Pampinak muestra sus hilos con Kolia

Martín L. Romanelli, director de Pampinak, habló con 180 de Kolia, su nuevo espectáculo. Una gran apuesta del grupo, que deja el teatro negro, en busca de su “poesía” inicial. Salir “de un lugar de comodidad” para “buscar la esencia”.

Actualizado: 30 de junio de 2015 —  Por: Mauricio Erramuspe

180: ¿Por qué tomaron la decisión de mostrar los 'hilos de la marioneta'?

Martín L. Romanelli: Hace muchos años con Bosquimanos hicimos un espectáculo sin luz negra que es lo que más nos caracteriza. En este caso me pasó que necesitaba salir del lugar de comodidad, deshacerme un poco como artista, proponer otro juego. Ya en El truco de Olej hacíamos una pequeña muestra de manipulación con la luz prendida para que la gente viera un poco y todo el mundo decía que le encantaba vernos trabajando.

Obviamente trabajar a la vista nos da otras posibilidades estéticas, expresivas. Era interesante para nosotros en el proceso de trabajo poder recorrer esas posibilidades. Con mi padre siempre hablo de lo mismo, le digo que para mí cada estreno es como un examen de la Universidad. Si no me pongo dificultades adelante, no crezco.

La idea era esa, poder abrir un poco más el juego y aprender. Sobre todo, aprender. Está siendo una experiencia muy enriquecedora desde todo punto de vista. Hicimos hasta un taller de luthería, fabricamos guitarras con cajas de galletas que después tocamos. Generamos un corto de siete minutos de animación... Un montón de aprendizaje increíble y que por suerte el público lo está devolviendo bien.

180: El momento en el que proyectan el corto es uno de los de mayor belleza del espectáculo, por cómo está resuelto.

MLR: La pantalla no deja de ser un objeto para nosotros. Y nosotros lo que hacemos es manipular objetos, tengan la forma que tengan. Ya sea con Kolia que es el muñeco principal, pero también con los instrumentos que encaramos desde ese lugar. Por ejemplo las cuatro guitarras que tenemos son las seis cuerdas de la guitarra. Lo que hicimos fue partir una guitarra en cuatro, entonces uno toca la primera cuerda, otro toca la segunda y la tercera... Construimos y deconstruimos todo el tiempo durante el espectáculo.

Alrededor de Kolia nosotros generamos un mundo que lo armamos y lo desarmamos inmediatamente. Ese es un poco el juego que nos propusimos.

180: Me parece que ahí hay una confianza de ustedes en su técnica, en que la magia se produce igual aunque la luz esté encendida. Cuando estamos ante un teatro negro, es más evidente cómo se va a producir esa magia. En este caso la técnica está a la vista y eso puede hacer más complejo que la magia suceda.

MLR: No sé si hay tanta confianza porque la verdad es que el miedo era grande. Lo que sí hay es mucho oficio. Yo llevo más de 20 años trabajando con muñecos y nos hemos parado frente a públicos muy distintos, en lugares muy distintos del mundo. Tenemos cierta claridad en cuanto a qué cosas pueden funcionar o no pero esta vez hubo mucho miedo. Sobre todo porque el público en Uruguay nos asocia directamente al teatro negro y teníamos un poco de miedo de que eso nos jugara en contra.

Pero en esto somos muy honestos. Nosotros no hacemos solo esto para que funcione. Lo hacemos porque nos gusta hacerlo y porque es la manera que elegimos para expresarnos. Tratamos de generar una alternativa, no es el típico espectáculo para niños. Trabajamos este espectáculo durante un año y medio, como un espectáculo para adultos, y de hecho tiene cosas que son para adultos.

180: Es un espectáculo complejo y debe haber requerido mucho ensayo.

MR: Es que es complejo. A Kolia lo manejamos de todas las maneras posibles. Rotamos atrás, lo manejamos de espalda sin verlo, en el aire con varas, lo hacemos girar adentro de un cuadro... Cada coordinación nuestra lleva mucho rato.

180: En una nota anterior te pregunté sobre esa especie de coreografía a oscuras que implica manejar los muñecos en el teatro negro. Ahora queda claro el nivel de coordinación que deben tener entre los tres, cuatro y hasta cinco que manipulan al muñeco. Además, eso debe fluir, no puede haber torpeza porque quedaría muy mal.

MR: El primero que tropieza se lleva el muñeco y los compañeros... (risas) Y no sería muy fácil de salvar un error de esos frente al público con la luz prendida. Capaz que con en el teatro negro el muñeco se levanta, se limpia un poco y sigue, “no pasó nada” (risas). Pero acá no hay manera de ocultarlo.

Es un riesgo grande. Estábamos un poco temerosos con esas cosas, voy a ser sincero. El lunes la función estuvo llena y fue como en los mejores momentos de Bosquimanos, la gente respondió a todo y puede respirar por primera vez.

180: La actuación y la música, que ustedes ya hacían, en este caso están mucho más acentuadas.

MR: Integrar la música y hacerla en vivo, que no fuera solo un paisaje atrás sino que fuera también efectos de sonido sobre acciones. Hay un juego, una búsqueda de cosas que es lo que tratamos de hacer en cada examen, desafiarnos a nosotros, salirnos del lugar de comodidad porque llega un momento en que uno se la cree un poco. “Esto ya funciona y no tengo que hacer más nada”. Uno se empieza a aburrir, nos pasa lo que le pasa a Kolia, empezamos a no sentir las cosas, quedar en ese estado neutro que no nos deja...

Por eso el motivo de Kolia viene un poco de ahí. Nosotros empezamos a sentirnos así, dónde estaba la poesía que teníamos, esos desafíos primeros cuando tenés toda la ilusión y te va bien en el primer espectáculo. Ya no lo teníamos, estábamos como anestesiados. Esta vez salimos a buscar la esencia.

180: O sea que es introspectivo no solo para Kolia sino para ustedes como grupo.

MR: El teatro es terapéutico no solo para el público sino para los artistas.

Kolia, se presenta en la sala principal del Teatro Solís desde el 27 de junio al 12 de julio, de martes a sábados a las 15 y 17 horas. Domingos a las 15 horas.