Otra frustración aurinegra, otra copa rota, otra ilusión desecha. Peñarol se va de la Sudamericana en primera ronda, eliminado en su casa por un rústico Sportivo Luqueño, que no tuvo otra opción que aprovechar la tremenda concesión de Perg. Los paraguayos no habían pateado al arco y sin embargo, en los descuentos, Mendieta vio como el zaguero se resbalaba y le quedaba servido el gol de la clasificación. Se metió por el medio, definió ante la salida de Guruceaga y a otra cosa.
La reacción inmediata que derivó en el empate de Bressan no alcanzó y los de Da Silva se quedaron con las manos vacías.
Mereció más Peñarol. A pesar de sus limitaciones, de su desorden, de su falta de ideas, fue el que más quiso y el que más buscó. Tuvo al comienzo y al final, momentos de intensidad que pudieron generar un quiebre en el partido. Sin embargo Aquino negó tres veces el gol aurinegro. En el comienzo tapó tiros de Ávalos y Arias y en el cierre voló para sacar un remate de Dibble.
Pero lo que sucedió en el inicio y en el cierre faltó el resto del tiempo, en el que Peñarol mostró los mismos problemas que arrastra desde el Clausura.
Da Silva no da en la tecla. Esta vez armó él la plantilla y tampoco encuentra la vuelta. A pesar de las incorporaciones, las piezas están en lugares incorrectos y, durante varios pasajes, luce anárquico. Corre para todos lados Ángel Rodríguez sin saber qué hacer. Y corta juego con infracciones. Y vuelve a correr. Intenta Costa jugar con el balón pero luce errático. Se postea Ávalos contra la punta pero le cuesta una barbaridad darse vuelta. Dibble está más tiempo por el medio que por las puntas, que es por donde debe estar todo el partido.
Así, el equipo se repite y se desgasta.
Tras las primeras jugadas de Ávalos y Arias, Luqueño se paró mejor y emparejó. Peñarol, que empezó muy bien, se desordenó. No hubo conexión ofensiva ni prolijidad en el medio.
El primer tiempo lo terminó mucho mejor el equipo paraguayo auque sin peligro.
En la segunda parte el Carbonero salió impetuoso, pero sin creación, quedó limitado a la velocidad de Dibble. Sin perder el control de la situación, sin arriesgar nada, Luqueño dejó pasar el tiempo jugando el partido que más le convenía. Ordenado, esperaba a un equipo en el que sus mejores hombres estaban por los sitios en los que menos rendían.
Cuando Da Silva puso a Novick las cosas cambiaron. Con un generador de fútbol en el campo, Peñarol se convirtió en un equipo menos predecible, capaz de generar acciones por arriba y por abajo. Minutos más tarde, el técnico sacó a Ávalos y colocó a Urruti.
Empujado por la tribuna, el equipo se fue sobre el área rival a ganarlo. Y si bien estuvo cerca no pudo anotar.
Entonces llegó ese resbalón de Perg y otra tremenda caída de Peñarol.
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— Contragolpe (@contragolpe180) 17 de agosto de 2016