El círculo se cerró

No sé si Sebastian Bach es su nombre o el de su banda. Tampoco me interesa. Pero ni él y ni los críticos van a echarme a perder lo que viví en el Centenario. No fue como me lo imaginé, quizás porque nunca me imaginé que iba a verlos. Fue así y no podía dejar pasar esta oportunidad.

Actualizado: 20 de marzo de 2010 —  Por: Emiliano Zecca

El círculo se cerró

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No debo ser tan fanático, pensé, porque todavía no me sé ni un tema del Chinese Democracy. Después comprobé que muchos, incluso con bandana en la cabeza, estaban igual. Era obvio que no iba a ser lo mismo. Ya no está Slash y aunque otro venga a ponerse una galera y un pucho en la boca para hacer un solo, no es lo mismo. Tampoco Axl es el mismo. Corre por el escenario, serpentea en Welcome to de Jungle, pero no es igual. Han pasado los años.

Los Guns que me hicieron comprar todos sus discos y aprenderme todos sus temas se rompieron en mil pedazos. Alguien intenta reconstruir algo parecido. Jamás hubiese imaginado, cuando me encerraba en el cuarto a escucharlos en mi adolescencia, que un día tendría a Axl cantando Sweet Child o mine o Paradise City a 10 metros de distancia. Y sin embargo pasó. Alguien me dijo “disfruta, quizás sea la única vez en tu vida que estés frente a una leyenda del rock, viejo y gordo, pero leyenda al fin”. Es verdad.

Aquellos Guns nunca hubiesen venido a Uruguay (quizás suene a consuelo, puede ser). Pero estos, los Guns del tercer mundo, sí. Y aunque no sea lo mismo, salté con todos los temas, canté con mi inglés bastante precario knockin on heavens doors junto a Axl ¿Y quién me quita lo cantado?

Ahora ¿quién era este Sebastian Bach? Ese fue otro de los que me quiso cagar la noche. Era como ver al Pájaro Caniggia con ropa de cuero negra, gritando y haciéndose el Van Halen. Tiró frases como “ti amo Montivídio”. Un vende humo. Todavía, después ya se le fue la moto y dijo que en Río de Janeiro había tenido el peor show de su vida, pero que este de Montevideo era el mejor.

No sé si fue la ansiedad por querer cantar o agitar con algo, porque eran las 12 y todavía los Guns no llegaban, que algunos pocos empezaron a cantar “Sebastian, Sebastian”. Por supuesto que el rubio, que había colgado una bandera de Uruguay en la batería, la agarro y la sacudió un poquito. Metió un par de palabras en español, que tuvieron eco en la gente, y se embaló. Miró el piso, donde se ve que tenía anotado los piques para tirar y dijo “ustodos san rock and roll”. Nadie lo entendió. “Vamos de nuevo”, dijo en inglés y repitió. Infumable.

Un grupo de gordos metaleros se cansaron de putearlo. “Mariconaso bajate de ahí”, le gritaban. Al principio pensé que estaban desubicados. Pero después dejaron de molestarme. Eran divertidos. Lástima que una señora se dio vuelta y los retó. Los cuatro se callaron enseguida. Los metaleros ya no vienen como antes.

Eran la una y diez en el Centenario. Todavía Axl no llegaba. Me dolían las piernas. Tuve que esperar 40 minutos para poder usar el baño y no tenía plata para comerme otro chorizo. Ni que hablar de la cola que tuve que hacer para poder entrar. Pero cuando escuché los primeros acordes de Chinese Democracy me olvidé de todo eso.

Y cuando me preguntaron “You know where you are?”, me di cuenta donde estaba. Todo lo que pasó. La pelea de los Guns, la nueva banda e incluso la profesión que elegí me llevaron hasta ahí. Trece años después de haberlos escuchado por primera vez, será para siempre la noche que vi a los Guns and Roses.