Netflix salió al mercado en 1999 con una estrategia simple y clara: tomar pedidos de alquiler online y enviar las películas por correo a domicilio. Con poco tiempo de vida, la compañía virtual comenzó a ofrecer suscripciones. Por una pequeña cuota mensual, los usuarios de Netflix podían tener, por un período estipulado, los films que deseaban y, en paralelo a ese servicio, la empresa comenzó a invitar a sus clientes a que disfrutaran de todas las películas que quisieran ver por día, en alta definición desde la página de Netflix, sin quebrar la ley, por streaming.
El streaming es una forma de distribución de audio y video por Internet. “Stream” es una palabra inglesa que puede ser traducida como arroyo, corriente o flujo. En consecuencia, la expresión streaming hace referencia a la corriente continua o al flujo de información con la que se enfrenta el usuario. Esta solución tecnológica permite que se almacene en un búfer lo que se va escuchando o viendo. Dicho de otro modo, lo genial del streaming es que estimula que se escuche música y que se vean toda clase de videos sin necesidad de que estos sean descargados en forma previa. Gracias a eso, el internauta puede consumir lo que se le cante en el momento que quiera.
En 2011 Netflix domina el tráfico de Internet en EE.UU. Según los datos recopilados por Sandvine, en marzo el sitio fue responsable del 29,7% del tráfico en la hora de mayor uso de la red -cifra que supera a la consulta de páginas en la web o al intercambio de archivos-. El informe sostiene que el 49,2% del tráfico que se genera en los horarios de mayor uso en los Estados Unidos corresponde a "entretenimiento en tiempo real". Combinados, Netflix, Youtube y otros sitios de video se quedan con el 46% de la torta.
La ex pequeña empresa llamada Netflix se ha convertido en un canal legítimo de distribución de contenidos. Además de haber acompañado los cambios de hábitos en muchos espectadores, la compañía ha generado una nueva plataforma comercial en el negocio audiovisual. ¿Amenaza esto al cine o a la TV? No, los complementa. Las víctimas directas de las plataformas como Netflix son los videoclubes no especializados y las empresas de cable -Netflix ha ganado 23 millones de suscriptores como alternativa de bajo costo en relación al cable-. En América del Norte se puede contratar a Netflix por US$8 (y se quiere alquilar DVD o Blu-Ray la cuota crece un poco) y hasta quienes no tienen computadora lo pueden usar: basta con tener Play Station 3, Wii o X-Box 360.
En los últimos días, el gigante de la red ha firmado sus acuerdos con Twentieth Century Fox y Miramax. ¿En qué se traduce esto? En que, en paralelo a la suba del precio de las acciones de Netflix, se engrosa el catálogo de series y películas que ofrece el sitio. Pero esto no es todo, los nenes-flix tienen hambre: en breve comienzan a producir sus propias ficciones. Oficializaron un acuerdo con David Fincher (El club de la pelea, Red Social) y Kevin Spacey (me niego a creer que necesiten referencias de él). Ambos serán los productores de un thriller político titulado House of Cards. La serie tendrá a Spacey (está bien, es el último Lex Luthor y el asesino de 7even) en un papel clave, y Fincher se encargará de la producción ejecutiva y de dirigir el piloto.
Netflix invirtió casi US$ 100 millones para “robarle” la serie a HBO e, imitando un reflejo, encargó dos temporadas de 13 episodios. Es un momento emocionante para los seres pasivos como quien redacta. Veremos qué pasa. God bless America.
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