Marcelo Estefanell

Un milico y ¿dos tupas?

Las obras que se basan fundamentalmente en testimonios están condicionadas por la calidad de los mismos. Dicho con otras palabras, el texto estará necesariamente contagiado por las virtudes y por los defectos de las personas que dan ese testimonio.

Actualizado: 30 de junio de 2011 —  Por: Marcelo Estefanell

Tal es el caso en la última obra del periodista Leonardo Haberkorn, a mi juicio mal titulada “Milicos y Tupas”, puesto que el grueso del libro enhebra, con mucho oficio, las declaraciones de un militar y de dos ex tupamaros: el hoy retirado coronel Luis Agosto, capitán de artillería en los tiempos que se rememoran, y del profesor Armando Miraldi y el contador Carlos Koncke, prisioneros en el cuartel donde revistaba Agosto cuando se desató la represión en 1972 luego de los atentados de la guerrilla contra miembros del escuadrón de la muerte (y el Estado de guerra aprobado por el Parlamento, posteriormente). Hay otros testimonios dentro de la obra pero están para confirmar las posturas del autor y no hacen al meollo de la cuestión.

Así pues, estos tres principales sujetos, indagados por Haberkorn, tratan a toda costa de salvarse. El coronel Agosto, por haber “apremiado” a los prisioneros y, luego, por ser desplazado por otro personaje siniestro llamado José “Nino” Gavazzo; y Miraldi y Koncke, desde una óptica crítica hacia el MLN, incluso antes de caer prisioneros, intentan explicar por qué colaboraron con sus captores. En el primer caso, la culpa la tenían las circunstancias, en el segundo, la dirección del movimiento tupamaro.

El libro, en realidad, tendría que titularse “Un milico y dos tupas” o “Triple justificación”, aunque carezca de gancho y de marketing.

La mayor novedad de esta obra haberkorniana, y así se difunde por los medios, radica en la denuncia de que algunos tupamaros torturaron a otros prisioneros en el marco de la lucha contra los ilícitos económicos desarrollada entre tupas y militares en tiempos de tregua y conversaciones. Sin embargo, el lector se llevará un chasco enorme porque la denuncia es muy vaga y, por si fuera poco, el autor nos ningunea un dato esencial: ¿quiénes fueron?, ¿cómo se llaman?, ¿sobreviven? Y en caso de ser cierto, hoy ¿qué piensan?, ¿qué sienten?

También nos ningunea el nombre de un militar torturador que mató por la espalda a un guerrillero que intentó escapar esposado a la espalda y, más tarde, asesinó al amante de su mujer a los que agarró infraganti (hechos que le merecieron felicitaciones por parte del jefe de la Región 1, el entonces general Esteban Cristi). El lector encontrará el nombre de este asesino resumido en una letra: V.

Por suerte, los que sufrimos “apremios” en aquellos terribles días, sabemos que V quiere decir Velasco.

Uno encuentra también algunos errores menores y otros no tanto, por ejemplo: dos veces el autor dice que a la muerte de los cuatro soldados el 18 de mayo de 1972 nuestro actual presidente, José Mujica, estaba preso. Pues no, estaba libre y clandestino al igual que quien esto escribe. Pero, en mi opinón, el error más grueso o, mejor, la omisión más marcada que uno encuentra en este texto, es que siendo tan importantes las negociaciones entre los militares y la guerrilla en junio del ’72 y en agosto del mismo año, nunca se menciona el por qué de las mismas, su razón principal.

En mi caso concreto, estaba a monte con el Pepe Mujica cuando se dieron las primeras conversaciones y presos en el Batallón Florida cuando se realizaron las segundas. Y el objetivo primordial, más allá de que siempre es posible conversar y hacer treguas entre dos bandos enfrentados, fue distraer a la represión y frenar la tortura que estaban padeciendo nuestros compañeros detenidos mientras desarrollábamos lo que se dio en llamar “repliegue táctico”. Lo que sucedió luego en los hechos con los militares y los tupamaros presos fue una consecuencia de aquella decisión política.

Quizás al autor eso no le interese. No lo sé. Sí sé que optó por el camino del anecdotario en base a tres testimonios tan válidos como cualquiera, pero que, lamentablemente, no llegan al fondo de la cuestión o, lo que es peor, se detiene en las miserias humanas exacerbadas por aquellas condiciones durísimas de reclusión donde el aislamiento, la capucha, el plantón y las palizas estaban a la orden del día.

Por otro lado, hay partes de los testimonios completamente delirantes, como el plan de Koncke y los oficiales de artillería 1 de saquear los cofre fort de los bancos tal como lo hiciera el general Velazco Alvarado en Perú con su gobierno de facto. O las clases de marxismo que dio el mismo Koncke a los oficiales de Artillería 1.

Otra sutileza de antología es la diferencia que establece el capitán Agosto entre tortura y apremio. Encapuchar a un tipo por días, darle plantón y meterle la cabeza en un tacho con agua (o con mierda), no es torturar, es apremiar. El capitán confiesa que nunca usó ni vio una picana eléctrica. Y acorralado por las preguntas incisivas del autor, saca de la galera ese matiz insólito entre apremios y torturas.

En fin, Haberkorn escribe al final de su prólogo: “(…) pienso que sus testimonios ayudan a entender mejor el pasado reciente y a asumirlo con todos sus matices.” Sin embargo, una vez terminada la lectura, en lo personal no me aportó nada. Solo me quedó una gran tristeza por esa gigantesca justificación que se explaya —explícita e implícitamente— a lo largo del libro, más la conclusión terrible de los tres principales protagonistas acerca de que todo aquello, en verdad, sirvió de muy poco o de nada.

La historia reciente merece un texto más profundo y variopinto que este, donde las contradicciones se expresen a través de múltiples voces, ópticas diferentes y protagonistas de más peso.

Milicos y tupas. Respuesta de Leonardo Haberkorn a esta columna de Marcelo Estefanell.->http://www.180.com.uy/articulo/19898_Milicos-y-tupas



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