La cara de fastidio de Pablo Bengoechea, la sonrisa desprovista de motivos de Luis Aguiar, la resignación de Marcelo Zalayeta, son imágenes elocuentes al final de la tarde en Maldonado. Peñarol dejó escapar la victoria y la punta ante un Atenas digno y peleador.
Como una aparición fantasmal, Peñarol se dejó ver como equipo ante Defensor. Antes y después de aquella tarde los de Bengoechea son capaces, como máximo, de mostrar sus intenciones de respetar la pelota, de llegar por los extremos, pero no despegan. La velocidad de Urretaviscaya o la inteligencia de Zalayeta salieron al rescate varias veces de un equipo que no dudó en colgarse del travesaño para conseguir los puntos.
Es Peñarol un cuadro desvencijado. Con un golero como Migliore que no ofrece ninguna garantía, con un carril derecho que, juegue quien juegue, es una invitación al ataque, con un volante de contención como Píriz que recupera 100 pelotas pero entrega mal 99 y con un ataque demasiado rutinario si sus figuras no están en una buena tarde.
Esa realidad volvió a quedar en evidencia frente a Atenas. El Carbonero tuvo más la pelota, generó oportunidades, pero jamás lució prolijo. Para colmo, bastó un ataque para que lo jaquearan y luego, preso de los nervios, no reparó en las formas.
Cierto es que Bengoechea está recibido de técnico, no de mago. Solo Aguiar y Urretaviscaya se incorporaron para el Clausura. El resto de los nombres estuvieron a disposición de Jorge Fossati en el Apertura y terminaron a 17 puntos de Nacional. Pero el entrenador se conformó con las incorporaciones que tuvo, echó mano a algunos futbolistas que Fossati no consideraba y decidió ir a la cancha. Ahora, tras la novena fecha, está en su peor momento y deberá reaccionar cuanto antes para llegar al final con posibilidades.
Peñarol empezó el partido con su dibujo táctico habitual y el esquema de siempre. Intentó generar por los extremos y romper por el medio con la presencia de Zalayeta, Pacheco o Aguiar. A los tres generó la primera posibilidad de gol.
Atenas respondió con un ataque por izquierda y expuso por primera vez en la tarde a Albín.
Luego del buen arranque de ambos, el nivel decayó de forma considerable. Ningún equipo parecía lúcido para atacar a su oponente ni para salirse de lo previsible. Para peor el pasto deteriorado y seco dificultaba la fluidez del balón.
Sin salida por los extremos, con Pacheco sin claridad y con un Píriz que recuperaba tantos balones como los que perdía a la hora de entregar, Peñarol era incapaz de hilvanar ataques con eficacia.
Todo se volvió deslucido y Atenas era el que sacaba más rédito de ese panorama.
En el segundo tiempo Arias detectó las concesiones que daba Peñarol a espaldas de Albín y puso a Rafael Acosta para correr por allí. Un minuto después de su ingreso, Leandro Sosa le metió una pelota perfecta y Acosta sacó un tiro al palo del arquero. Migliore se equivocó feo de nuevo y Atenas se puso en ventaja.
Los nervios se apoderaron de Peñarol. Bengoechea sacó a Albín y a Antonio Pacheco, de flojo partido, y puso a Juan Manuel Olivera y Nahitan Nández.
Pero el empate no vino por mérito de Peñarol sino por un horror de Gonzalo Castillo que intentó un despeje innecesario cuando detrás estaba solo el arquero Martín Barlocco. La jugada derivó en un córner que Urretaviscaya transformó en el 1 a 1 a los 67 minutos.
Tras el empate el Carbonero sintió que era momento de seguir de largo. Sin reparar en el juego se lanzó arriba y durante cinco minutos colonizó el área rival.
Atenas sintió el impacto del gol y, sobre todo, de cómo llegó el gol. Pero una vez que lo asimiló consiguió alejar la pelota de su arco y con Sosa como estandarte el equipo de Arias no pasó dificultades en el tramo final.
Peñarol está en una situación comprometida y sin tiempo que perder. Se le viene Wanderers, ya mira de reojo el clásico de la fecha 12 y sabe que para estar en las finales no tiene otra que ganar el Clausura.