Bueno, con tanta conciencia y diligencia en vigilar que el fútbol mundial se rija por la elegancia y la educación, sorprendió que exactamente el segundo en la jerarquía de la Federación Internacional de Fútbol haya salido de sus cabales y, enojado con el ritmo lento de la organización del Mundial 2014 en Brasil, consideró que el país se merecía una “patada en el culo” a fin de moverse y hacer marchar el campeonato.
Nadie en su sano juicio puede decir que Jérôme Valcke está equivocado. Sí, Brasil parece tener todo el tiempo del mundo para organizar lo que pretende ser un Mundial “inolvidable”. Pero el reloj dice lo contrario y es cierto que faltando un año para la Copa de las Confederaciones, por ejemplo, no hay un sólo estadio u aeropuerto reformado/construido concluido. También es evidente que las plazas hoteleras fuera del eje Rio-San Pablo son insuficientes y que, si el Mundial fuera hoy, Brasil sería el anfitrión de un lamentable espectáculo y mostraría al mundo de la peor manera la desastrosa estructura de transporte, seguridad, salud, habitación que siempre logra ocultar a los que vienen de afuera –hechizados por sus bellezas naturales—pero que es parte inevitable del cotidiano de los que necesitan (sobre)vivir en las periferias del país.
Obviamente Valcke hirió la soberanía brasileña –un concepto que está entre los más sensibles y preciados por el gobierno nacional—al criticar la archiconocida insolencia local de esa forma. Con lo que el secretario de FIFA tal vez no contaba era que la respuesta, a pesar de “infantil”, como tildó, sería tan dura.
A juzgar por lo que dice el representante de Dilma Rousseff en los Deportes, el ministro Aldo Rebelo, Valcke no será más reconocido por Brasil como interlocutor de FIFA. Rebelo no habla por su boca sino por la de la presidenta, que hace rato está harta del modus operandi de FIFA y sus aliados en el manejo del negocio futbolístico.
Ricardo Teixeira, presidente de la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol), es amigo personal de Valcke, al punto de haber pasado vacaciones juntos. Dilma apenas tolera Teixeira en la confederación y su relación con el dirigente es fría, para decir lo mínimo. No quiere que el ignominioso curriculum de Teixeira (compuesto por una corpulenta lista de negocios oscuros) manche su gestión y el Mundial que se hará bajo sus órdenes. Rebelo no queda atrás. Cuando era diputado federal, fue presidente de una CPI (Comisión Parlamentar de Investigación) sobre las relaciones de CBF con Nike.
Dilma no es Lula, que siempre trató de barrer para debajo de la alfombra las diferencias entre Brasil y FIFA. Y la patada de Valcke parece haber abierto una caja de Pandora desde donde van saliendo sin freno muchas de las bestias antes domesticadas. Ahora Rebelo dice que el 12 de marzo, lunes que viene, cuando el jerarca debe volver a Brasil para visitar las obras en ejecución, no será recibido por el gobierno. Es esperar para ver.
En la Cámara, el líder del PT hace coro y tampoco quiere más Valcke en el país. Detalle no menor: de la Cámara depende parte de la aprobación de la Ley General de la Copa, uno de los principales motivos para el enojo del secretario, ya que la ley debería estar aprobada “en 2007”, según dijo. Hasta ahora sigue dando vueltas en el Congreso.
“Brasil tiene sus propios intereses”, clasificó Rebelo el último fin de semana. “Los de FIFA son generar ganancias. Los de Brasil son, por ejemplo, garantizar que los indígenas puedan ver los partidos.”
No nos engañemos. Enrollarse en la bandera nacional es táctica fácil para destruir cualquier apoyo a Valcke dentro del país. Pero Ricardo Teixeira sigue al frente de la CBF (aunque su caída sea considerada cada vez más probable) y del COL (el Comité Organizador Local del Mundial), y Rebelo –aunque públicamente le haga la cruz—se ha acercado al dirigente y llegó a recibir US$ 40 mil de dos patrocinadores vinculados a la CBF para auspiciar su campaña a diputado. Acá no hay ingenuos ni santos. Teixeira ya salió a tranquilizar a la FIFA diciendo que la lentitud es “democracia”. “Brasil no tiene un dueño”, escribió el fin de semana en la página de la CBF (y acá es imposible no pensar si lo ha digitado con resignación, lástima, bronca o ironía).
La FIFA pensaba que sí. Que un Mundial en Brasil era jugar y cobrar. Con Ricardo Teixeira –hace 23 años en la CBF-- como amigo personal, Valcke no podría creer que una ley se les complicara tanto, y que la mismísima mandataria hecha presidente por el afable Lula se le viniera en contra y decidiera armar su propio juego a los 45 del segundo tiempo. Además, la realidad geográfica, política y social brasileña – lejos de los paisajes idílicos y de los cocktails de frutas exóticas-- parece comerle la cabeza cada vez más. “Moverse en San Pablo es una pesadilla”, dijo hace cuatro meses, desayunándose de un problema más que comentado en todo el mundo.
Y sí, las obras están atrasadas y Brasil tiene que ponerse las pilas para hacer un Mundial decente. Romário, devenido diputado federal, ha dicho que el país puede “pasar la más grande vergüenza de su historia en Mundiales”. Y no sólo por causa de la performance de la selección, que también viene haciendo temblar a más de uno. Es que no todo se puede arreglar con simpatía, diplomacia y cintura. Puede parecer raro pero muchos brasileños se sienten reivindicados por la frase de Valcke. ¡Por fin el mundo deja de alabar el gigantismo de la potencia y critica la ineficacia de su poder público!
Transparencia, trabajo serio, coherencia, idoneidad son partes esenciales del juego. Pero la FIFA está lejos de ser la indicada para exigir eso de quien sea. Menos en los términos que eligió usar.
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