Estadios llenos, vuvuzelas, prensa de todo el mundo, televisación de primer nivel, estrellas rutilantes. Todo eso pasó durante Sudáfrica 2010. Pero qué se hace luego con esas millonarias inversiones, con los fastuosos estadios.
En una columna escrita durante el campeonato del mundo 2010, el periodista Ezequiel Fernández Moores expuso algunas cosas que pueden ayudar a entender.
En Sudáfrica, el Soccer City fue el estadio de la inauguración y de la final. La nota cuenta que el Soccer City fue construido en Soweto, un barrio que sufre hacinamiento, pobreza y violencia y que muestra orgulloso su heroica resistencia al apartheid. El cuestionamiento principal es que las ganancias que deje durante una década el estadio más grande de toda África, con capacidad para 94.000 personas, son para una pequeña compañía privada creada en 2009 y vinculada con el poder político llamada National Stadium SA (NSSA).
La revelación forma parte del libro Player and referee, elaborado por el Instituto de Seguros Sociales de Sudáfrica. Se trata de un informe devastador de 236 páginas del que participaron destacados periodistas de investigación de Sudáfrica y que incluye al británico Andrew Jennings.
Player and referee, que casi no tuvo difusión en la prensa internacional, revela negocios que permiten sospechar por qué razón el gobierno sudafricano elevó los gastos del Mundial a unos 4200 millones de dólares, mil millones destinados a la construcción de nuevos estadios, algunos de los cuales, dice Fernández Moores, tienen un destino de elefantes blancos.
El libro se pregunta por qué el Green Point de Ciudad del Cabo tuvo un gasto récord y terminará siendo la carga más pesada para los contribuyentes de esa ciudad.
La columna de Fernández Moores también recoge el cuestionamiento de la prensa sudafricana respecto de dos estadios. El primero es el Mbombela, de Nelspruit. El estadio cercado por 18 jirafas de acero parece un plato volador en medio de la pobreza de Mataffin, una aldea con muchas casas precarias, sin agua y sin energía y cuyos habitantes esperaron sin suerte que se cumplieran las promesas de trabajo que incluía la construcción del Mbombela. El incumplimiento provocó revueltas populares. Ocho personas, dijeron informes de la prensa sudafricana, murieron bajo circunstancias sospechosas tras denunciar irregularidades, una de ellas un funcionario municipal. Dos escuelas debieron cerrar para la construcción del estadio, que sólo albergó cuatro partidos del Mundial y costó, según calculó David Smith en The Guardian , unos 171 millones de dólares. Las aulas de las escuelas desplazadas durante el Mundial fueron la base para las oficinas de la FIFA.
El otro estadio bajo sospecha fue el Mabhida Stadium, de Durban. Tras un pedido de los diarios Mail & Guardian y The Mercury, y a pesar de la resistencia de la FIFA, la justicia sudafricana ordenó que se publicaran los contratos que se habían contraído.
Los periodistas Adrian Baason y Colleen Dardagan publicaron contratos que exhiben de qué modo la FIFA asegura sus ganancias gracias a dineros que son públicos.
Fernández Moores cuenta que el capítulo quinto del libro cuenta cómo la FIFA impone contratos de exclusividad y asegura ganancias a través de las empresas Match Event Services y Match Hospitality.
En el mismo sentido el documental Farenheit 2010 denuncia la inutilidad de estadios construidos donde ya había otros pero que fueron descartados porque no cumplían con todas las exigencias de la FIFA. "Nos arrodillamos ante el Rey Sepp", escribió en su momento el periodista Jubulani Sikhakhane en el Sunday Tribune.
Farenheit también expone el contraste de los dineros elevadamente sospechosos que costó el Mundial con los niveles de pobreza de Sudáfrica. Lo mismo ocurre con casi todos los Mundiales y Juegos Olímpicos, asegura Fernández Moores.