Adopción: la decisión de esperar y desesperar

Adoptar en Uruguay es largo y complejo. La mayoría de los aspirantes que va al INAU se queja, dicen que hay que esperar demasiado y que hay mucha burocracia. Dicen que por eso muchos buscan niños por fuera del INAU. Algunos hacen canastas: ayudan con alimentos y atención médica a una mujer embarazada que les dará su hijo. Muchos recorren hogares del interior y hasta pueden comprar niños.

Actualizado: 26 de noviembre de 2008 —  Por: Nausícaa Palomeque

Adopción: la decisión de esperar y desesperar

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Lucía busca adoptar desde hace 10 años. En realidad no se llama Lucía, prefirió cambiar su nombre porque sigue intentando que se concrete la adopción vía INAU y no quiere que su relato dificulte el proceso. En estos 10 años ha vivido casi todas las situaciones que pasan las personas que buscan adoptar en Uruguay. En 2005 fue al INAU y allí inició un proceso largo, que todavía no terminó. También intentó varias alternativas por fuera del INAU. Ninguna con éxito hasta ahora.

Lucía empezó a buscar cuando tenía 30 años. Consultó a los médicos, se hizo estudios y hasta intentó una fertilización asistida. Después de todo ese proceso, ella y su pareja decidieron adoptar. Se casaron para facilitar el trámite. Llamaron al INAU y al Centro Familiar Cristiano, las dos instituciones que se encargan del tema.

En el Centro Familiar la respuesta fue negativa. Les dijeron que sobrepasaban el tope de edad establecido. El marido de Lucía tenía 38 años y por unos meses superaba el límite. Explicaron que el criterio del Centro busca achicar la diferencia de edad entre padres e hijos para evitar conflictos, sobre todo durante la adolescencia. Lucía insistió varias veces, pidió que fueran más flexibles, pero no los convenció.

En el Instituto de Adopción del INAU avanzaron un poco más. En 2005 fueron a la primera reunión y siguieron los pasos indicados. Pero ya pasaron más de cuatro años. Como la mayoría de los que quieren adoptar, sienten que los tiempos son muy lentos y hay demasiados trámites. Pero lo más difícil, dice Lucía, es el silencio:

“En febrero fue mi primera llamada. Me citaron para la primera reunión que había, que era en abril. Se hacía primero una reunión colectiva. Después te piden los papeles que necesitas... Libreta de matrimonio, mostrar que tenés un trabajo fijo, esas cosas. Y después tenés que esperar en el teléfono a que suene. Nos llamaron como a los seis meses para tener la entrevista con la psicóloga. Tenemos que esperar demasiado tiempo. Los silencios, a veces, son muy duros”.

El problema, opina, no es la falta de voluntad de los funcionarios, sino la falta de recursos del INAU, donde además les aconsejaron que no pidieran un bebé. Los bebés son los primeros en ser elegidos, porque la mayoría busca a los más chicos.

Lucía siempre soñó con el embarazo y con hacerle upa a su hijo. De todos modos, aceptaron que fuera un niño más grande. Es un desafío mayor y más complejo, dicen, pero lo aceptan. Decidieron inscribirse para adoptar dos niños y tener una familia grande.

Mientras esperaban, surgieron otras opciones por fuera del INAU. Aparecieron amigos, familiares, conocidos, que sabían de alguna posibilidad. Se enteraron de mujeres embarazadas que estaban pensando en dar a sus hijos. Conocieron a personas que ayudan a buscar niños. También a quienes venden niños.

Así llegaron al Hogar de Dolores, en Soriano. En las afueras de Dolores funciona un hogar de niños donde las madres dejan a sus hijos en el horario de trabajo. Además, hay chicos que pueden ser adoptados.

Según explicaron los responsables del hogar, ahí reciben niños que fueron separados de sus familias y que son derivados por la justicia. Desde allí gestionan los primeros pasos de la adopción sin la participación del INAU.

