Por el licenciado Ruben Campero (*)
De esta manera construimos diferencias en términos de polaridades, tales como bueno malo, blanco negro, alto bajo, adelante atrás, asignándole un valor positivo y otro negativo a cada uno de los polos del binomio, y manejando rígidos esquemas con los cuales leemos y apreciamos la realidad (Bourdieu, 2000). De esta manera “sentimos” (sin poder explicarlo realmente) que lo blanco es “mejor” que lo negro, lo alto “mejor” que lo bajo, y lo delantero “mejor” que lo trasero.
Con estos esquemas entonces, aprendemos a leer y apreciar nuestro alrededor, los espacios que habitamos, quienes nos rodean, nuestros propios cuerpos y hasta quienes creemos ser. Decimos por ejemplo que la parte de “atrás” de una casa es mas “oscura” y por tanto más vulnerable a los ladrones, que es mejor mirar desde “arriba” que desde “abajo”, que es más valioso “enfrentar” la vida que “recular”, etc.
El cuerpo también es visto y leído a partir de estos esquemas polares, construyendo una verdadera arquitectura corporal de valores, desde donde se revelan zonas públicas y privadas, áreas mostrables y otras vergonzantes, sectores conocidos de nuestro cuerpo y otros que se constituyen en verdaderas “zonas fantasmas” que jamás hemos visitado.
La polaridad masculino – femenino es otro de los binomios que nos hacen ver la vida en términos de diferencia y no de diversidad. A quienes creemos que encarnan el polo masculino, tendemos a verlos como importantes, valiosos, activos, fuertes. Mientras que a quienes asumen el polo femenino, los valoramos sin darnos cuenta como secundarios, accesorios, pasivos, débiles. Pensemos si no en cómo vemos a un empresario y su secretaria, a un padre de familia y a un ama de casa, a un hombre masculino y a uno afeminado.
De frente y por atrás
Si nos paramos ante a un quiosco de revistas observaremos que las mujeres, a diferencia de los hombres, aparecen representadas por sus cuerpos en términos sexuales. Muchas fotos son tomadas desde atrás, exhibiendo las nalgas (y un poco las mamas) como uno de los atributos más importantes de ese cuerpo exhibido. La cara prácticamente no aparece, despojando de toda identidad a esa mujer, para transformarla en un mero cuerpo consumible y “faenable”, en un cuerpo sin metáfora, en “nuda vida” (Agamben, 1998) que admite ser violentada.
Por su parte los hombres son fotografiados en variados contextos. Sus cuerpos en general aparecen vestidos, en planos frontales (a lo sumo de perfil) y pocas veces de cuerpo entero. La intención de las fotos es solo ilustrar la noticia sobre lo que un hombre piensa, dice o hace, pero nunca sobre su cuerpo o la calidad del mismo, y mucho menos en sus planos traseros.
Probablemente el predomino de planos frontales al fotografiar hombres para medios gráficos, sugiera que el encarar, enfrentar, mirar hacia delante, dar la cara, defender el honor sin vergüenza, representan valores positivos que asociamos con la masculinidad hegemónica (1). Con ese hombre de pocas palabras que jamás va por detrás, que mira con seguridad, que no teme la batalla, que va de frente.
Es por eso que todo lo trasero, lo que viene por la retaguardia, la puñalada por la espalda, el “dedo en el culo” cuando nos dicen algo incómodamente cierto. Así como también los cuernos puestos a espaldas del marido, el ser “sentado” por el jefe, el tener “guardaespaldas” o ser penetrado por otro hombre, puede que nos hable ya sea de valores negativos (“anti-masculinos”) o de aspectos débiles y vulnerables de la masculinidad, esos que el imaginario social localiza en áreas posteriores o traseras del cuerpo de los hombres.
Las mujeres que son procesadas visualmente como objeto erótico para hombres, son mostradas en general desde atrás. De esta manera se lograría asociar lo trasero con lo femenino, marcando con ello todo lo que lo masculino no puede ser. En lo “trasero” del cuerpo se va a depositar todo lo repudiado por la masculinidad hegemónica, todo lo que un “verdadero hombre” no debe ser. Por eso se va a temer siempre la “puñalada por la espalda”, el retorno de eso repudiado, que fue depositado sin más en la “trastienda” de lo masculino. Contenidos rechazados que ese cuerpo así visto como de mujer, con nalgas y sin cara de las portadas de revistas, viene a representar. Cuerpo que al producirse eróticamente para hombres heterosexuales, decreta lo que lo masculino no puede ser.
Con ese movimiento de desembarazarse de toda posibilidad de ser un cuerpo con parte trasera, descargándola en lo femenino, se genera la fantasía que lo masculino tiene el control exclusivo de lo frontal, lo delantero y la acción. Quizás por eso se dice de un hombre que “conquista” mujeres que “hecha pa` delante”. Quizás por eso muchos hombres aceptaron y aceptan “ir al frente” para defender a sus naciones en insensatas guerras.
Las mujeres, al ser producidas como cuerpos abordables por detrás, se transforman automáticamente en objetos pasivos a ser tomados por un sujeto (masculino) que se auto adjudica el domino de lo delantero, de tomar lo frontal como su zona “natural” dentro de la arquitectura corporal, para así controlar otros cuerpos decodificados como inferiores.
