Escrita por Remo Bongiovanni, amigo de Darwin.
Es posible que sea el bobo de la clase, el que no habla con nadie, el que se sienta al fondo y tiene todos los útiles ordenados por tamaño y color: un enfermito, un posible depravado, alguien al que si algún día se le cruzan los cables cae a la escuela con la Remington del viejo y a la mierda campeonato, o peor aún: un Julio César Gard en potencia.
Pero eso no nos da derecho a tirarle un fardo que no le corresponde.
Estoy hablando de Islandia y estoy hablando de la erupción del volcán Eyjafjalla, que obligó a cerrar durante una semana el espacio aéreo europeo por la nube de cenizas que desprendió, sumiendo al Viejo Continente en un caos inédito desde los atentados del 11-9 y haciendo perder millones de dólares a las aerolíneas.
Y yo digo, esta Europa que entra en caos por un poco de humo, ¿no es la misma Europa que albergó las dos Guerras Mundiales? ¿Me van a decir que entre el 39 y el 45, cuando en Europa había más humo y cenizas que cuando hicimos el asado más grande del mundo, no volaba ningún avión? ¡Minga! Los aviones andaban como joven blanco en Cimarrón. Y estamos hablando que eso fue hace más de 60 años (lo de la guerra, no lo de Cimarrón, que debe haber abierto hará cinco o seis años). ¿Acaso no mejoró la aeronáutica en más de medio siglo? Mi abuelo, que era piloto del Duce, no tenía GPS, no tenía Google Earth, pero eso no le impidió limpiar a 200 partisanos en Nápoli desde 1000 metros de altura.
Europa: tenés la panza llena. Ves un pelo en el plato y llamás al encargado, prenden una bengala y querés suspender el partido, te rozan en el bondi y hacés una denuncia por acoso sexual.
En vez de condenar a Islandia, habría que felicitarla.
¡Volvé a eruptar lava, gallarda isla!
¡Cubrí de valores a ese gigante dormido llamado Europa!
Dale un buen baño de ceniza, un baño de humildad.