Diego Muñoz

Qué hicieron con Peñarol

Peñarol vive el peor momento de su historia. Después de una larga cadena de errores y de una mala conducción general, la institución está sumida en un caos organizativo.

Actualizado: 01 de junio de 2009 —  Por: Diego Muñoz

Ver como está Peñarol duele. ¿Cuántas humillaciones más va a vivir el hincha? ¿Cuánto tiempo más va a resistir? Son preguntas sin respuesta. Lo que sí se sabe es que la hinchada de Peñarol es lo mejor que tiene el club. Nunca dejó solo al equipo y aún en los peores momentos alienta. Los poquitos que insultaron a los jugadores son una nimiedad al lado de un pueblo que la pasa mal pero se la banca. Ese pueblo es lo más genuino que tiene Peñarol hoy. Casi lo único.

Es que el desastre en el resto del club es generalizado. Empezando por la cabeza. Con la muerte de José Pedro Damiani, se terminó la independencia con el principal grupo de poder del fútbol uruguayo. El contador no tuvo miedo de enfrentarse a Casal y mal no le fue. No ganó, es cierto. Pero tampoco se arrodilló. Cuando le robaron a Carlos Bueno, Cristian Rodríguez y Joe Bizera, se plantó y peleó. Trajo a Gregorio Pérez y contrató jugadores que no venían del Grupo. Con eso, goleó dos veces a Nacional y peleó el uruguayo hasta el final, cosas impensadas hoy.

Desde la muerte de Damiani, su hijo se hizo cargo de la institución. El mismo Juan Pedro Damiani que había sido elegido vicepresidente en el último mandato de su padre y que había renunciado, se inventó un cargo de coordinador institucional y empezó a mandar.

Una de sus primeras decisiones fue acercarse de manera obscena a Francisco Casal. Dejó de lado frases como “sabés cuántas veces quise romper el contrato con Tenfield” que dijo en el programa Deporte Total, para sentarse a la mesa del mismo que le había robado tres jugadores a su institución y a su padre. Peñarol nunca vio un peso por la partida a Europa de Bueno, Bizera y Rodríguez. "Hay que mirar para adelante", fue la explicación de Juan Pedro.

Siguió las órdenes de Casal, echó por teléfono a Gregorio Pérez y contrató a Gustavo Matosas. Así empezó un vínculo que nadie sabe cuánto le va a costar a Peñarol de futuro pero que le dio en el presente jugadores de Casal y hasta un comité de “Amigos de Paco Casal” que lo apoyó en las elecciones.

Carlos Bueno, el mismo que se había ido sin autorización del contador Damiani, volvió porque no tenía cuadro en ningún lado del mundo. Peñarol lo recibió con los brazos abiertos. Llegaron más refuerzos pero el equipo no fue campeón. Terminó segundo, igual que cuando Peñarol no había tranzado.

“Quiero equilibrar las cuentas y no quiero hipotecar el futuro”, dijo Juan Pedro. Sin embargo, el plantel de Peñarol es el más caro del medio. El verso de que en Peñarol hay recortes no es real. Bajo su presidencia se pagaron sueldos de 40.000 dólares y actualmente se pagan contratos de 20.000 dólares. Y alguno de los que ganan ese dinero, ni siquiera ocupan un lugar en el banco de los suplentes.

Algo anda mal si una institución tiene un pasivo de más de 10 millones de dólares y su principal acreedor es su presidente.

A comienzos de 2009 pudo cumplir el sueño de contratar como DT a su debilidad: Julio Ribas. Lo trajo y fue un grave error. Con el argumento de que Ribas trabaja e impone respeto y disciplina, cosa que no está en discusión, incorporó un técnico que juega a no jugar y que su frase de cabecera es que “ganar es lo único”. Está claro que su objetivo no lo cumplió.

El hincha debe tolerar a un entrenador que hace jugar a Peñarol como un cuadro chico, con diez en defensa y uno en ataque y que en vez de hablar de fútbol insiste con que sus jugadores son gladiadores. Un técnico que confirma el equipo 10 minutos antes de la hora del inicio de los partidos como si estuviera escondiendo la fórmula de la Coca Cola, que le contesta de pesado a la prensa, que dirige con zapatos de fútbol y que arma entrenamientos con otros equipos en los que echa a los árbitros para cobrar él. Para el profesionalismo que Damiani dice pretender de Peñarol, eso no ayuda. Aunque todo eso quedaría en un segundo plano si el equipo jugara bien, pero no juega a nada. ¡A nada! Humillado en la Copa Libertadores y con cuatro derrotas consecutivas en el fútbol uruguayo, una contra un equipo que pelea por no descender, otra con un baile escandaloso y las dos restantes de atrás. Para colmo, en el último clásico el hincha aurinegro se tuvo que bancar un sistema de juego inadmisible para un equipo con la gloria de Peñarol.

La más fácil es culpar a los jugadores.¿Qué salen de noche? ¡Que barbaridad! ¿Qué hay fotos con mujeres en la vuelta? ¡Que espanto! ¿Qué toman alcohol? ¡Que bochorno! Por suerte llegó Ribas para terminar con esas “aberraciones”. Ahora viven encerrados y miren cómo les va.

Algunos plantean como solución que jueguen los juveniles pero olvidan un detalle: en Tercera Peñarol está último. En Los Aromos hay un grupo de jóvenes que entrena pero que no compite en los torneos AUF. Dicen que son el futuro pero por ahora es un equipo invisible. Nadie los ve.

La salida no es fácil. Para peor Nacional y Defensor están en la Copa y le sacan cada vez más ventaja deportiva e institucional. La que más duele es la de su tradicional rival. Con una cancha preciosa y algunos éxitos deportivos. Los 1.354 votos con los que Damiani accedió a la presidencia en las últimas elecciones es una muestra del desinterés de los hinchas por estas instancias. ¿Es lógico que en un club como Peñarol voten poco más de 3.000 personas? ¿Es representativo Damiani de la hinchada de Peñarol? Y en caso de que lo fuera, el hecho de que los hinchas rueguen para que se vaya Ribas, ¿no debería hacer reflexionar al presidente?

“Si queremos ser creíbles, serios y respetuosos, lo mínimo que tenemos que hacer es tratar de respetar los proyectos. Julio tiene toda la confianza de la directiva”, dijo Damiani en El Observador, aclarando que el contrato por tres años de Ribas se va a respetar. La persona que habla de credibilidad, es la misma que cantó hace tres años “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de Casal”.



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