Tiene formato de almanaque, porque surgió como forma de no perder la noción del día en que vivía. Pero al incorporarle anotaciones con los principales acontecimientos del mes, algunas en forma críptica, se convirtió en un registro primero personal y luego general sobre los 4.646 días que pasó en prisión, la mayoría en el penal de Libertad, la mayor cárcel de presos políticos en la América Latina de los años 70.
Jorge Tiscornia, hoy de 70 años, tenía 27 cuando fue detenido por integrar el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.
Su primer destino fue la celda de un cuartel, donde a partir de una hoja cuadriculada elaboró un almanaque.
"Cuando uno está preso, en un calabozo, sin luz natural, no sabés la hora y a los pocos días que pasan uno empieza a perder la noción de en qué día vive", recordó sobre ese primer registro, que perdió durante un traslado.
Tras ingresar al penal de Libertad, en enero de 1973, sintiendo que ese sería su destino durante mucho tiempo, comenzó la versión que luego sobreviviría al paso del tiempo.
El primer mes incluye lo que recordaba de los meses anteriores. Luego llega la primera carta que escribe, la primera visita, cuánto duraban los recreos o cuándo -después de casi nueve meses- los autorizaron a tomar mate.
"El almanaque fue sucediendo con el tiempo, con la vida y los acontecimientos de la cárcel", explicó Tiscornia a la AFP. "Y la necesidad de registro fue complejizándose y cada vez aparecieron más cosas".
Así, la mención a las vacunas o las películas que proyectaban alternan con menciones a las autoridades o guardias, cambios en el reglamento interno y enfermedades o muertes de compañeros de cautiverio -todos presos políticos, en una cárcel con capacidad para casi 1.400 reclusos-.
"Creo que era tratar de conquistar el día a día y a su vez no olvidar lo que estaba pasando. Esas anotaciones me servían de guía, de anclaje para la memoria", reflexiona quien asegura que "no fueron años perdidos" sino que fueron vividos de otra manera.
Los zuecos
Al principio no pensó en esconderlos. Pero consciente de que estaba incorporando cosas que podían ser censuradas, construyó unos zuecos de madera, los partió a la mitad y fue guardando en su interior, perfectamente doblados y envueltos en nylon, los pequeños papeles de liar cigarrillos.
"Usaba los zuecos para ducharme", contó, recordando que "estuvieron siempre contra la pared, a la vista de todo el mundo".
Ni siquiera él se ocupó de los almanaques que había guardado con tanto celo cuando fue liberado el 10 de marzo de 1985, con el regreso a la democracia. "Me reincorporé a la sociedad (...) todo quedó en una bolsa por muchísimos años".
Fue en 2000, ante una discusión con antiguos compañeros sobre algo que había pasado en el penal, que acudió a los almanaques, cuya existencia los demás desconocían. "Fuimos, partimos los zuecos y los rescatamos, con la sorpresa de todo el mundo", recordó. "Y esos zuecos los tiré".
El almanaque saltó a la luz pública en 2012, con el documental "El almanaque", del también excarcelario José Pedro Charlo.
Ahora estos prolijos papeles de fumar escritos con rotulador negro fueron reconocidos como patrimonio documental por el programa Memoria del Mundo de la Unesco, que celebrará un acto en Montevideo el viernes para certificarlas.
Esta "memoria viva de muchos años de aislamiento (...) deja traslucir la fuerza de la constancia en condiciones de encierro", sostiene la organización.
"Hoy me toca dejarlo ir", dice Tiscornia. "Que siga su camino y sirva para reconstruir una época".
(AFP)