Ernesto Rodríguez

Lecturas recomendadas para ministros y parlamentarios

Este año se cierra con la aprobación de varias leyes relevantes (como despenalización del aborto y matrimonio igualitario), pero quedan otras varias para el próximo período legislativo (como la vinculada con la legalización de la marihuana). Sería bueno que ministros y parlamentarios (así como jueces, empresarios y otros “tomadores de decisiones”) aprovecharan el verano para leer algunos libros que -seguramente- iluminarán y le darán más racionalidad a los debates del 2013.

Actualizado: 26 de diciembre de 2012 —  Por: Ernesto Rodríguez

En mis constantes recorridos por América Latina, últimamente me he encontrado con un gran interés por saber más de Uruguay, ese país que “fabrica” futbolistas excepcionales, cuenta con “el Presidente más pobre del mundo” y ahora (por si fuera poco) aprueba leyes que lo ubican entre los países más “modernos” del mundo. Como nunca antes, hablo con mucho orgullo de mi país cuando me preguntan “cómo se explica que Uruguay sea tan diferente al resto de América Latina”. Desde luego, insisto en que nada es de construcción reciente (solamente) sino que las decisiones que se han ido tomando últimamente, tienen estrecha relación con políticas públicas “centenarias”, las que -junto a la voluntad política del actual gobierno, que no tuvieron otros anteriores- llevan a explicar por qué (por ejemplo) Uruguay figura (en el Panorama Social de América Latina 2012 de la CEPAL) como el país que reúne los mejores indicadores combinados en términos de pobreza, indigencia y distribución del ingreso, al tiempo que figura entre los países con menores niveles de corrupción, en el Informe 2012 de Transparencia Internacional.

Pero al mismo tiempo, cuando vuelvo a Montevideo, me encuentro con otro panorama totalmente diferente. Leyendo cierta prensa, por ejemplo, me siento en un país que está al borde del caos, asediado por la inseguridad y el desgobierno, y escuchando a ciertos dirigentes políticos, me siento en un país donde reina la anarquía y la improvisación, y todo por culpa de un gobierno que no acierta una y todo lo hace mal. Y lo peor es que, cuando comento estas cosas con amigos, familiares y vecinos, constato que mis impresiones locales son compartidas por un amplio abanico de gente, que no alcanza a percibir las manipulaciones y las mentiras vendidas como verdades.

Hasta allí, el problema no iría más allá del consabido tema de la “sensación térmica” (siempre ubicada por encima de la “temperatura”), es decir, esa diferencia notoria entre indicadores objetivos que demuestran que el Uruguay está mucho mejor que hace 10 años, y las percepciones dominantes en la opinión pública, que no lo ven tan así o al menos no lo valoran en sus reales dimensiones, algunos por falta de información objetiva y otros, pura y simplemente, porque siempre quieren más (legítimamente o no tanto). Pero el problema se agranda cuando percibo que varios dirigentes políticos del gobierno (incluidos el Presidente de la República y varios de sus ministros) opinan y toman decisiones en función de encuestas y de dicha “sensación térmica”, lo que ya excede mi capacidad de comprensión sobre la dinámica de las políticas públicas y sobre varias decisiones claves del gobierno, en estas últimas semanas del año.

Me preocupa, en este sentido, que el Presidente de la República declare que “frenó” el proyecto de ley de legalización de la marihuana (en realidad, el tema quedó para el año próximo, seguramente, porque todavía no se reunieron los votos necesarios para su aprobación) porque “la opinión pública no está preparada” (palabras más, palabras menos) y me preocupa que Tabaré Vázquez declare que “no hay que consumir marihuana”, como si alguien estuviera promoviendo el consumo y sabiendo que -con esas declaraciones- la opinión pública lo va a ubicar en contra de la legalización. Y también me preocupa (lo saben quiénes leen mis columnas con cierta regularidad) que el Director Nacional de Policía diga cualquier cosa (con tal de justificar el accionar y la lógica corporativa policial) sin que el Ministro del Interior diga nada significativo en contrario.

De todos modos, lo más preocupante es que existan -en la izquierda- diferencias relevantes en temas como los que estamos analizando, sin que se escuchen (en las declaraciones de quienes se oponen o tienen dudas sobre la pertinencia de este tipo de medidas) argumentos sólidos que justifiquen su postura. Por eso, aprovechando este “receso veraniego”, quisiera recomendar algunas lecturas que pueden ayudar a clarificar argumentos y posiciones, de modo de mejorar (ojalá) los debates del 2013 en torno a estos temas. Menciono tres, particularmente relevantes:

(1) Araceli Manjón-Cabeza “La Solución: la Legalización de las Drogas” (Editorial Debate, México 2012). La autora ha trabajado en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional de España y ha sido Directora del Gabinete del Plan Nacional sobre Drogas de España, y su punto de vista es tan simple como contundente y rigurosamente fundamentado: “La guerra contra las drogas mata más que su consumo. El tráfico de drogas provoca corrupción, inestabilidad política y violencia. Un negocio muy lucrativo que financia el crimen organizado. Tras cuarenta años de guerra, y constatado su fracaso, es hora de afrontar la realidad: la única respuesta es la legalización”.

(2) Héctor Aguilar Camín y Otros “Más Allá de la Guerra de las Drogas: Informe Jalisco” (Editorial Cal y Arena, México 2012). “Tenemos la convicción -dicen los expertos que redactaron este informe, desde un Estado particularmente estratégico en el mercado de las drogas de un país también estratégico en el respectivo mercado mundial- de que la política contra las drogas no puede seguir como está, sostenida, al precio que sea, en la práctica de un consenso prohibicionista cuyos costos son más grandes que los beneficios. Hay que buscar caminos más creativos que los transitados hasta ahora en el trato con el mundo de las drogas ilícitas”.

(3) Antanas Mockus y Otros “Antípodas de la Violencia: Desafíos de Cultura Ciudadana para la Crisis de (in) Seguridad en América Latina” (BID, Washington 2012). En medio del poco productivo dilema entre prevención y represión, este informe propone tratar de incidir en la cultura dominante, entendida como “el universo de normas sociales, comportamentales, actitudes, creencias y hábitos compartidos por los individuos de un conjunto social”. La experiencia de Bogotá y las comparaciones correspondientes con otras siete ciudades latinoamericanas, brindan la evidencia sobre la pertinencia de este enfoque, con el que habría que trabajar a futuro.

El próximo año, habrá que dar una batalla decidida en defensa de la legalización de la marihuana (con base en el excelente trabajo realizado por la Comisión Parlamentaria que estudió este tema y formuló el respectivo proyecto de ley) y en contra de la rebaja de la inimputabilidad de los menores, así como (seguramente) en contra de la derogación de la ley de despenalización del aborto, en los respectivos plebiscitos en 2014. Es preciso estar preparados para brindar argumentos sólidos al respecto, y antes, para lograr acuerdos sustantivos en torno a estos temas, en la propia interna del Frente Amplio especialmente, entre quienes tienen que asegurar la más estricta coherencia entre posturas ideológicas y estratégicas generales por un lado, y posiciones claras y contundentes en torno a la construcción de derechos ciudadanos, sin exclusiones de ningún tipo, por el otro.



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