En las calles de Montevideo no se ven camisetas ni banderas. En el ómnibus nadie dice nada y parece un día más. “¿Te acordás lo que era esto contra Brasil?”, le dice un joven a otro y se deduce que por lo menos ellos dos van al estadio. Tal vez por el horario o por pensar que no iba a haber una gran concurrencia, la gran mayoría de la gente llegó sobre la hora. La sensación térmica en la calle no hacia imaginar una Ámsterdam llena. La Olímpica y Colombes tampoco desentonaron.
El gol de Suárez, mientras había gente acomodándose, descontracturó los resentimientos y enojos del partido con Perú. Toda la Ámsterdam comenzó a cantar “hay que saltar… hay que saltar… el que no salta… no va al mundial” y después se escuchó un tímido “ole ole”.
En la tribuna hay muchas parejas que aprovecharon el dos por uno de la AUF. En el medio de la Ámsterdam hay una banda que no llega a ser barra tocando el bombo y cantando. Solamente funcionan el clásico “soy celeste” y el “Uruguay (palmas palmas palmas) Uruguay”. Los insultos también son los de siempre.
Todo marchaba bien, hasta que el Hormiga Valdéz rompió la armonía con una patada. Roja. “Con una amarilla se arreglaba”, dice uno. A partir de ahí, Colombia se empezó a acercar al arco de Castillo y el ole se transformó en murmullo. En la tribuna había olor a café, y no precisamente venía de los vendedores. El pitazo de Torres puso fin momentáneamente al suplicio.
La gente trata de sacarse el frío tirando unos papeles y saltando cuando Uruguay vuelve para la segunda parte. Apenas hubo comenzado el segundo tiempo, vino la expulsión del colombiano Gutiérrez que fue más festejada que el gol de Suárez. “Hay que saltar… hay que saltar… el que no salta… no va al mundial”, vuelve a sonar en la tribuna. Incluso, la alegría trae consigo a la ola que va de tribuna en tribuna.
Cada vez que la selección uruguaya se acercaba al arco de Colombia era como si alguien apretase eject y todos saltaban de sus asientos. Torres pita un tiro libre cerca del área para Uruguay y una pareja se abraza efusivamente y se da un beso. “¡Vamo’ Uruguay!” grita él. Sin embargo, cuando menos se lo esperaban todos, splash. Baldazo de café frío. Uno a uno y a sacar del medio. Algún rebelde se atrevió a querer empezar una canción, pero nadie lo siguió.
Diez minutos después del gol colombiano, un tsunami de puteadas arrasó con jueces, jugadores y Tabárez. “¡Dale Tabárez no te demores!”, “¡te van a cambiar a vos si no hacés nada!”, “Olé olé olé olé… loco… loco”, cantan las cuatro tribunas del estadio. Veinte segundos después, el técnico de la selección llama a Abreu, y mientras conversaban, Scotti que saltó como Pippen cabeceó y puso el dos a uno.
Deja vu. “Hay que saltar… hay que saltar… el que no salta… no va al mundial”. El coche de bomberos que estaba estacionado en el talud y que pronto iba a tener que apagar un incendio humano en la tribuna guardó la manguera. Los insultos desaparecieron. Todo era aliento y aplausos de pie, que se decoraron con el tercer gol de Eguren. “Ole ole”, se volvió a escuchar.
¿Y Abreu? Ah sí, faltaban dos minutos y el minuano entró. No la tocó y solamente algunos lo reconocieron. Torres tocó su silbato. Los jugadores aplaudieron con los brazos en alto y la tribuna respondió de igual manera. De fondo, el Canario Luna cantaba “gloriosa celeste”.
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