Adrián Singer

50 años de convencida indecisión

Cómo Israel mantiene una ocupación de medio siglo y cuáles son las alternativas de futuro.

Actualizado: 04 de Noviembre de 2017 | Por: Adrián Singer

Cómo Israel mantiene una ocupación de medio siglo y cuáles son las alternativas de futuro.

El 11 de junio de 1967 amaneció un millón de palestinos de Cisjordania y Gaza a una nueva realidad: ya no eran sujetos del Reino de Jordania y de la República Árabe de Egipto respectivamente, sino personas bajo ocupación militar israelí con estatus y destino inciertos. Habían apoyado la invasión árabe, y ahora su destino estaba en manos del enemigo.

Este enemigo, Israel, de un día para otro se convirtió en potencia regional y tendría que gobernar no sólo la vida de los ciudadanos israelíes, sino también la de otro pueblo. Educación, salud, sistema judicial... todo ahora estaba bajo responsabilidad hebrea. Había conquistado Israel estos territorios de manos de Jordania y Egipto en seis días de batallas durante la que después sería llamada “Guerra de los Seis Días”. Junto a la Península de Sinaí (Egipto) y los Altos del Golán (Siria), que también había conquistado en esa guerra, Israel había triplicado su territorio. Un territorio del que fue relativamente fácil expulsar militarmente a la autoridad de los países vecinos, pero del que no desaparecerían por arte de magia sus habitantes. Qué hacer con ellos, y con los propios territorios conquistados, es la pregunta que atraviesa el centro del debate político en Israel desde entonces y hasta nuestros días.

Cumplidos los 50 años de la Guerra de los Seis Días, el Archivo Nacional de Israel liberó los protocolos del Consejo de Ministros celebrados inmediatamente después de la conflagración, lo cual permite echar un vistazo a los dilemas que ocupaban a la dirigencia de la nueva potencia regional.

En sesión del 15 de junio de 1967 (versión taquigráfica en hebreo), el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Abba Eban, opinó que Israel estaba sentado sobre “un barril de dinamita” y añadió: “Hay aquí dos poblaciones, una de ellas dotada de todos los derechos civiles (la israelí, A.S.) y la otra privada de todos los derechos. Esta es una imagen de dos clases de ciudadanos que es difícil de defender, incluso en el contexto especial de la historia judía. El mundo se aliará con un movimiento de liberación de ese millón y medio (en ese entonces no se sabía exactamente cuántos palestinos había en los territorios, A.S.) rodeado de varias decenas de millones” (Israel hoy en día tiene sólo 8 millones de habitantes, 20% de ellos palestinos con ciudadanía israelí).

La visión contraria fue expuesta por el ministro sin cartera Menajem Begin, quien propuso otorgar a los palestinos el estatus de residencia por siete años, sin derecho a voto. "¿Qué debemos hacer durante estos siete años?", preguntó retóricamente y respondió: “aumentar la inmigración a Israel y la tasa de natalidad judía”.

No estaba claro para el gobierno israelí qué hacer con los territorios recientemente capturados. Las alternativas incluían la devolución inmediata en el marco de algún acuerdo, la anexión a Israel o su control temporal. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) presionaban fuertemente a la clase política para quedarse con esos territorios (sin anexarlos) en base a su doctrina estratégica: expandir el territorio de Israel para alejar las líneas de fuego y aumentar la profundidad estratégica. Desde el punto de vista militar, Israel había ganado una oportunidad de oro para mejorar su seguridad en el marco de un contexto regional hostil.

Pero la ocupación de estos territorios también podía ayudar a aliviar innumerables tensiones internas de la sociedad israelí. A modo de ejemplo: la tensión entre las clases populares de judíos orientales (de países árabes) y las clases media y alta de los judíos provenientes de países europeos. Yagir Levy, profesor de Ciencia Política de la Universidad Abierta de Israel, explica que el control de Israel sobre los territorios contribuyó con al menos dos formas para mitigar esta tensión. Primero, con el crecimiento económico, resultante del repentino flujo de mano de obra barata palestina. Este crecimiento económico generó pleno empleo y permitió el surgimiento de una clase media de judíos orientales, pero al mismo tiempo los separó de aquellos que quedaron relegados a los márgenes del mercado laboral, donde empezaron a competir por puestos de trabajo con los palestinos. Esta división debilitó la capacidad de los judíos orientales de unirse y librar una lucha social.

