Fue como la película Minority Report. Los protagonistas estaban viendo lo que iba a suceder. Todos sabían en el Estadio que si Nacional no anotaba otro gol Liga lo iba a eliminar. Pero la precognición no sirvió para nada. En la cancha los jugadores no supieron como cambiar la realidad y desde el banco tampoco hubo respuestas. El final fue el que se veía venir.
Los hinchas se miran entre ellos. No merecen lo que les pasa. Estuvieron con el equipo a pesar del tiempo, cantaron, alentaron, dejaron todo. Ahora están empapados pero no les importa. Ya cerraron sus paraguas y se sacaron las capuchas. No pueden creer lo que está pasando.
Los jugadores se miran entre ellos. Están desquiciados. Corren para todos lados, protestan y no controlan sus emociones. Tampoco pueden creer lo que está pasando.
No hay ni rastros del ambiente festivo con el que comenzó el día. Primero el tiempo obligó a suspender la inauguración de la bandera y más tarde el equipo decepcionó en la cancha.
Nacional se despide de la Sudamericana demasiado pronto, en el Centenario y ante un rival de escaso recorrido. La clasificación se le escapó porque fue incapaz de buscar las vueltas a su adversario, de pensar el juego en una cancha pesada e intransitable, de imponer un fútbol más colectivo.
El tricolor caminó por el pretil hasta que se cayó. Jugar al 1 a 1 con las condiciones del tiempo y la cancha como estaba era temerario. Nacional lo hizo. Y lo pagó caro.
Como el mediocampo es lo mejor que tiene Liga, Gustavo Díaz reforzó la zona con Israel Damonte para que colaborara con Maxi Calzada y Facundo Píriz en la recuperación. Con la estrategia, el técnico eliminó al centrodelantero y basó el ataque en los pases de Álvaro Recoba para Gonzalo Bueno y Adrián Luna. Pero el Chino estuvo impreciso y las pocas veces que los extremos pudieron desbordar no había gente en el área.
Entonces Nacional empezó a pelear más que a jugar. El equipo se mostraba desprolijo en el fondo, con escaso juego en el medio y sin peso ofensivo.
Liga de Loja se dio cuenta de cómo jugar un partido que estaba a tiro porque el rival no lo superaba. Y en el primer centro al área encontró la apertura. Tres jugadores ecuatorianos quedaron frente a Jorge Bava porque los defensas no supieron si salir para provocar el fuera de juego o quedarse a marcar. Uchuari aprovechó el obsequio.
La gente empezó a cantar y el equipo respondió en la cancha. En base a un par de desbordes se acercó al arco rival y encontró el empate a los 24 cuando Adrián Luna conectó un centro de Adrián Romero.
Pero la clasificación aún no estaba segura. Liga había quedado a un gol de la siguiente ronda y las condiciones en las que se jugaba, con una cancha empapada y un viento imposible, alteraban el partido. Era evidente que si Nacional no anotaba otro gol iba a padecer. Y, tal vez, a quedar eliminado. Sin embargo, el tricolor no supo cómo modificar la realidad. A los 78 minutos mandaron un centro al área de Nacional, Andrés Scotti no pudo restar y Calderón metió un cabezazo implacable.
Si bien el ecuatoriano está levemente adelantado es una jugada muy fina que se vuelve imperceptible a primera vista.
Con Sebastián Taborda y Matías Cabrera en cancha, Nacional intentó revertir el final de la película sin importar las formas. El descontrol se apoderó del tricolor que se volvió un equipo anárquico.
El último giro de la historia fue en los descuentos. Un centro de Recoba se metió contra el arco de la Ámsterdam pero el árbitro lo anuló por un fuera de juego muy fino de Matías Sosa, que el línea de la América sí vio.
Así terminó el sueño de Nacional. Con un final que pudo ver. Pero que no pudo cambiar.