Por su parte, sobre los hombres que se vinculan afectiva y eróticamente con otros hombres, sólo se piensa que utilizan su ano con el fin de la penetración. Nuevamente la masculinidad hegemónica produce estereotipos para exorcizar sus propios temores. En efecto, estos hombres que aparentemente utilizarían sus zonas corporales traseras para gozar, pasan también a representar todo lo que lo masculino hegemónico no puede ni debe ser, en tanto “se hacen dar por atrás”. El cometido central del ideal masculino es morar en el frente, tomar control, conquistar, penetrar, ir hacia adelante, jamás recular, a riesgo de traicionar esa tradición sectaria que lo masculino hegemónico suele entrañar.
La mirada por delante
Esta condena de lo masculino a solo avanzar, a nunca retroceder ni rendirse, a tener que “sacar pechera” en tanto acto corporal que simboliza el dominio de lo delantero, obligaría a muchos hombres a sobrevalorar la mirada en tanto sentido que escudriña lo frontal, que permite el control de los otros y de lo que discurre por delante del propio cuerpo.
Mirar se torna entonces en un acto de dominio. Mirar para vigilar, manejar, atrapar, conquistar. Mirar para que la persona mirada sienta “los ojos en la nuca”, para que sienta su cuerpo como algo a ser escrutado por esa mirada que valora, califica, elige. Mirar para recordarle a lo mirado su “natural” posición de objeto en las relaciones de poder.
Lo dicho podría observarse en la forma en que lo masculino hegemónico mira y construye sus objetos eróticos, en tanto ver tan solo “un par de tetas” o “un culo”, y pocas veces una persona con cuerpo y actitud sensual.
Esta mirada masculina se constituye entonces en arma blanca, en instrumento de corte (Gil Calvo, 1991) que parcializa el cuerpo que dice erotizar para dominarlo, para constituirlo en mera carne sin subjetividad. Nuevamente, las nalgas y mamas sin cara de las revistas exhibidas en los quioscos, serían una terrible evidencia de lo planteado.
Mirada entonces que utiliza el erotismo para dominar, para marcar territorios corporales, para conquistar cuerpos. Mirar para no ser mirado, y evitar convertirse en carne pasiva, en objeto mirable. El terror a ser él mismo presa del domino escópico masculino, hace que el hombre proyecte rápidamente tal posibilidad en “los otros”, en esos cuerpos-carne así constituidos por su mirada que serán abordados por atrás (mujeres, hombres no masculinos, no heterosexuales, etc.)
Dicho temor masculino a convertirse en objeto pasivo-mirable, hace que muchos hombres tengan dificultades para dejarse mirar, y que en su lugar solo puedan exhibirse. De esta manera logran correrse defensivamente de una posición sentida como pasiva (ser mirado) para rápidamente “tomar las riendas”, “adelantarse” a la mirada, y mostrase desde una actitud de control de la situación. Ser mirado logran transformarlo de esta manera en algo activo por el acto de la exhibición.
Por lo anteriormente dicho, es probable que la exhibición callejera tanto corporal como verbal de muchos hombres (desde el alarde, la bravuconería, los “piropos” a mujeres, etc.) manifieste un intento de marcar expresamente la actitud activa del “hacerse ver”. Exorcizando así las posibles inhibiciones que podrían suscitarse si fueran mirados, elegidos y solicitados eróticamente por una mujer, en tanto quedarían realmente “desnudos” al ser colocados en una posición de cuerpo pasivo-mirable.
Mirar hacia atrás
Tanto marcar el camino de un supuesto progreso, mirar hacia el frente, ir de frente, y hacer frente a la vida, como “todo un hombre”, ha dejado a muchos cargando con jorobas simbólicas, compuestas de todos aquellos miedos que han tenido que ser ignorados y proyectados en “otros”, para poder ser un masculino funcional.
Junto al cambio que las mujeres vienen desplegando, los hombres deberán comenzar a mirar hacia atrás, aprendiendo a mirar de otra manera, a erotizar los cuerpos de otra manera. Deberán aprender a habitar y simbolizar el propio cuerpo con menos prohibiciones y peligros de humillación. Desde alternativas más diversas que eviten concebir lo masculino solo como un pene que debe “echar pa` delante” y penetrar cuerpos, temiendo paranoicamente ser penetrado (real y simbólicamente) por otro pene desde la retaguardia de su arquitectura corporal.
Los hombres al frente han venido muriendo en tontas guerras a lo largo de la Historia. Es hora de mirar las heridas sin paranoia, descubriendo un cuerpo sensible y no solo vulnerable, un cuerpo mirable y no solo exhibible, un cuerpo con espalda y nalgas y no solo con un frente público. Un cuerpo en definitiva para sentir, y no solo para enfrentar.
(1)Modelo de masculinidad que se impone y reproduce como práctica e identidad de género ideal y obligatoria en todos los hombres, para legitimar así una sociedad patriarcal que permita justificar y tomar como natural la dominación de los hombres sobre las mujeres (Connell, 1995) y “otros” hombres, esos que ocuparán posiciones subalternas en comparación con el ideal masculino.
Bibliografía consultada
Agamben, Giorgio (1998) Homo sacer: El poder soberano y la vida desnuda, Por-textos, Valencia.
Bourdieu, Pierre (2000): La dominación masculina, Anagrama, Barcelona.
Connell Robert (1995) La organización social de la masculinidad. En “Masculinidad/es. Poder y crisis”, 1997, Isis Internacional, Santiago.
Gil Calvo, Enrique (1991) La mujer cuarteada, Anagrama, Barcelona.
(*) Psicólogo – Sexólogo – Docente - Esp. en Género
Doctorando en Psicología (Univ. UCES – Bs. As.)
Integrante de Sexur.
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