“Apenas creo en la penicilina”

Marcelino Duffau nunca había visto teatro cuando fue seleccionado para estudiar en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Se acercó motivado por conseguir boletos gratuitos junto a un amigo del barrio que quería comenzar la carrera. Hoy tiene más de 140 direcciones teatrales en su haber. Entre ellas, su última creación: "Un informe sobre la banalidad del amor" que se presenta en el Teatro del Anglo con la actuación de Bettina Mondino y Sergio Pereira.

Actualizado: 10 de junio de 2013 —  Por: Virginia Díaz

“Apenas creo en la penicilina”

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- Yo quedé ese año y él no. Como sería mi ignorancia que en una de las pruebas me pedían que hiciera una pantomima y tuve que preguntar qué era eso. Fue en 1970. Yo era aspirante a jugador de fútbol…

- Aspirante a jugador de fútbol…

- Todos queríamos ser Fernando Morena. Jugué en Boston River y practiqué en Liverpool. El primer año de la Escuela jugaba fútbol y hacía teatro. En un momento tuve que dejar.

- ¿Eras bueno?

- Tuve un problema en la pierna. Una era de palo y la otra era de yeso. Jugaba bien, dicen. Pero en el teatro encontré un universo nuevo. No tenía idea que existía el hecho teatral, las barras de amigos, el boliche. Como me fue bien la propia corriente me fue llevando.

¿Te acordás cuál fue la primera obra que viste?

- Sí. En el Teatro Solís. Sabía dónde quedaba porque allí se impartían las clases de la EMAD. Me acuerdo que vi a Orlando Tocce y Blanca Burgueño con Filomena Marturano. Quedé boquiabierto porque no me imaginaba que el teatro era así. Me llamó mucho la atención quién era que decía qué era lo que tenían que hacer los actores: que salieran, que entraran, que se sentaran o que se quedaran de pie. En definitiva de una manera muy pedestre fue lo que descubrí.

- ¿Nunca pensaste en ser actor?

- No. Me vinculé a la dirección porque soy muy vergonzoso. Sufrí mucho con los cursos de interpretación.

- ¿Qué recordás de tu primera dirección?

- Fue en Perú. Estaba asustado pero tuve la suerte de armar un elenco con actrices que conocía, de muy buen nivel. Hicimos "La Casa de Bernarda Alba". Fue un gran éxito. Ahí me recibí de director, digo yo.

- ¿Qué tiene que tener una obra para que la dirijas?

- Me tiene que gustar. Tiene que haber un equilibrio entre el contenido de la obra y la forma. Y sobre todo, tengo una premisa desde hace muchos años, hago teatro porque lo adopté como mi profesión pero también lo realizo para pasarla bien. No trabajo en un elenco con el que tenga que sufrir. Si es así, me voy o si tengo los derechos de autor, te pido que te vayas.

- ¿Te pasó alguna vez?

- Sí. Un par de veces. Todos los que trabajan conmigo lo saben. Dirigí un porcentaje altísimo de actores y algunos muy importantes. A ellos les estoy muy agradecidos porque cuando empecé aprendí mucho escuchándolos, observándolos, teniendo en cuenta sus opiniones.

- Con los años fuiste ganando experiencia...

- Sí. Pero cada obra es un mundo nuevo y siempre la última es la más difícil de dirigir mientras que la primera, la más fácil.

- ¿Y eso?

- En la primera nadie te conoce. Después te toman el olfato. Trabajar tantos años te obliga a ser cada vez más riguroso con uno. Siempre se está rindiendo examen con el público -que a veces te apoya y otras veces no-.

- Con Barro Negro le pegaste en el clavo...

- Sí. Son 22 años ininterrumpidos. Pasaron unos 90 actores. Cuando hacemos una obra de teatro todos aspiramos a que el trabajo lo vea la mayor cantidad de gente posible. Con Barro Negro la gente nunca se acaba. Hacer una obra en un ómnibus fue raro en ese entonces. En Uruguay hay una cultura de ómnibus y es algo que dominamos muy bien. Si la obra trascurriera en un avión, si no viajaste en uno entonces no dominás los códigos. La realidad es el motor de la propia pieza. Para mi es un orgullo. Espero que cuando me muera, la obra siga.

- En mayo estrenaste "Un informe sobre la banalidad del amor"...

- Está basada en diferentes estudios y libros pero es una ficción. Es un dramaturgo y periodista argentino, Mario Diament, que vive en Estados Unidos. La pieza aborda la relación entre Hannah Arendt, escritora judía y comunista, y Martin Heidegger, filósofo nazi. Una relación de amor que duró hasta los últimos días desde el punto de vista carnal y afectivo. Es un tema apasionante porque si uno lo piensa fríamente: un nazi –aunque él niega que lo es pero fue rector de la Universidad durante el nazismo- y una judía. Hay un doble enamoramiento: uno intelectual y la atracción física y el amor. Cuando el amor se desboca es Romeo y Julieta.

- ¿Tenés alguna cábala?

- No. Soy totalmente ateo, agnóstico, apenas creo en la penicilina. Sé que hay colegas que las tienen y llevan ruda o no utilizan el color amarillo o hay palabras prohibidas en el escenario.

- ¿Se te pasó por la cabeza dejar la dirección?

- No. A veces me caliento como en cualquier trabajo. Pero son broncas momentáneas. Sobre todo con las dificultades que hay. Se trabaja muy mal.

- ¿En qué sentido?

- De buscar productos que sean profesionales. Yo propugno por el teatro profesional y que el artista pueda vivir de ella. No se debe trabajar gratis porque uno primero es trabajador y después un artista. Hay una plaza saturada de espectáculos con un porcentaje un tanto alto de espectáculos de mala calidad.

- ¿Pensás que esos espectáculos indirectamente te perjudican?

- Sí, claro. Que vos mañana hagas una obra y te salga mal, yo que no tengo nada que ver, me perjudica. Una persona que sale descontenta no vuelve enseguida al teatro o no vuelve nunca. Entonces es un pelotazo contra mí. Todo el mundo quiere hacer teatro, pero lo que nunca se preguntan es: ¿Todos podemos hacer teatro? Todo el mundo quiere ser futbolista: ¿Todos podemos ser futbolistas? Yo de mi te digo que no.