Al terminar el día, la directora del hogar los invitó a conversar en su casa y les contó quién era el niño que podía ser adoptado. Tenía 11 años, una edad que Lucía y su esposo no habían manejado. No se animaron al desafío y no lo adoptaron, contó:

“Surgen sentimientos encontrados. Por un lado, uno se siente una víctima... ¿Por qué no pude? ¿por qué me paso a mí? Y, por otro lado, uno se siente la peor persona del mundo a la hora de decir `no, este niño es muy grande y no voy a hacer upa, que fue lo que siempre soñé'. Por un lado está la pobrecita y del otro lado la perversa, porque tenés la posibilidad de dar un hogar y dar mucho cariño y no tenés la fuerza o la valentía, o las ganas”.

La canasta

Ese no fue el único intento ser padres. Buscaron adoptar un niño con una mujer que estaba embarazada y pensaba dar a su hijo. Contactaron a la madre biológica a través de un intermediario. En general, la pareja que busca un niño no conoce directamente a la mujer embarazada.

Así le pasó a Lucía. Una amiga de su hermana se enteró de que una joven del interior iba a entregar a su hijo en adopción. Como en la mayoría de estas historias, la madre biológica era una mujer joven y sola, con más hijos y sin recursos para hacerse cargo de otro niño.

Lucía y su esposo empezaron a hacer las canastas. Cada 15 días preparaban una encomienda con alimentos y se los enviaban a la joven por Agencia Central. La amiga y la hermana de Lucía se encargaban de que la mujer recibiera asistencia médica.

Durante esos meses, Lucía no preparó el cuarto para el niño ni le compró ropa ni pensó en un nombre. Sólo habló una vez por teléfono con la mujer. Su hermana y su amiga siguieron el contacto, pero para Lucía no fue fácil decidirse a hacer la canasta:

“Había un tema ético. ¿Qué era? ¿No era comprarlo, de alguna manera? ¿Qué diferencia había entre pagar y mandar las canastas? Eso fue lo que nos ayudó a no disparar tanta esperanza... Y claro que fue una discusión muy intensa en la pareja. Cada vez que mandábamos las canastas, mi marido me decía: `no sé si estamos haciendo bien'. Pero a veces es la desesperación de lograr eso tan querido”.

Nunca supo qué le pasó a la mujer que les iba a entregar su hijo... Si se arrepintió después del parto o si fue una estrategia para sobrellevar sin problemas su embarazo. De todas formas, Lucía no la juzga.

Les ofrecieron comprar un niño. A través de una conocida conocieron a una señora que conseguía niños a cambio de dinero. La mujer era una ex nurse del hospital Pereira Rossell. Les dijo que ella también era madre adoptiva y que de buena fe los ayudaría, que tenía contactos, que conocía hogares y hospitales donde ubicar a mujeres embarazadas.

Lucía asegura que nunca sospechó que les iba a pedir dinero y que por eso aceptaron su ayuda. Dijo que habló cuatro veces con ella, hasta que les pidió dinero y nunca más la vieron. Después, hablando con padres adoptivos, Lucía conoció a una mujer vinculada a la enfermera. Ella había concretado la compra del niño y, cada tanto, tenía que pasarle dinero.

Aunque está decidida a esperar el trámite de INAU, Lucía sostiene que el proceso es muy lento y que tiene que ser más eficiente. Para ella, es la única forma de que no haya más adopciones ilegales, ni canastas, ni tráfico de niños.

Hoy tiene 38 años y la ilusión de un hijo, y no deja de parecerle extraño ver cómo convive su deseo de adoptar con cientos de niños esperan por una madre, trancados en la burocracia del Estado. “Es raro tener, por una lado, una lista muy larga de familias esperando niños en adopción y, por otro lado, niños que quedan por muchos años en los hogares del INAU. Y los funcionarios que se quejan de que hay demasiados niños... Esos niños pasan en el Inau y después se transforman en un problema, porque un niño que vive hacinado luego va a tener un montón de conflictos”.