“Uno puede rebelarse pero tiene que estar a la altura"

La periodista argentina Leila Guerriero está convencida que las crónicas son una forma de hacer arte. “Yo no creo que haya nada más sexy, feroz, desoplilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad”, dijo la profesional que se ha desempeñado en El País de Madrid, La Nación de Buenos Aires, Vanity Fair de España, las revistas colombianas Malpensante y Gatopardo, y la peruana Etiqueta Negra.

Actualizado: 05 de abril de 2009 —  Por: Matilde Marti

“Uno puede rebelarse pero tiene que estar a la altura"

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La lista continúa con publicaciones venezolanas, chilenas, mexicanas, francesas y portuguesas. Es que “si hubiera un concurso entre periodistas para ver quién publicó más notas en medios prestigiosos del mundo, creo que Leila tendría una ventaja muy difícil de descontar”, dijo el periodista Leonardo Haberkorn cuando presentó a Guerriero en el auditorio de la Universidad Ort, previo al inicio de la conferencia denominada “¿Dónde estaba yo cuando escribí esto?”.

Leila Guerriero logró escapar del periodismo de agenda y adentrarse en extensas y atemporales crónicas. La razón quizá se encuentre en la adolescencia de la periodista, nacida en 1967 en Junín, provincia de Buenos Aires. Haberkorn contó que al terminar la secundaria ella “había leído cientos de libros y consumía decenas de diarios y revistas”. Comenzó a trabajar en el medio en 1991, cuando llevó un cuento de ficción a la revista Página 30 (editada por el diario Página 12) con la intención de que se publicara en un suplemento literario del periódico. Sin embargo, al director del diario Jorge Lanata “le pareció tan bueno el cuento que lo publicó en la contratapa del diario, y pocos meses después, le ofreció lo que fue el primer trabajo de Leila”, narró Haberkorn.

“Ella cree que el peor pecado que puede cometer un periodista gráfico es construir textos aburridos, monótonos, sin climas ni matices, limitarse a ser preciso y serio”, dijo Haberkorn. “Leila es una periodista atípica hoy, lo que hace es desaconsejado: ella escribe largo, sin recuadros, y si sus notas tienen fotos o no, más o menos da lo mismo”.

Cuando se le pregunta cómo aplicar una escritura creativa al periodismo, Guerriero se asombra. “¿No vivimos de narrar historias? ¿Hay otra forma de contarlas, que no sea contarlas bien?”, pregunta.

Está convencida de que el periodismo debe usar todos los recursos de la narrativa, con la excepción de la invención. “Mi caja de herramientas tiene la parquedad del maletín de un forense”, confiesa, “llevo los huesos del idioma, cuatro adjetivos, todos los signos de puntuación y pocos credos: que menos es más y que las cosas se dicen mejor cuando se dicen poco”.

Previo a usar esas herramientas, se debe cumplir un paso no menor: elegir un tema. “Me pasa mucho que veo que hay asuntos muy repasados por la prensa y que, sin embargo, sigue sin saberse nada”. Citó como ejemplo la historia del gigante González, un argentino que padece acromegalia, una enfermedad crónica que produce un desproporcionado crecimiento de las extremidades: González a los 16 años medía más de dos metros. Tuvo un fugaz pasaje por el basketball argentino, donde fracasó por su lentitud; luego se desempeñó en Estados Unidos en lucha libre y más adelante en actuación. Llegó a ganar 350 mil dólares al año, pero después tuvo una crisis económica y en la actualidad, está diabético y vive en su humilde casa en El Colorado, Formosa.

“Las crónicas que leía sobre él siempre estaban justificadas en que le había pasado algo: un pico de presión o de diabetes. Cuando lo trasladaban a Buenos Aires, lo paseaban por todos los suplementos deportivos, hasta por el programa de Susana Giménez”, contó Guerriero. “No se sabía nada de este tipo: ¿de dónde había salido?, ¿siempre supo que tenía acromegalia?, ¿tenía hermanos?”, cuestionó. Cuando ella se interesa en ese aspecto de la vida de las personas, nota que los propios entrevistados se asombran.

La crónica deportiva le despierta un singular interés: confiesa que le encantaría entrevistar a Batistuta o a Riquelme, aunque aclara que no sabe nada de fútbol. Está segura que nunca les preguntaría sobre su último gol o si se pelearon con Maradona. “Quiero saber dónde crecieron, cómo pasaban las Navidades, si conservan algún objeto de su infancia, si compran ellos mismos la verdura”.

Guerriero se tomó de ese ejemplo para afirmar que los periodistas pecan con su falta de curiosidad, y por ende, caen constantemente en la obviedad, aseveró.

Entiende que dar un buen tiempo a un periodista para que escriba una crónica no debería ser la excepción a la regla, sino la regla misma. Dice que cualquiera puede rebelarse ante su editor y enfocar la nota desde otro punto de vista. “Pero uno debe estar a la altura”, aclara. “Yo edito Gatopardo para el Cono Sur, a veces un periodista me pide cuatro meses para hacer una crónica y se los doy. Después me doy cuenta que lo que me entrega lo investigó en una semana y lo escribió el domingo entre Fútbol de Primera y el informativo de la medianoche. Uno tiene que estar a la altura”, repite.

En su caso, Guerriero se toma un buen tiempo para cada artículo que escribe. Si bien trabaja en varios temas simultáneamente, la investigación previa nunca le lleva menos de dos meses. Asegura que el periodista no llega a conocer a la otra persona con una sola entrevista, aunque sea de seis horas. Por eso, ella plantea varios encuentros, no sólo con “el objeto de su crónica”, como lo llama, sino con su familia y amigos. Pregunta muy poco: “siento que cada vez más es una labor permanecer. Pretendo estar con la gente durante tanto tiempo hasta que baje sus barreras y se olvide, no de mi rol de periodista, pero sí de sus defensas”. Para marcar esa distancia, confiesa, ella no usa grabador digital sino cassette de cinta: “capaz que es una estupidez, pero siento que el gesto de parar el casete y darlo vuelta, le recuerda a la persona que está hablando con una periodista, y no con una amiga”.

Asegura que el arte del buen cronista empieza fuera de su casa, con días, semanas o meses junto al objeto de su crónica, “cazando situaciones, tomando notas de cada detalle y volviéndose voluntariamente opaco. Sin esa actitud de acecho discreto, nunca traicionero, no hay crónica posible”.

Luego de esas largas y muchas veces aburridas jornadas, llegan otras, igual o más extensas. La periodista dice que se interna en su apartamento de 36 metros cuadrados, y trabaja durante 12 o 16 horas de corrido. “Mi vida no es improvisada, veo a mis amigos sólo por agenda, casi no tengo fines de semana. Durante los días en que escribo, no miro mails, no hablo por teléfono, no salgo de mi casa, vivo con la concentración de un monje budista”. A pesar de esas actitudes, sostiene que no está de acuerdo con la imagen de periodista que sufre: “yo escribo de día, hago gimnasia, casi no fumo, no tomo café”, justifica.

Está segura que luego de la investigación del objeto y de la permanencia a su lado, un periodista dedica varios días a pulir frases y mover párrafos, a trabajar en la sonoridad de la crónica hasta lograr que fluya. Concluye que su única respuesta es desesperante: “es eso que se llama intuición y que, si bien no está exenta de esfuerzo, es intransferible”.