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Al catálogo de jornadas memorables de la selección de Tabárez, al equipo inmortal que un entrenador sabio supo diseñar, le faltaba una noche como esta. Ya había dado señales inequívocas de su resistencia a claudicar, ya había silenciado estadios en el exterior, ya había derrotado a selecciones europeas de primer nivel. Ahora era momento de aleccionar a una selección que juega muy bien pero que la Celeste redujo a su mínima expresión.
Convicción, tensión competitiva, máxima concentración. Estos partidos se ganan así. Y Uruguay tiene todo. Nada de prepotencia por más que haya habido algún chisporroteo, nada de golpes fuera de lugar, nada de revanchas, nada de negar saludos. La clave del éxito estaba clara. Y alcanzó con cumplirla en una noche pletórica.
Las mejores victorias acostumbran a llegar ante equipos de primer nivel, adversarios difíciles con los que hay pica. Aquellos equipos que marcan época, y este lo es, defiende su jerarquía en los momentos más exigentes. Este equipo es guerrero casi siempre y coloso algunas veces, tira de la épica a menudo y es estético de vez en cuando.
Con la defensa ganó el partido. En las dos áreas mandaron Sebastián Coates y Godín. Y también Cáceres y Palito Pereira. La imperial tarea de los centrales, la firmeza de los laterales, el incesante trajinar de Carlos Sánchez y Arévalo Ríos, la decisión de todos.
El 3 a 0 en el Centenario ante Chile coronó una tarea sensacional de la Celeste. En este comienzo de Eliminatorias volvió a ser el equipo de los mundiales, de la Copa América 2011, de la Copa de las Confederaciones. Un cuadro que juega al máximo de sus posibilidades, incómodo para cualquier adversario.
Tabárez puso un 4-2-2-2 en cancha, con dos volantes internos, dos externos y dos delanteros para salir a jugar el partido. De forma previsible, le entregó el terreno y la pelota para que Chile se viniera. Cuando los de Sampaoli se acercaban al área, Uruguay respondía con un trabajo defensivo impecable. En el medio los volantes hostigaban a Valdivia y a Díaz mientras que a Sánchez, Vargas y González la defensa no les daba un metro.
Chile llegaba hasta el área pero le costaba pisarla porque ese era terreno dominado por la zaga celeste. Las pocas veces que ofendió lo hizo por las puntas pero cuando puso la pelota en el área todo terminó en los pies de los defensas o en las manos de Muslera.
El libreto uruguayo estaba claro. Defender cada pelota para luego tratar de lastimar con transiciones veloces, balones largos o pelotas a balón parado. Las fricciones, la tensión, contribuyeron a perturbar a Chile ante un equipo mejor preparado para sobrellevar ese tipo de circunstancias.
Fue tras un tiro libre que llegó el primer gol. La pelota llegó al área, Coates cedió a Godín y el capitán definió con un toque arriba.
Con la ventaja Uruguay se sintió todavía más cómodo y profundizó la búsqueda por los caminos más convenientes. Dejó venir a Chile pero jamás perdió de vista a los adversarios más desequilibrantes. Sin perder la paciencia el equipo dejó que a los chilenos les entrara la desesperación por empatar y siguió fiel a las corridas de Sánchez, a la pelota quieta y al juego aéreo.
En el segundo tiempo Chile se vino con decisión y en los primeros minutos dio la sensación de que le costaría a la Celeste poder aguantar. La visita cargó por los extremos y llegó hasta el fondo un par de veces.
Tabárez detectó a tiempo lo que ocurría y sacó a Nicolás Lodeiro, de flojo partido, para poner a Pereira y armar un 4-4-2 mucho más estático con el objetivo de tapar la subida chilena.
Palito entró a los 13 y tres minutos más tarde fue al área con su fe a cuestas para buscar la pelota que peinó Cavani y para anotar el segundo con un cabezazo bombeado que se metió en el ángulo izquierdo.
Chile quedó tambaleante. Ya no había rastros del equipo profundo y de buen toque. Por el contrario, esgrimía todas sus limitaciones para revertir un marcador. No tenía respuesta en ningún rubro y Uruguay aprovechó para dar el mazazo final con un cabezazo de Cáceres que significó el 3 a 0.
De ahí al final el Estadio fue una fiesta y hasta se permitió varias veces gritar “ole, ole, ole”. La gente vivió a pleno cada momento de un partido que se había vuelto una obsesión para muchos.
Pero lo más importante es que el equipo termina el año con nueve puntos de 12 y que ha recuperado el semblante que lo metió en la elite del fútbol. Si se mira el espejo Uruguay se reconocerá. Aunque haya otros nombres sigue siendo el mismo equipo. El que un maestro sabio moldeó como si fuera un orfebre. Y que, una vez más, le regaló al país una alegría.