Un juguetero mágico

En la librería La Lupa de Ciudad Vieja hay un muñequito de colores, de madera, sentado cerca de la caja. “¿Y esto?”. “Ah, ese no lo vendemos, es un amuleto que tenemos desde que abrimos”. Yo conozco al hombre que lo hizo. No puede ser otro, pienso.

Actualizado: 29 de octubre de 2013 —  Por: María Eugenia Martínez

Un juguetero mágico

Sin datos (Todos los derechos reservados)

Galería de fotos

Lo conocí en la Feria de Tristán Narvaja hace unos años, en un puestito cerca del Palacio Peñarol. Vendía unos juguetes muy diferentes a todo. Coloridos y hechos con cosas usadas: cucharones, mates, bombillas, perchas, sillas, palillos, cepillos, maderas viejas.

Vendía muñequitos chicos, tipo llaveros, a veinte pesos, y otros más grandes a setenta, ochenta. Los extranjeros que llegaban al puesto lo elogiaban mucho y a veces se negaban a pagar tan poco. No solo eran piezas únicas: la mayoría tenía un nombre, una historia, un tema.

Él mandaba una pequeña exportación a Francia cada mes. Y también mandaba para que se los vendieran en una tienda de Colonia. Desde esa tienda sus juguetes viajaron a una cantidad enorme de países. Pero, aunque sabía que valoraban lo que hacía, él no subía los precios.

Un día fue más allá: decidió que la gente pusiera el precio que considerara justo. Los paseantes de la feria no estaban acostumbrados. “No, no. Decime vos cuánto vale”. Pero él insistía: cada uno debía dar a cambio lo que considerara justo.

El amuleto de La Lupa, hecho por Daniel Moreira. (Foto: La Lupa)

Estudió en Bellas Artes, fue tupamaro, amó a Soledad Barret, estuvo preso muchos años. Cuando le empezaron a pagar una indemnización, por haber sido preso político, comentó con algunos amigos su idea de poner el dinero en la financiación de actividades culturales para aquellos que tenían proyectos pero no recursos; y concretó esa idea.

Daba talleres en su casa a la gente que quisiera aprender. “Hay una muchacha que me paga con arroz, podés pagarme con clases de computación”, me sugirió una vez, aunque no tenía computadora. También daba talleres en escuelas públicas. Le gustaban especialmente las rurales.

Era un fanático del reciclado. Fue vestuarista de la BCG y en ese rol se dio el gusto de reciclar hasta bolsas de leche para hacer los trajes.

“Hoy mi momento pasa por sentir el arte como una forma de vida y el juego como motor de la imaginación que le brinda energía. El juego de las formas de un cepillo, una percha, un palote, un respaldo o una semilla encontrada en la calle, un parque, una volqueta, dispara una idea que se completa y se transforma con otras formas, colores y texturas. El producto, a su vez, genera la imaginación de quien lo ve con otros ojos y me retroalimenta. Allí está el juego: del material que se recicla y de mi propio reciclaje. Ambos cobran nueva vida”, escribió una vez, cuando ya tuvo computadora y aprendió a usarla con pasión autodidacta, en su blog monojuguetero.

Aficionado a la medicina china y amante de la naturaleza, un día se fue a vivir al medio del campo, con su perro Gervasio. Las fotos desde el campo fueron cambiando: mostraban cada vez menos juguetes y cada vez más naturaleza. Y allí, en el medio del campo, se quiso morir. Como era tan perseverante, al cabo de un tiempo, lo logró.

Desde hacía tiempo Daniel Moreira, el Mono, Douglas en el MLN, había dejado de creer en muchas cosas, aunque decía que los 6 de enero eran días mágicos, al menos para él. No sé si llegué a contarle que un muñeco suyo trabaja todos los días como amuleto en La Lupa.