Marcelo Estefanell

El hombre que no quería morir

Dicen que las últimas palabras gesticuladas por el comandante Hugo Chávez fueron “Yo no quiero morir. Por favor, no me dejen morir". La fuente de esta versión la dio el general José Ornella, jefe de la guardia presidencial, quien lo acompañó hasta el final. Quiero creer que esto fue cierto porque prefiero ese desenlace crudo y esencialmente humano del polémico presidente venezolano, antes que la versión de un semidios que nos quieren hacer creer sus adeptos y toda esa masa dolida que continúa haciendo horas de cola para poder pasar al lado del féretro del líder fallecido.

Actualizado: 13 de marzo de 2013 —  Por: Marcelo Estefanell

Quiero creer en esa versión porque nos presenta al hombre tal cual es, solo e inerme ante la muerte en toda su descarnada dimensión. El ropaje mítico y fanático no puede ocultar el hecho inequívoco e inevitable que supone el final de la vida. Es la única certeza que tenemos todos: algún día nuestro corazón se detendrá y exhalaremos el último suspiro. Y para quienes no creemos en el más allá, la eternidad solo es una aspiración imposible.

Como era de esperar, los discursos oficiales intentaron vanamente disimular la pérdida recurriendo a todos los clichés que solemos usar a modo de consuelo: “Chávez somos todos”, “sobrevive en nuestros corazones”, “continuaremos su legado” y un largo etcétera. Cuando lo cierto es que, más acá de su imagen para muchos inspiradora, los venezolanos tendrán que apañárselas solos para seguir viviendo, y solos —soberanos— tendrán que ingeniárselas para convivir en paz y, sobre todo, para superar los mil y un obstáculos que les plantea la realidad cada día.

Hay que reconocer en los 14 años de gobierno chavista mejoras sociales objetivas: el descenso de la pobreza de 55,6% en 1998 a 26,5% actual, según el Instituto Nacional de Estadística, del que podrán desconfiar los detractores, pero son cifras similares a las que maneja Cepal y las Naciones Unidas. El INE también sostiene que en ese mismo período la miseria cayó del 25,5% a 7%. Otras cifras elocuentes son la baja de la mortalidad infantil del 20,8% al 15,9% y el descenso del desempleo del 16,1 % al 7,3 %.

Sin embargo, pese a estos datos alentadores, todos sabemos que la corrupción campea a todo nivel en la sociedad venezolana y en casi una década y media de gobierno nunca han logrado sustituir las importaciones de los alimentos esenciales; por eso dependen del exterior para abastecerse de huevos, leche, carne y cereales, por mencionar unos pocos, si no la lista sería interminable. La deuda externa no ha dejado crecer, el déficit fiscal ronda el 8% del producto bruto y nunca han podido enfrentar con éxito una de las tasas de inflación más altas de América Latina.

Parece ser que las regalías del petróleo no son suficientes para enfrentar todos los desafíos sociales y políticos que se les presenta a los venezolanos, al menos, mientras mantengan esas concepciones parternalistas y dirigistas que los han caracterizado.

Hoy por hoy, Venezuela es una sociedad crispada y dividida en casi dos mitades irreconciliables. Luego de oír los últimos discursos de Nicolás Maduro y de Henrique Capriles todo hace pensar que los enfrentamientos seguirán por el camino del insulto más que por las senda de las propuestas.

Maduro no solo fue nombrado el sucesor por el mismo Chávez sino que se lo ha tomado muy en serio, y sin llegar a las alturas verbales del comandante fallecido, lo intenta emular cada vez que se sitúa frente al público, citando a su jefe desaparecido muy a menudo y, como a Cristo, llamándolo el Redentor (¿?).

Capriles, por su parte, entre arremetidas y pedidos de disculpas, intenta no quedar mal parado y quiere creer que es posible todavía enmendar los mil y un errores que ha cometido la oposición en los últimos años.

El próximo 14 de abril se confirmará seguramente la continuación del proceso populista que comenzara el Coronel Chávez en 1998. Mientras tanto, seguirá creciendo la figura heroica del “Comandante Presidente” en el corazón de millones de venezolanos y en la propaganda oficial, grandilocuente y ampulosa.

El hombre enfermo y grave que no quería morir será sepultado por palabras que nunca dijo, por actos heroicos que no participó y pensamientos que jamás tuvo. Embalsamado dentro de un féretro de cristal quedará como testigo de una manera de sentir y, en suma, de hacer política, que resulta difícil de comprender por estas latitudes y, menos aún, es imposible explicar, tal vez porque el Río de la Plata no es el Caribe y nuestro clima no es tropical.



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