vencerlos, úneteles.” Tal es el ejemplo de los partidos de la centro-izquierda en Suecia y Dinamarca que han ajustado sus políticas migratorias al son de las demandas populistas.

Otros mirarán al Partido Laborista británico como la excepción a la regla, ya que Jeremy Corbyn aumentó su base electoral a un 40% en 2017, desafiando esta tendencia. Mientras que en el continente la izquierda radical ha debido crear sus propios partidos, en el Reino Unido el ala socialista de Mr. Corbyn ha colonizado al “centrismo” de Mr. Blair dentro del laborismo. Algunos verán este giro radical de los partidos social demócratas como su única esperanza. Otros aclararán que es la idiosincrasia del arcaico sistema electoral británico que propicia un sistema bi-partidista donde ninguno de los partidos tradicionales debe enfrentar el prospecto de la aniquilación como sí puede ocurrir en el continente. De hecho, vale recordar que a diferencia de sus homólogos en Francia, Italia y Alemania, el laborismo se encuentra fuera del poder desde hace casi una década.

Jeremy Corbyn (AFP)

Como indica de forma sabia el Economist, el declive de los partidos social demócratas no implica la desaparición de sus ideas. Es más, una posible explicación detrás de su derrumbe es que estos partidos fueron víctimas de su propio éxito. Por ende, no sorprende ver conservadores centristas como Angela Merkel adoptando ciertas políticas que solían ser asociadas al centro-izquierda. O hay quienes, como Emmanuel Macron, optaron por proponer un programa con tintes social-demócratas fuera de la institucionalidad del partido.

La ironía en el retroceso de la social democracia es que sus alternativas resultan inapetentes en el contexto actual. Tanto las soluciones anti-capitalistas que claman por la híper-estatización de la economía, como el sentimiento anti-inmigratorio de la nueva derecha populista van a contramano de los procesos globalizantes que caracterizan a este cuarto de siglo europeo. Claro que la social democracia debe asumir responsabilidad por sus desaciertos, reinventarse para la época de la automatización, y encontrar líderes persuasivos, pero es quizás porque muchos toman sus logros como dados que su valor se ha ido evaporando.



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