En marzo de año 1992 la casualidad me llevó a compartir con un amigo e ingeniero que se llama Gabriel Seré, asientos contiguos en un vuelo a Brasil: él viajaba hacia Nueva York para preparar las comunicaciones de un evento de Naciones Unidas y yo me quedaba en San Pablo para asistir a una feria de informática aplicada a la gráfica.
Gabriel iba leyendo un libro de pocas páginas que me recomendó con mucho entusiasmo: el mismo trataba de internet, la red de redes, sus orígenes y esas características tan singulares que por entonces ya nos tenía perplejos, a saber: su crecimiento exponencial, por un lado, y el hecho de no tener propietarios y accionistas como Apple o IBM, por otro. Ahora no recuerdo el título ni el autor, pero ese fue mi primer contacto con este fenómeno que, cuando hoy falla, todos se ponen un poco angustiados y, en mi caso, cuando cae internet en el trabajo, el teléfono interno de mi oficina pareciera contagiarse de la inquietud de los usuarios que no dejan de preguntar cuánto durará la falla y aparentan sufrir tanto (o más) como si se padeciera un corte de luz o de agua.
Hoy, la red de redes está tan integrada a nuestra vida que resulta difícil imaginársela sin ella. Difícil para nosotros que la vimos nacer y crecer, e imposible para quienes aprendieron a caminar y a balbucear sus primeras palabras al mismo tiempo que el computador familiar era una realidad tan común como una silla o la heladera.
El desarrollo que trajo aparejado todo esto es inconmensurable; y por ser un fenómeno relativamente reciente, también resulta dificultoso ser conscientes de hasta dónde nos han afectado —y nos afectan— estos avances tecnológicos. Porque con internet no solo aparecieron los servicios en línea donde uno puede hacer prácticamente cualquier cosa, desde comprar pasajes, reservar hoteles, manejar cuentas bancarias, pagar impuestos, hasta estudiar, publicar videos, fotos, música y textos, sino que también nacieron las redes sociales con Facebook a la cabeza, y, más tarde, fenómenos más recientes como Twiter.
Y dadas las potencialidades increíbles de estas herramientas, para muchos la vida social hoy discurre a través de estas aplicaciones. Me incluyo en este proceso desde sus comienzos. Reconozco que gracias a Facebook, por ejemplo, he recuperado amistades con las que las circunstancias de la vida nos habían llevado a no saber nada uno del otro durante décadas. Gracias a Facebook también me he podido reunir en Cataluña con parientes lejanos que jamás hubiese conocido sin la irrupción de internet.
Twiter, por otro lado, me ha permitido seguir a personas que me interesan, como la bloguera Yoani Sánchez y su tenaz e inteligente uso de las nuevas tecnologías para poder difundir sus ideas y su manera de ver la realidad de su país, convirtiéndose en una de las voces más serias y tenaces de la disidencia cubana actual. Sin las posibilidades de internet y de las propiedades de un teléfono celular, sin la sencillez que supone crear un blog y publicar un tuit, difícilmente hoy sabríamos quién es Yoani Sánchez y su peculiar manera de ver la realidad cubana.
Otro caso notable, hijo de las nuevas tecnologías y salido del ingenio de un argentino llamado Hernán Casciari, es el blog Orsai, porque más allá de sus singulares contenidos, con el tiempo se transformó en una editorial digital que rompe las estructuras tradicionales en materia de publicaciones, basándose en criterios nuevos, arriesgados y acordes a los tiempos modernos.
Estos son solo dos ejemplos de este notable proceso democratizador de las comunicaciones en general y de internet en particular; cada día resulta asombroso constatar las posibilidades infinitas que tenemos de aprender, de consultar, de expresar ideas, de participar en foros o, simplemente, de leer noticias, ver películas o escuchar música online. Los límites los decide cada uno, y es responsabilidad de los usuarios cómo usar todas estas nuevas herramientas e, incluso, cómo desarrollarlas.
La contracara de estas maravillas cibernéticas se manifiesta en las redes sociales y en algunos medios de comunicación donde reproducen opiniones de lectores descalificadoras, groseras e insultantes, apoyados en el anonimato o escudados en un seudónimo ocasional.
Si la sociedad antes concentraba los chismes en la prensa amarilla, en las colas, en las salas de espera, en la rueda de los boliches o en la peluquería, ahora, todos esos escenarios se suman y se reúnen en Facebook y en soportes similares. Allí, verdades y mentiras campean sin obstáculos. Aludes de falsedades se desparraman como leche hervida y nadie, absolutamente nadie, se hace responsable.
El caso más notorio de esto sucedió hace pocos días cuando la designación del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio al papado. A los pocos minutos de trascendida la noticia, en Facebook colgaron una supuesta foto del Papa electo dándole la comunión al nefasto y condenado dictador argentino, el general Jorge Rafael Videla. En pocas horas, se pudo ver replicada una y cien veces esa foto a todas luces trucha, puesto que bastaba tomarse un minuto para darse cuenta de que el Papa Francisco, de 76 años, no podía ser el mismo que figuraba en una foto que tiene más de dos décadas, aparte de otros rasgos fisonómicos característicos. Sin embargo, la foto siguió viajando por las redes sociales tan campante junto a otras acusaciones falsas que los mismos implicados se encargaron de desmentir más tarde. Este ha sido uno de los ejemplos más recientes —y potentes por el personaje implicado— de que la infamia puede vivir y expandirse en la red sin ningún obstáculo. De esta manera, la chismografía y la impudicia terminan desnudando lo peor de nuestra especie.
Hay que tomar conciencia de que esta libertad que hoy nos da la tecnología nos exige más responsabilidad, dado que somos consumidores y actores al mismo tiempo de todo lo vemos, de lo que leemos y de lo que escribimos en la red. El botón de “compartir” en Facebook es, en definitiva, muy comprometedor, sobre todo si se refiere a una noticia o a una persona que no conocemos.
Hoy, como nunca antes, ese elemento tan hermoso llamado libertad, nos obliga a ser más conscientes de nuestros actos, más críticos, más tolerantes y más dispuestos a dudar hasta de nuestras propias certezas.
Las opiniones vertidas en las columnas son responsabilidad de los autores y no reflejan necesariamente posiciones del Portal 180.