El gobierno, a manos del Partido Laborista de mayoría judía europea, decidió ampliar el dominio militar de Israel sobre Gaza y Cisjordania mediante la doctrina de la colonización civil. Esta doctrina dice que allí donde hay colonos, es obligatorio para cualquier gobierno enviar tropas que los protejan. Y esto, a su vez, reasegura el control israelí sobre los territorios. Según el gobierno, se trataba de una política temporal hasta que se llegara a algún acuerdo de devolución de las tierras. Pero la presencia civil israelí en Palestina siguió creciendo ininterrumpidamente a lo largo de los años. De cinco colonias con un total de 250 colonos en 1968, a 130 colonias y Jerusalén Oriental con medio millón de habitantes en 2017.

Sin embargo, gobierno y sociedad israelíes aun pendulaban entre la opción colonial y la de devolver los territorios. El precio de tener que gobernar a otro pueblo que no quería ser gobernado por los israelíes era un precio que no todos estaban dispuestos a pagar. En un aviso publicado en el diario Haaretz el 22 de setiembre de 1967, la hoy inexistente Organización Socialista de Israel publicó el siguiente mensaje:

Nuestro derecho de defendernos ante la exterminación no nos da el derecho de oprimir a otros.

La ocupación implica un gobierno extranjero

Gobierno extranjero genera resistencia

La resistencia genera represión

La represión genera terrorismo y contraterrorismo

 

Las víctimas del terrorismo suelen ser personas inocentes.

Mantener los territorios ocupados nos convertirá en un pueblo de asesinos y asesinados.

¡Salir de los territorios ocupados ya!

Del lado palestino, la reacción inmediata a la ocupación militar fue la resistencia armada. Sin embargo, en 1993 y 1995 el entonces presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Arafat, firmó los acuerdos de Oslo con el entonces primer ministro israelí, Isaac Rabin, dando relevancia concreta a los esfuerzos diplomáticos. Desde entonces, la política palestina pendula entre la resistencia armada (a veces en forma de terrorismo, a veces en forma de guerra) y la resistencia diplomática (a veces vía foros internacionales, a veces vía diálogo directo con los israelíes); entre el ala radical islamista, representada por Hamás, y el ala pragmática y moderada, representada por Fatah.

Pero para el tango se necesitan dos. Y si bien la historia demuestra que las independencias son conquistadas (casi siempre con violencia) y no otorgadas, los palestinos están en inferioridad de condiciones frente a los israelíes, que han venido ganando posiciones en todos los aspectos del conflicto, desde el militar al diplomático y pasando por el económico.

Aunque los palestinos cosechen simpatías en la comunidad internacional, los israelíes mantienen alianzas concretas con las potencias occidentales, que le dan margen de maniobra como mínimo, y mano libre por lo general. Por eso, podrán los palestinos continuar luchando por sus aspiraciones nacionales, pero difícilmente pueda vislumbrarse un cambio que dependa sólo de esa lucha. Más bien será necesario alguna de las siguientes alternativas o cualquier combinación de ellas: cambios internos radicales de la política y sociedad israelíes, que determinen que los beneficios de una retirada de los territorios superen a los beneficios de la ocupación; cambios en las prioridades e intereses de las potencias mundiales, que las lleven a modificar su política hacia Medio Oriente; o cambios simultáneos y alineados en la sociedad israelí y en las potencias mundiales. Tampoco hay que olvidar las alternativas manejadas por la extrema derecha israelí, actualmente en el poder: mantener la ocupación todo lo que se pueda hasta que los palestinos internalicen definitivamente la presencia israelí en su territorio y gradualmente renuncien a sus aspiraciones nacionales, o directamente anexar Cisjordania, en parte o completamente. Esta visión, que se contrapone a la fórmula de los dos Estados, coincide en algunos puntos con la visión de la izquierda no sionista y parte de la opinión pública palestina. Esta postura señala que ya no están dadas las condiciones para la creación de un Estado palestino y que sólo habrá un Estado entre el Río Jordán y el Mar Mediterráneo, pero a diferencia de la extrema derecha hebrea, postula que este Estado deberá ser bi-nacional y con derechos iguales para todos sus habitantes.

Por el momento, todas las opciones están abiertas.

 



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