Juego de (Primeras) Damas

Lucía Topolansky avisó que el rol de primera dama no le va. Es un “invento” que “algunas mujeres de presidentes quisieron imponer”, dijo en aquella polémica entrevista que dio a Efe quince días antes del balotaje. Hace más de un año, se rehusó gentilmente a declarar para un artículo de El País en el que se entrevistó a las posibles futuras damas de todos los partidos. En esa oportunidad también ninguneó el título, diciendo que ella no estaba “colgada de Mujica” y preguntando retórica e irónicamente dónde aparecía la figura de la primera dama en la Constitución.

Actualizado: 09 de diciembre de 2009 —  Por: Valeria Tanco

Investidura

Topolansky tiene razón, no aparece en nuestra Constitución, ni en ninguna otra del mundo. La primera dama no elige serlo. Sin embargo, apenas su marido asume la presidencia, ella hace lo propio en un puesto que, más allá de algún asunto protocolar obvio, no tiene una “forma” de ejecutarse ni una definición clara. Según quien lo ocupe, es un sitial que puede verse desde comprometido hasta frívolo, desde inoperante a político, desde polémico a anodino.

“Primera dama” es un término creado por periodistas en Estados Unidos a finales del siglo 19. Su uso se generalizó a partir de una obra de teatro también estadounidense de 1911, “The First Lady in the land”. La primera en darle un giro enriquecedor y público, cambiando ceremonial por activismo, fue Eleanor Roosevelt. Ella habló y negoció en nombre de Franklin Delano con los que estaban en la “vereda de enfrente” y con los más difíciles: sindicalistas, liberales, representantes de las minorías. Demostró que una primera dama puede ser algo más que dama de compañía y estampita de la estabilidad familiar de un mandatario. A partir de Eleanor Roosevelt, tanto en la cuna del término como en el resto de los países, las “primeras damas” han hecho historia, participado de ella o quedado al costado de la misma por elección o debido a las circunstancias particulares que les tocaron en suerte.

Modelos y vestidos

Hay modelos de primera dama prácticamente para todos los gustos y medidas: intelectuales, mediáticas, promotoras sociales, refinadas, pueblerinas, caseras, cosmopolitas. El abanico va desde la bella actriz y cantante Carla Bruni -quien besó al sapito Sarkozy y no logró volverlo príncipe- hasta Zulemita Menem acompañando a “el papi” –así nombraba ella a Carlos Saúl- con actitudes casi incestuosas y valijas noventosas repletas de atuendos de miles de dólares, hechos por diseñadores que después le hicieron juicios por no pagar.

Es imposible clasificar en alguno de los modelos preexistentes a la futura primera dama del Uruguay, sin siquiera llegar a incluir su pasado, sólo con su presente político y como la senadora más votada del país para el próximo período de gobierno.

Topolansky está muy lejos, obviamente, de la saliente María Auxiliadora Delgado de Vázquez, un ama de casa de bajísimo perfil, católica devota y evangelizadora de la salud bucal. Tal vez tenía razón Julita Pou de Lacalle y la continuidad de Tabaré Vázquez que ella proponía su marido representaba en mejor forma que Mujica pueda extenderse a la esfera de las primeras damas. Aún habiendo sido política y senadora, Pou tiene más puntos en común con Delgado que Topolansky, por su visión conservadora de familia ortodoxa y pasión religiosa.

Ropa manchada y trapitos al sol

Se podría agrupar a Topolansky junto a las que calzan como un guante para protagonizar películas de cine o de televisión, libros y hasta óperas “basados en historias reales”. Entre el tailleur pastel salpicado de sangre Kennedy de Jackie, las joyas y las pieles de Evita y el vestido de la pasante que nunca usó Hillary, seguro hay lugar para el pañuelo y la pollera de la fuga de Lucía. Ya está programado el final cinematográfico cuando el primero de marzo, por ser la senadora más votada, Topolansky le tome el juramento presidencial a su marido. Y ahí queda pronto para despachar a Hollywood.

La primera dama es consultada, escrutada y escuchada con el propósito de saber algo más sobre su marido, de conocer su pensamiento, de obtener información que él mismo no está dispuesto a proporcionar.

En el caso de Topolansky hay singularidades también en este aspecto, porque ella es compañera de militancia política y funciona como igual de su marido. Mostrando un gran espíritu colaborador, ha brindado datos a la prensa de cuáles serían los atributos y las acciones del futuro gobierno de Mujica, de cómo está de ánimo y de qué hizo el “día después” de obtener la presidencia, entre otras cuestiones de orden público y privado. Al mismo tiempo, hay una clara simbiosis Topolansky-Mujica en la forma de hablar de ambos, la imagen desaliñada, la falta de filtro a la hora de emitir opiniones y juicios personales. Por esta razón, Topolansky es una fuente fidedigna y altamente confiable de por dónde anda la cabeza de Mujica. Mucho más idónea que cualquier otra primera dama.

Rasgar la vestidura

En Estados Unidos, la primera dama tiene una oficina en la Casa Blanca, más de una decena de empleados a su servicio y un presupuesto que supera el millón de dólares para llevar adelante las causas sociales de su interés, atender a la prensa y organizar su agenda.

En Ecuador, el presidente Rafael Correa eliminó hace poco el cargo de primera dama como representación pública. Desde que tomó esa decisión, el gobierno de su país se abstiene de participar en las convocatorias internacionales realizadas para esta función. Correa fundamenta la eliminación del cargo por considerarlo “sexista”, “un anacronismo impuesto por los protocolos internacionales” y porque la “persona casada con un presidente no debe tener derecho a asumir funciones de Estado ya que no ha sido electa”.

En Uruguay, aparte de restarle importancia y mérito, Topolansky dijo en una entrevista para un canal de cable después de la primera vuelta de octubre que de llegar a ser primera dama, acompañaría a Mujica como lo hizo siempre, y cumpliría con el protocolo cuando su presencia fuera requerida.

Habrá que esperar, tal vez Topolansky solicite a la prensa que no se refiera a ella nunca como primera dama (como hizo Jackie Kennedy argumentando que es un nombre de caballo de carrera más que de esposa de presidente), o tal vez su trabajo legislativo propio y su falta de interés en cuestiones formales y de etiqueta la lleven a perder la paciencia y pedirle a Mujica que siga los pasos de Correa y haga desaparecer a la primera dama para siempre.