Un aplauso para los de blanco: escuelas rurales y el Ballet del Sodre

Unos 1.700 niños de 130 escuelas de todo el país se asombraron, bailaron y disfrutaron con una función especial de “La sílfide” por el BNS en el Auditorio del Sodre.

Actualizado: 24 de mayo de 2019 —  Por: Felipe Miguel

Un aplauso para los de blanco: escuelas rurales y el Ballet del Sodre

Foto: 180 / Felipe Miguel (Todos los derechos reservados)

Ni los malabares imposibles de los payasos, ni la temible vista desde el quinto piso, ni la impecable escenografía que recordaba a cuentos de hadas. Lo que más sorprendió a los 1.700 niños de escuelas rurales que asistieron a ver el Ballet Nacional del Sodre el pasado miércoles fue el momento en el que 20 sigilosas sílfides blancas se formaron en “v” sobre el escenario, dispuestas a ejecutar una coreografía genial más.

El “guaaaau” generalizado partió desde la platea hasta la galería alta, repletas de túnicas y moñas que habían recorrido muchos kilómetros. La ocasión fue parte del programa “En primera fila - Escuelas Rurales al teatro”, que comenzó en 2013 y por el que niños de todo el país acceden a presenciar una función en el Auditorio Nacional del Sodre.

Las cerca de 130 escuelas que formaron parte se identificaron con carteles que iban de lo más elaborado, en plástico corrugado o madera, a las cartulinas dibujadas con brillantina. Entre otras, estuvo la escuela N°83 de Paso Rivero de Vejigas, Canelones; la N°19 de Paso Came en Santa Isabel; y la N°57 de Paraje La Loma de Soriano, que tuvo a una estudiante que llevó en los hombros la bandera del departamento, como un atleta que festeja un título en el exterior. También estuvieron representadas dos poblaciones de Río Negro de la misma familia: Sánchez Chico y su escuela N°54, y Sánchez Grande con la escuela N°9.

Las decenas de ómnibus que llegaron a Mercedes y Andes distorsionaron el tránsito. Los pequeños se bajaron corriendo pero respetaron las filas que disponían las maestras. Alguno quedó boquiabierto nomás vio la gigante estructura del Auditorio; otro se sorprendió con la escalera mecánica. Al entrar al Sodre, fueron recibidos por un payaso en un alto monociclo que los saludó desde arriba, y otros malabaristas que amenizaron la previa. El primer grito que se escuchó esa tarde en el coqueto hall fue “¡Sooodreee!”, como parte de una rutina de juegos en la que los payasos hicieron participar a los escolares.

Una multitud de túnicas

Mantener al grupo junto fue la misión de maestros y auxiliares a medida que se movieron por las eternas escaleras. Alguna docente incluso cargó a upa a los más pequeños. Varios niños también se encargaron de colaborar con la tarea. “¡No es por ahí, ellos son de Rivera!”, gritó desde un remanso un niño a cuatro de sus compañeras que se habían desorientado y habían bajado algún tramo de más.

La agitación era notoria. Maestras de las escuelas salteñas N° 26 de Colonia Osimani y la N° 56 de Tropezón contaron a 180 que la mayoría de sus alumnos estaban visitando Montevideo por primera vez. Habían salido la noche anterior desde Salto y aprovecharon la mañana libre para conocer las vistas típicas: Ciudad Vieja, el Mausoleo y la Rambla. Al bajar a la arena de la playa, un niño preguntó qué era esa “tierra blanca”, contó una de las docentes, y remarcó que la mayoría moría por ir al más famoso restorán de comida rápida.

Las docentes salieron corriendo porque las llamaron para ingresar a sus asientos. El espectáculo fue “La sílfide”, con coreografía de Auguste Bournonville y música de Herman Løvenskiold. El habitual aire de cierta solemnidad que suele correr en un escenario así dejó lugar a un recreo escolar sobre butacas deluxe. Se notó un gran revuelo previo, con los niños jugando con los programas e inquietos en sus asientos. Parecía que el silencio iba a estar ausente durante toda la función pero cuando bajaron las luces -y pasó el griterío que se da cuando eso sucede-, el show se llevó a cabo con apenas un leve murmullo, inevitable pero respetuoso.

Según la tradición, la sílfide es un espíritu del aire, similar a un hada. Vestida de blanco y con unas pequeñas alas en su espalda, el personaje central cautivó a las niñas del público al punto que, mientras bailaba con suma delicadeza, en la platea baja se escuchó que una voz muy finita comentó: “yo soy ella”. La identificación y motivación de las niñas presentes también se vio en el intervalo cuando varias imitaron las piruetas y figuras entre los asientos. Una niña con vincha y pelo largo ensayó entre sus compañeros en la tercera fila, mientras que cerca de ella otras dos -con el pelo atado y camperas azules-, giraron sobre sí mismas sonriendo. De todas formas, el baile duró poco y se distrajeron haciendo juegos de chocar las palmas.

Cuando terminó la función, esas mismas manos diminutas regalaron varios minutos de un fervoroso aplauso a los artistas, a pesar de haberse sorprendido con el final que no era exactamente “de Disney”, según contó un maestro de la escuela de Cuchilla de Rocha, cercana a Sauce. Unos de los personajes de blanco fueron los más aplaudidos: las sílfides. Los otros, los 1.700 de túnica, no precisaron de una ovación para retirarse felices en la tarde que compartieron con las hadas en pleno centro de la capital, donde abunda la tierra blanca y se juntan Paraje La Loma con los hermanos Sánchez.

Fotos: 180 / Felipe Miguel