Medrano, ingeniera alimentaria y doctora en química, dijo en No toquen nada que no están de acuerdo con algunos aspectos del proyecto de etiquetado porque creen que provocarán que buena parte de los consumidores se equivoquen a la hora de comprar.
“Pueden cambiar alimentos que desde lo nutricional son favorables, al elegir por el rótulo”, dijo Medrano, y puso el ejemplo de un yogur, que puede ser marcado como excesivo en grasas y azúcares.
“Lo van a sustituir, por ejemplo, por una bebida edulcorada que no va a tener ningún rótulo. Desde el punto de vista nutricional, va a perder el contenido de proteínas y de micronutrientes como calcio y vitaminas”, añadió.
Tanto Medrano como Cattivelli son miembros de la Asociación de Ingenieros Alimentarios del Uruguay (AIALU), que este último preside.
Cattivelli dijo que temen que “el remedio sea peor que la enfermedad” y dio una opinión negativa sobre decir que un producto en dañino y no dar una alternativa más saludable al comprador.
Otro problema que ven en el proyecto es que da a entender que la relación entre la prevalencia de la obesidad y las enfermedades crónicas trasmisibles con la alimentación es exclusiva de los alimentos procesados, lo que “no tiene fundamento desde el punto de vista científico”, según dijo el ingeniero.
“No hay alimentos ultraprocesados. Los alimentos son procesados, llevan su proceso y después, llevan aditivos o no. Hay alimentos industriales que no los llevan, más allá de que llevarlos no es nocivo de por sí”, dijo Cattivelli.
Entienden que el proyecto solo toma en cuenta los excesos cuando son agregados y, por ejemplo, la miel tiene 80% de azúcares y no llevaría etiqueta pero sí lo harían las mermeladas, que rondan el 60%.
Los criterios que definen los excesos de sodio, azúcares, grasas o grasas saturadas surgen del “Modelo de Perfil de Nutrientes” de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Medrano indicó que estos no son los adecuados porque “establece límites de ingesta máxima diaria y lo llevan a un alimento específico”.
“Consumimos alimentos todo el día y cumplimos las metas nutricionales, pero la idea no es que cada alimento las cumpla sino que todo lo que ingerimos en el día llegue a no exceder más del 10% de azucares”, agregó.
Añadió que “cada persona tiene un requerimiento energético diferente” y que “hay que basarse en niveles de consumo y riesgo de cada grupo de alimentos”. También mencionaron que en Chile, el proyecto se hizo en base calórica y en Uruguay en base a gramos.
Cattivelli planteó el ejemplo de un pan, que habitualmente no tiene sal ni azúcar excesivas, por lo que no llevaría etiquetas de advertencia por ello pero sí de grasa. Dijo que si el fabricante intenta disminuir el contenido de grasa para liberarse de la etiqueta, bajará el contenido de calorías, que es el principal contribuyente al valor energético.
“Como los límites en el proyecto de Uruguay están definidos en base a cantidad de azúcar o sal sobre calorías totales de alimento, cuando disminuyo las calorías totales esas relaciones aumentan. Esto trae que el producto mejorado, con menor contenido calórico, muy probablemente deba ser etiquetado como excesivo en azúcar y en sodio, cuando la cantidad de azúcar y sal es exactamente la misma. Eso no pasa en Chile y eso no estimula la reformulación de los fabricantes”, mencionó.