En la Intendencia de Montevideo se realizó el "Primer Congreso Nacional para familias de personas sordas". Al ingresar, los de la organización entregaban una cinta de un color diferente para identificar a los oyentes de los no oyentes.
Una de las personas que compartieron su experiencia, Beatriz Garrido, propuso la creación de un "Centro de intérpretes" subvencionado por el estado de manera que pueda utilizarse cada vez que sea necesario un intérprete en situaciones de urgencia como las arriba mencionadas.
Hablar es un sufrimiento
Para la gran mayoría de los jóvenes que compartieron sus experiencia, hablar es un sufrimiento. Una y otra y otra vez pidieron que no se les obligue a hablar a las nuevas generaciones para evitar que sufran.
Para ellos, el respeto a la hipoacusia y la sordera supone que cada vez más personas aprendan su lenguaje: las señas, en particular a los miembros de la familia porque es la única manera de integrarlos.
La misma mente
Hubo una marcada insistencia en que no los traten como incapaces mentalmente. María Emilia decía: "no soy una retardada, dennos la misma educación. No nos obliguen a hablar. Con lengua de señas yo entiendo y soy feliz".
Juan, del liceo 32, hipoacúsico también insistió respeto a las capacidades intelectuales y recordó que los sordos, los hipoacúsicos y los oyentes tienen la misma mente pero diferentes lenguajes.
Beatriz Garrido pidió que las empresas integren a los sordos en trabajos creativos y no sólo en tareas rutinarias que no requiere ninguna destreza ni desafío.
Adriana Prieto es profesora de biología y contó cómo fue terminar el liceo y cómo llegó a cursar y recibirse de profesora en el IPA. Ella descubrió la lengua de señas cuando estaba en tercer año del profesorado y confiesa, como todos quienes dieron su testimonio, que les cambió la vida, que encontraron sentido y se sintieron completos al encontrar su propio lenguaje y su identidad común con el resto de las personas no oyentes.