Gabriel Quirici

Aquel país para buscar

Reflexiones sobre los 30 años de democracia.

Actualizado: 09 de Abril de 2015 | Por: Gabriel Quirici

Los 30 años de democracia invitan a compartir algunas inquietudes que uno como docente puede visualizar gracias a la posibilidad de estudiar historia para enseñarla con jóvenes y a su vez tratar de aportar a su divulgación.

Merece destaque el hecho de que la celebración haya sido central en la asunción del nuevo gobierno junto con la presencia de referentes de todos los partidos. Más allá de disputas electorales y partidarias, la noción de bien común y soberanía compartida es un pilar de nuestra historia reciente.

Hay raíces históricas en el “aprendizaje” de la experiencia dictatorial: así como parte de la izquierda veía con recelo la “democracia burguesa” y se asume hoy plenamente demócrata, también son minoritarios en la derecha aquellos que bregan soluciones autoritarias ante el conflicto social en pos del orden.

Ahora bien, ni la comunicación oficial y partidaria, ni como los positivos resultados de las encuestas de percepción respecto al sistema democrático (en el Latinobarómetro Uruguay figura entre los primeros) deben dar lugar a narrativas idealistas.

Es necesario advertir las herencias contradictorias y algunos problemas del presente de cara al futuro. Pues más allá de lo simplificado del dicho, la democracia es una construcción permanente, que debe reformularse día a día.

Las relaciones de la sociedad con sus pasados no son lineales. Y en el caso de la historia reciente se suma un hecho de mayor complejidad: dice el popular refrán que nadie puede vivir con la experiencia ajena. El delta diferencial entre aquellos que vivieron/soportaron (o que como Fede y yo, nacimos en) la dictadura, y la enorme cantidad de uruguayos que afortunadamente solo vivieron la democracia, como una situación natural, recuerda la reflexión de Hobsbawm: “En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea es recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca”.

No se trata de un tema exclusivamente generacional. Muchos veteranos recuerdan mítica o simplificadamente el pasado que ellos mismos vivieron. Y su relación con la historiografía y mirada hacia atrás es tan distante de la Historia como el adoptar posturas que van desde la indiferencia hasta el fundamentalismo.

Parece relevante interrogarse acerca de la fortaleza de las convicciones democráticas, tanto entre las diferentes generaciones y entre diferentes sectores sociales o círculos de referencia con grados de politización diversa. Con el fin de repasar cómo ésta ha sido construida, sopesar sus dificultades y apostar a sus fortalezas sin caer en idealismos que, a la larga, podrían resultar vacíos.

En ese sentido, parece importante destacar el rol de todos los partidos en la difícil transición. Recordar que todos negociaron, con tensiones a la interna y con estrategias que a la vez buscaban alcanzar una salida y posicionarse de la mejor manera de cara a las elecciones. Hubo diferentes resultados, y quienes salieron mejor parados, así como proscriptos y postergados.

Sin intención de reabrir debates, una mirada general sobre los partidos y sus militantes, en aquel momento, debe recuperar la presencia de todos más allá de sectores. Tanto cuando asumió Sanguinetti como cuando Wilson desde la Intendencia ya liberado propuso la gobernabilidad, banderas de todos los partidos estuvieron presentes. Lo mismo ocurrió en las caravanas de retorno de los músicos exiliados.

En tiempos en donde algunos se encandilan con adjetivos como “rosaditos”, “fraudemaplistas” o “traidores del 71”, aquella dimensión colectiva de los partidos encarando la salida debe ser un punto de referencia para reafirmar la convivencia democrática, subrayando que las diferencias nos hablan de competidores, que no es lo mismo que hablar de enemigos.

Por otra parte, el rol jugado por las organizaciones sociales fue fundamental para crear las condiciones de apertura y demandas de libertad, perdiendo el miedo y recuperando los espacios públicos, los encuentros y ganas de vivir en colectivo. Abandonando el encierro individual y privado impuesto para muchos y aceptado por otros a cambio del supuesto orden autoritario anterior. Fueron el sustento social de la transición negociada.

Lo anterior estuvo cargado de un enorme abanico de expectativas positivas. Un clima primaveral, de apertura y destape, que emotiva y simplificada, pero también razonablemente, hacía pensar que con el fin de la dictadura era posible solucionar todos los problemas de aquel Uruguay. Pero nada fue similar a un camino de rosas. Ni el país de las maravillas dejó de ser una hermosa expresión artística de deseos. La salida negociada evidenció errores de cálculo para algunos sectores y posicionó en condiciones de aceptar la impunidad a la mayoría de la población.

Por eso también vale la pena analizar la distancia entre expectativas y realidad como una lección más a tomar en cuenta. Una cosa es tener sentido de unidad contra un enemigo común y en pos de un ideal muy alto y a la vez estructural. Pero otra es, después de alcanzado el objetivo, comenzar a lidiar con la cotidianeidad en un marco más flexible y contradictorio como lo es el de sistema democrático. No podía ser el país de las maravillas, pero valía la pena soñar con él.

Se había derrotado a las FFAA en las urnas pero no en las calles. Cayó su legitimidad y su modelo. Pero el país se encontraba fuertemente atrasado en su desarrollo económico y educativo y con un fuerte asilamiento cultural producto de una política retrógrada y militarista que tradujo la guerra fría en una versión cuartelera y provinciana.

Las herramientas con las que se contaba eran débiles y el entramado social aún conservaba elementos acunados durante la dictadura. La penosa salida en paz para los derechos humanos, también nos habla de unos 30 años complejos, a nivel de sociedad. Sobre los que todavía, se debe continuar trabajando.

La salida garantizó la estabilidad del sistema. Pero lo hizo en parte. La asunción mayoritaria de la impunidad es uno de los temas más complejos que la historiografía debe analizar de cara a la nueva agenda de la historia reciente.

Es probable que en ello haya operado también el factor restaurador que tuvo la transición. Al devolver un lugar de primacía (tanto a nivel sindical, educativo como político) a las generaciones anteriores al golpe de estado. En un reconocimiento loable, y moralmente sano, debemos analizar igualmente que la mayoría de la dirigencia uruguaya de estos 30 años recientes, es anterior a la dictadura.

En buena medida, sus discursos, sus estilos y su encare de los problemas, revivía en el plano de los derechos humanos, la conflictividad previa al golpe de 1973 y no pudo transformar la agenda política de forma renovada para encauzar la justicia.

En este último tramo, la emergencia de otros colectivos, los nuevos estilos de campaña, agenciando en la discusión pública y en el marco legal uruguayo derechos de vanguardia o torciendo un sentido común punitivo (pienso aquí en la generación no a la baja) permiten avizorar una sana reconstrucción del sistema, que parece encontrar diversos caminos de vitalidad.

La apertura de cabeza para generar espacios de reflexión y comunicación en donde se combinen memorias, estrategias político-sociales, expectativas de cambio y relectura historiográfica de nuestro pasado son muy importantes para seguir celebrando la democracia. Asumiendo que, con los pies en la tierra podremos seguir cantando (desde la imperfección y la humildad republicana) “que pronto llegará el día”.

Lo otro: la cabeza cerrada, la fórmula preconcebida o la actitud esencial y fundamentalista, o la elevación del desencanto al grado de verdad absoluta, representan, a la larga, alimento para aquellos dragones que nos contaba el “Corto” Buscaglia, se comen la “eses”.

 

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