En 1963, un misionero mormón visitó la casa de Ariel González, que por entonces iba al liceo y practicaba básquetbol y natación. Junto a la Biblia del religioso, González notó una revista colorida que le llamó la atención y se la pidió. “Ahí empezó todo. Se la llevé a mi cuñado, me enamoré de aquello y dejé el básquetbol, con todas las rispideces que trajo porque fue mi deporte de toda la vida”, contó González en No toquen nada.
Fue uno de los pioneros de la práctica y la enseñanza del surf en Uruguay. Contó que a fines de los años 50, hubo algunas figuras que propiciaron la corriente que se generó pocos años después en Pocitos, de la que participaron junto al guardavidas Omar “Vispo” Rossi.
Nombró entre ellos al ingeniero agrónomo estadounidense Morten Rothberg, que trabajaba en los azucareros de Artigas y que trajo consigo una tabla hawaiana original. Rothberg se casó con una maestra de Paysandú, de donde era Abner Prada, el padre de Ana, la artista musical. Un día, Prada vio la tabla y le dijo a Rothberg que tenía una casa en La Paloma, y lo invitó a ir hasta allí a probarla. A partir de ellos se conformó una de las vertientes del surf en el país, la rochense.
González mencionó que en la época eran percibidos como unos locos. “Yo era el groncho de aquella época. Es un estilo de vida el surfing, vos adoptás ciertas costumbres atípicas y en aquel momento tuvimos que romper muchos códigos sociales”, comentó.
También dijo que en la época los jóvenes iban a la playa de Pocitos para ir a comer bizcochos, tomar mate y era un lugar de recreación sedentaria. “Nosotros rompimos el esquema, pasó a ser una playa para el juego. A veces pasaban los ómnibus y la gente nos gritaba: ‘¡vayan a trabajar!’”, mencionó González.
“Yo iba al liceo Suárez. Cuando iba caminando con el tablón por Miguel Barreiro para la playa y me veían venir mis compañeras, cruzaban de vereda, no me saludaban. En aquella época, yo iba descalzo, de short, con una camiseta no muy acicalada y con el tablón. Tuvimos que romper códigos. Fuimos transgresores de alguna manera de lo social”, añadió.
Entre las costumbres de la época estaba tirarse al agua en invierno sin trajes, con apenas un short y el torso desnudo. “Teníamos una tabla sola que compramos de forma cooperativa porque no teníamos plata, entonces juntamos con mi cuñado y un amigo del básquetbol. Compramos una Dasur -que era una fábrica de fibra de vidrio- y nos turnábamos 20 minutos cada uno: mientras uno corría en la orilla, cuando el otro estaba azul e hipotérmico salía y le daba la tabla al que había entrado en calor”, contó.